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O Magazine
2015-2017

DRINKZ

Por Mar Calpena

El pasado veinte de noviembre una lujosa fiesta en Manhattan reunía a un montón de celebrities para la presentación del tequila DeLeón, cuyo brand ambassador es Sean “Diddy” Combs. Combs es ya un veterano en el asunto: su acuerdo con la marca de vodka Cîroc le ha reportado, según algunas estimaciones, más de cien millones de dólares hasta el momento. Porque según afirma un estudio de la Boston University School of Public Health y la Johns Hopkins Bloomberg School of Public Health, un 38% de las canciones de hip hop citan en algún momento una bebida alcohólica. Las marcas se han dado cuenta de ese potencial y quieren aprovecharlo. Pero, ¿cómo hemos llegado hasta aquí?

Retrocedamos hasta los orígenes. En África hay pocos destilados –si exceptuamos a la muy colonial Sudáfrica, apenas unos pocos países que pasan por el alambique el vino de palma fermentado – pero sin alcohol no se entiende la esclavitud. Porque el ron era uno de los vértices del triángulo maldito que movía personas, materias primas y bienes de consumo (entre los cuales el ron no ocupaba un lugar menor) de África a América y Europa. Lo que primaba y, en parte, sigue dominando en África son el té de hibisco y la bebida de nuez de kola. No cuento todo esto simplemente como dato antropológico, sino porque ambas bebidas comparten un llamativo color rojo, y se suelen consumir profusamente endulzadas. Estas características (color chillón y sabor dulce) se irán repitiendo una y otra vez cuando los esclavos comiencen a beber en América.

La kola, además, tenía propiedades estimulantes –aunque servidora la probó una vez en Senegal y vomitó de inmediato- por lo que a finales del siglo XIX se incorporaría a la fórmula de, ehem, la Coca-Cola (aunque hoy en día se da por hecho que ya no forma parte de ella). Estos tés, junto con otras bebidas locales también dulces y de colores chillones, eran mucho más salubres que el agua de las plantaciones. Reforzadas con la melaza de la caña de azúcar, proporcionaban energía para el trabajo diario en el campo. El alcohol solo se les proporcionaba a los negros en los días de fiesta, y entonces se hacía en grandes cantidades, porque un esclavo sobrio es un esclavo lúcido, que puede tener pensamientos de rebelarse o escaparse. Por ello, tras la guerra civil, la emigración al norte de Estados Unidos de esclavos liberados conserva dentro de su tradición gastronómica –lo que luego se llamaría “soul food”– las bebidas rojas, que a menudo toman a limonada, tes y Kool Aid como base. Pero la relación con los líquidos seguía siendo complicada: por una lado, la iglesia, con mucho peso entre los afroamericanos, desaprobaba los excesos y afirmaba que el alcohol era enemigo del progreso social. Por el otro, los negros habían trabajado en destilerías y cerveceras desde la época colonial, y se habían incorporado como bartenders a los bares y saloons casi desde el nacimiento de estos, así que tampoco les resultaba desconocido. Durante la Prohibición, ambas visiones convivieron y allá donde un predicador pedía templanza surgía también un destilador clandestino o un contrabandista negro (te estoy mirando a ti, Chalky White). Sin embargo, hasta la Segunda Guerra Mundial, las culturas alcohólicas no diferirán tanto entre razas.

THE HOOD

Just hit the corner store, you know what I’m looking for

Es en la contienda cuando los soldados negros estacionados en Francia descubren el coñac. Francia era un lugar considerablemente más abierto a las personas con un color de piel distinto, y además, el coñac no tenía las connotaciones sureñas del whisky y el bourbon, muy asociados al bando rebelde. Su éxito llega a ser tal que Hennessy será el primer destilado en anunciarse en las revistas Ebony y Jet, dedicadas a la emergente clase media afroamericana. Sí, Malcolm X clamará contra los efectos adormecedores del alcohol, pero pese a su retórica comenzarán a emerger también marcas de bebida creadas por y para negros. Las primeras en emerger son los malt liquors, cervezas muy dulces y de alta graduación alcohólica que siguen siendo la bebida por excelencia del ghetto, y que recuerdan, más en forma que en fondo, a las limonadas rojas de la época de la esclavitud. Vendidas en forties o botellas de cuarenta onzas (1.2 litros), Janet Jackson dirá de ellas en un diálogo de la película Justicia poética de John Singleton que “ni siquiera las venden en tiendas de blancos” (aunque los chavales de instituto, según me cuenta mi muy blanquito amigo estadounidense Shawn Stoker, tomarán como rito de paso ir a gastarse la semanada en botellas de forty en las gasolineras de las afueras). Los dos malt liquor más conocidos son Olde English y St. Ides, que en los noventa anunciarán raperos como Snoop Dogg, Notorious B.I.G. o Cypress Hill y serán casi hegemónicos hasta que el hip hop sale del barrio.

Porque entonces llegó el bling. El hip hop se vuelve algo que genera mucho, mucho dinero, y la tensión entre templanza y ebriedad cruza su trayectoria con otro eje, el que discurre entre la credibilidad callejera y la ostentación. Con este boom, el coñac, que en los ochenta se consideraba bebida de viejos, recuperó su caché, y según avanzaba la década, el champán se fue convirtiendo en el rey. Mencionados o bebidos, por todas partes aparecían los Louis Roederer, Dom Pérignon, Moët (el más citado) o Cristal… Este último se había convertido en un lugar común, fluyendo espalda abajo de las chicas que aparecían en los vídeos de Jay-Z, quien no podía parar de meterlo en sus temas. La botella de Cristal vale dos o tres veces más que la de Moët, que, aún siendo cara, es relativamente accesible. Los raperos ya bebían como jefes.

Nada parecía poder parar el impacto del champán hasta que en 2006 el presidente de Cristal, Frédéric Rouzaud, soltó en una entrevista en The Economist que no le acababa de gustar que su vino se asociara al hip hop. ¡Ay, lo que me has dicho! Jay-Z calificó las declaraciones de racistas, e incluso se inmortalizó rechazando una botella de Cristal en su vídeo Show Me What You Got. Pero se produjo además otro efecto: los músicos se dieron cuenta de que en el alcohol había tanta o más pasta que en la música. Jay-Z invirtió en una etiqueta propia, Armand de Brignac (conocida popularmente como Ace of Spades) y Diddy hizo lo mismo con Cîroc, llegando a autodescribirse como el “Obama de Cîroc”. Por su parte, las limonadas rojas se resisten a morir. Transmutadas en preparaciones dulzonas, como ya hiciera el malt liquor, el Alizé, una mezcla de brandy o vodka y zumos de fruta, o el Moscato, un prediabético vino espumoso italiano que tiene como embajadora a Nicki Minaj, centran sus esfuerzos de marketing en las hasta entonces olvidadas mujeres negras. Sin embargo, es posible que la época dorada del alcohol como símbolo de estatus ya haya pasado. Los millenials, al parecer, se muestran cada vez más recelosos ante las muy interesadas menciones de productos y servicios que los asaltan desde todos los frentes culturales. El exceso, antaño símbolo e admiración, parece haberse moderado un tanto con la crisis. La bebida puede haber perdido ya del todo su crédito cultural en el hip hop, pero nadie le podrá negar la espléndida, chispeante y embriagadora resaca de canciones que ha dejado a su paso. Te invitamos a descubrirla.