Open menu Open menu hover pink Close menu Close menu hover pink
O Magazine
2015-2017

La ejecución del terror

Por Jordi Duró

BRANDING TERROR: The Logotypes and Iconography of Insurgent Groups and Terrorist Organizations.
Artur Beifuss y Francesco Trivini Bellini.
Merrell Publishers.

“El hecho de abstenerse de interceptar a un enemigo con sus estandartes en perfecto orden, el hecho de abstenerse atacar a un ejército compacto y disciplinado: este es el arte de estudiar las circunstancias.”

En el Arte de la guerra, Sun Tzu nos avisa del peligro que representa atacar a un ejército con sus banderas en orden. Las banderas y los estandartes servían para identificar al ejército como propio o enemigo y su presencia disciplinada entre las filas avisaba de un rival organizado y seguro de sí mismo. No hay que olvidar que las banderas, igual que los sonidos de tambores, también servían para enviar mensajes a la tropa donde la voz del general no llegaba. Sun Tzu lo indica también en el capítulo dedicado a la maniobra.

Si nos fijamos bien, lo bélico está muy enraizado en la terminología de la comunicación: objetivo (target), estrategia, campaña o incluso marketing “de guerrilla”. No nos debe sorprender, entonces, que los grupos insurgentes o las organizaciones terroristas (la línea que separa a unos y otros a veces es delgada) también se preocupen de tener sus marcas, recogidas en el libro Branding Terror.

En la introducción, ya se relata cómo determinados grupos terroristas palestinos marcan con sus logotipos los misiles que lanzan a Israel; y lo hacen en hebreo para asegurar que no haya confusión sobre la autoría del lanzamiento. De hecho, el origen antiquísimo del branding ya era marcar el ganado para distinguirlo del del vecino. En este caso, marcar cohetes para que los reconozca el enemigo.

Algunas de las marcas representadas en el libro parecen pensadas para ser comprendidas exclusivamente por sus propios miembros. Parecen creadas para ser descodificadas desde dentro. Recogen símbolos y grafismos de grupos en los que se inspiran políticamente (GRAPO y RAF comparten estrella y ametralladora) y que son indescifrables para el resto de la población. Por otro lado, otros logos parecen pensados para ser vistos desde fuera y tienen al mundo como audiencia (el NPA filipino incluye un pictograma de una mujer combatiente entre dos pictogramas de hombres armados). El fusil de asalto Kalashnikov es un icono frecuente (Hezbollah lo utiliza, por ejemplo), ya que se reconoce como símbolo revolucionario del tercer mundo. El AK-47 está tan arraigado en conflictos y revoluciones mundiales que ha llegado incluso a hacer la transición simbólica “legal” y ya aparece en la bandera nacional de Mozambique.

Tanto los logos hechos pre-internet (y pre-office) como los más recientes, comparten en su mayoría una ejecución amateur y ciertas carencias estéticas, cuando no técnicas. Eso, sumado una previsible dificultad a la hora de recoger los materiales que conforman el libro, ha llevado a Artur Beifuss y Francesco Trivini Bellini a redibujar muchos de ellos y, en algún caso, mejorarlos “profesionalizándolos” para posibilitar su reproducción y posterior análisis. Este redibujo unifica cualitativamente las marcas, pero al mismo tiempo les resta valor documental. Al “pasar a limpio”, han añadido nitidez a marcas que no la tenían porque sus soportes eran mucho mas primitivos: grafitis, copias ciclostiladas o sellos de goma. La decisión de arreglarlas presupone que han de ser mejoradas para su publicación. El coste ha sido la pérdida de su trazo original, indefinido y amateur.

Pero, ¿quién nos dice que esas carencias no eran intencionadas o que el objetivo, precisamente, no era mostrarse sin concesiones, sin maquillar y aparentando desorden? Si entendemos la idea de diseño como plan, tener una marca “fea”,”apresurada” o “improvisada” puede ser parte de una decisión de comunicación y, por lo tanto, ser buen diseño. El grafismo aparentemente improvisado y desordenado encaja con el efecto sorpresa buscado por estos grupos. Pasarlo a limpio no tiene sentido: Sun Tzu no los hubiera tenido en cuenta como ejércitos y ahí, precisamente, radica su estrategia.

Ilustración por Jordi Duró