La grasa
de la trascendencia

por Jordi Costa

La grasa de la trascendencia – O Production Company

Permitan que, por una vez, la viñeta robada no esté aquí para ser admirada y descifrada, sino para ser señalada como síntoma. El problema de las películas de superhéroes que han redefinido –e hipertrofiado- la cultura del blockbuster es, por un lado, su proliferación ya agotadora. Que hay demasiadas, vamos. Por otro, su gran lacra es que en ellas se pierde lo esencial, ese elemento que convirtió a la historieta de superhéroes en un hito en la educación sentimental de varias generaciones: el trazo. Sí, nadie le va a discutir el talento a Stan Lee, pero si algunas viñetas Marvel se han quedado grabadas a fuego en mi memoria es por el trazo (extraterrestre) de Jack Kirby, el trazo (sintético) de Steve Ditko o Frank Miller, el trazo (enfebrecido) de Neal Adams o el trazo (postmoderno) del Bill Sinkiewicz más glorioso. Sí, el principal problema de las películas de superhéroes es que hay muchas y, además, no las ha dibujado nadie: tampoco las ha rodado, salvo excepciones, lo que solemos entender por un autor, alguien capaz de plantearse la pregunta fundamental “¿cómo voy a rodar la siguiente escena?”. Las películas de superhéroes, por regla general –aunque las Marvel se llevan la palma en esto- parecen dirigidas por un “encargao”, que quizá aspira al cuadro de honor empresarial de Empleado del Mes, pero no al podio eterno del transformador –o, por lo menos, fino estilista- del  lenguaje visual. Pero hay otro elemento fastidioso en todo esto, aunque tampoco podemos considerarlo una constante en absolutamente todas las producciones de la especialidad: las grandes palabras, la grandilocuencia y el afán de trascendencia. O más bien, la Trascendencia como Grasa. En esto, por supuesto, quien alcanza la excelencia en el arte de ser latoso es el buque insignia de las películas D.C., Christopher Nolan; pero también ha acabado salpicando a la escudería Marvel en, por ejemplo, las disquisiciones de Ultrón y Visión que aumentaron el ya de por sí elefantiásico sobrepeso en la última entrega cinematográfica de Los Vengadores.

Pero, bueno, si hay que hacer honor a la verdad, no está de más recordar que esta habilidad para ser pelmazo es algo que tuvo su magma primigenio en esas mismas historietas que, pese a todo, a los puristas siempre nos parecerán preferibles a la más espectacular de las películas basadas en ellas. La viñeta de esta entrega pertenece a la historieta Una cuestión de necesidad, escrita por Chris Claremont y dibujada por Carmine Infantino, publicada originalmente en verano de 1978, en el número 15 de la revista Marvel Preview, y que recientemente ha recuperado Panini Comics en una entrega de la colección Marvel Gold dedicada al personaje de Starlord –Lágrimas en el cielo-. Un personaje, el de Starlord, que, por cierto, el cine conjugó en clave más festiva y ligera en esa Guardianes de la galaxia que sí fue, pese a todo, una película Marvel con toque de distinción. El Starlord de los tebeos es un justiciero galáctico errante que desface entuertos a lo ancho y largo del Universo montado en una nave viva que, en ocasiones, se transmuta en chica de sinuosas curvas. Es bastante fácil pillarle la mecánica a sus aventuras y, por tanto, caer presa del sopor: siempre hay una raza hostil que fustiga a una raza victimizada hasta que Starlord y su navecita curvilínea, no sin recorrer algún que otro conflicto moral, ponen las cosas en su sitio. Da la impresión de que los guionistas que manejaban el personaje, a fin de enmascarar que siempre nos estaban contando la misma historia, decidían engolar la voz para dar pompa y circunstancia a la obviedad.

La viñeta que aquí vemos forma parte de un largo monólogo de la nave de Starlord. Un monólogo que se extiende a lo largo de cuatro páginas y donde el artefacto recuerda su pasado como estrella, estado existencial que no le evitó sufrir por el exterminio de los cuerpos astrales que giraban a su vera. De paso, como se puede apreciar, la nave/exsupernova/ocasional mujerona aprovecha la ocasión para declarar su afinidad y su amor  por Starlord. El monólogo recorre una serie de viñetas en las que Infantino –que, por cierto, nunca se ha contado entre mis debilidades marvelianas- parece que bajó a tomar un café y dejó ese trabajo de batalla a su particular “negro” o “encargao”. Me gustaría pensar que Claremont, en el fondo, se estaba descojonando mientras escribía toda esa andanada de cursilería celeste. Pero me temo que no.