Open menu Open menu hover pink Close menu Close menu hover pink
O Magazine
2015-2017

El crítico incorporado

por Jordi Costa

En el número 22 de su comic book Eightball, el grandioso Daniel Clowes ejecutó uno de esos tour de force que lo acreditan como heroico guerrillero en ese campo de batalla de la postmodernidad desgranada en viñetas que, en los últimos años, parece territorio dominado por la imponente sombra de un Chris Ware que opera como el David Foster Wallace de ese negociado. En 2005, Clowes reformuló el discurso de esa entrega de su publicación en forma de álbum de tapa dura y formato apaisado y el resultado fue Ice Haven, una de sus más rotundas obras maestras.

Ice Haven es un libro que cuenta una historia coral a través de cerca de una treintena de historietas de estilos y formatos diversos. Las audacias metalingüísticas no impiden que los resultados se cuenten entre lo más conmovedor y emocional del autor. Ice Haven bien podría ser una película de Todd Solondz encerrada en viñetas. Aquí, el estilo de Clowes se revela tan flexible que tanto puede recordar a una perversión de los Peanuts como al trabajo de alguien que ha visto muchas películas de Jack Webb. La acción transcurre en una suerte de miniaturización de una América arcádica –la localidad imaginaria de Ice Haven-, un espacio de ficción que remite al Santa Rosa de La sombra de una duda, película que, por cierto, Todd Solondz cita como referente de Happiness: la historia narra, de manera elíptica, el secuestro de un niño solitario y casi autista, sobre el fondo de un mosaico de soledades que incluye, entre otros inolvidables personajes, a un trasnochado poeta, a una pareja de investigadores privados marcados por la incomunicación matrimonial y a unos chicos fascinados por un comic book que narra la historia verídica de Leopold y Loeb, los asesinos que inspiraron la novela y la obra de teatro en las que respectivamente se inspiraron dos clásicos cinematográficos como Impulso criminal de Richard Fleischer y La soga de Alfred Hitchcok.

Uno de los habitantes de esa localidad imaginaria es Harry Naybors, un crítico de cómics que, en las últimas páginas del álbum, tiene espacio para su particular solo, que adopta la forma de crítica de la propia historieta que acabamos de ver. Por regla general, la figura del crítico cultural –ya sea de cine, cómics, música, teatro o lo que sea- no suele tener una representación demasiado benigna en el espacio de la ficción: basta recordar al Harry Farber que encarnaba Bob Balaban en La joven del agua de M. Night Shyamalan para dar con una precisa (y, a la vez, autoconsciente) manifestación del arquetipo. Por lo general, el crítico cultural reflejado en la ficción suele ser una condensación de la mirada hostil del creador hacia ese modelo de persona que, frecuentemente parapetada tras una muralla de cháchara críptica e ininteligible, no hace más que proyectar inseguridades y malinterpretar lo que tiene ante sus ojos. El personaje de Balaban acuñaba una lúcida definición del crítico en las ficciones: el personaje secundario desagradable. Por supuesto, hay matices: el Addison DeWitt que bordaba George Sanders en Eva al desnudo no dejaba de ser un personaje secundario desagradable, pero también tenía la habilidad de ser fascinante y seductor, convirtiéndose en el espejo deseable en el que quisieron verse reflejados muchos profesionales del asunto con bastante menos talento y una calidad de vitriolo bastante menos refinada inficionando sus plumas. También hay excepciones: quizá sea el Quentin Tarantino de Malditos bastardos el único capaz de imaginar la improbabilidad de un crítico heroico a través de la figura del teniente Archie Hickkox, que poseía los rasgos de Michael Fassbender.

La aparición final de Harry Naybors en Ice Haven cumple un doble propósito: por un lado, da pie al giro definitivo y más radical en la naturaleza metalingüística del relato, incorporando su propio comentario de texto en un registro ambiguo que oscila constantemente entre la ironía acerca de la miopía (y sobreinterpretación) crítica y la estimulante apertura de vías inesperadas de análisis para descifrar el conjunto, sugiriendo una posible lectura del álbum como destilación autobiográfica de un autor que, a fin de cuentas (si hemos de creer a Naybors), vivió pocas manzanas más allá de la escena del crimen del caso Leopold y Loeb. Por otro lado, Harry Naybors permite a Clowes elaborar una modulación muy personal en su retrato del arquetipo crítico, que, sí, es irónico, incisivo y a ratos inclemente, pero también tiene complejidad, capas, matices…

Esta viñeta robada marca la entrada triunfal de Naybors en el epílogo de Ice Haven y nos muestra al personaje con el mismísimo álbum en las manos –un “efecto Meninas” que invita a formular la pregunta: ¿tiene el crítico el álbum abierto por esa misma página, por ese espejo?- mientras suelta una descarga de cháchara crítica. Hay algo que a este articulista le gusta particularmente de Naybors: no es un crítico dogmático, sino alguien que suelta sus sugerencias de interpretación en forma de preguntas. El matiz es importante, porque en las dos páginas siguientes, la mirada de Clowes acompañará al personaje a través de una indagación biográfica que acabará culminando en una secuencia de nueve viñetas en plano fijo, que introducen un momento introspectivo que no está lejos de una traducción historietística de lo que Gilles Deleuze consideraría una característica Imagen-Tiempo. Después de leerse el libro que tenemos entre manos, interrogarse sobre su sentido y rebuscar en la vida del propio autor en busca de claves, el crítico acaba ejecutando un gesto conmovedor: mirar hacia dentro, abismarse en su propia soledad y desconexión para, finalmente, preguntarse: “¿Crees que al autor le gusto, personalmente?”.