Entrevista
con Kikol Grau.

por Eulàlia Iglesias



Ganó la última edición del Dock of the Bay con un documental musical insólito. Lejos de los tópicos del rockumentary, Las más macabras de las vidas recupera la música de Eskorbuto para llevar a cabo una revisión de los ochenta en España a través de imágenes de archivo de la época. Kikol Grau rebusca en el vertedero de imágenes de Internet, recopila metrajes de noticiarios, publicidad y cine que no han quedado fijados en el imaginario popular y pone patas arriba el discurso hegemónico sobre la transición al ritmo desquiciado del punk de Santurce. En esta película aúna dos de sus principales inquietudes: la pasión por la escena musical de aquella época (ya tiene un nuevo documental sobre Cicatriz) y el trabajo con el material de archivo.

La trayectoria de Grau incluye centenares de horas trabajando en la televisión. Arranca su carrera en la local Clot TV; idea para BTV el formato Gabinete de Crisis, informativo punk pergeñado mano a mano junto a Arturo Bastón y Félix Pérez-Hita y que no llegó a emitirse por televisión ; pasa por Canal 18 y Cine Palomitas; y culmina en Met rópolis de La 2, que lo ficha después de que les envíe uno de sus programas. Allí desarrolla una serie de documentales sobre las escenas independientes tanto musicales (en Barcelona, Madrid, Euskalherria, Galicia…) como cinematográficas. Cuando se queda sin trabajo en la tele, ficha por Hamaca, que le permite seguir desarrollando sus propias obras, desde videoclips (los últimos para Tarántula, Salvaje Montoya, Tu madre…) hasta ensayos visuales a partir de la cultura popular de los ochenta, pasando por convertir magnicidios históricos en cuentos de miedo. Subversiones visuales armadas desde los márgenes por alguien que se ha aprendido al dedillo los códigos de funcionamiento del lenguaje televisivo y cinematográfico. Cuando quedamos con él, acaban de confirmarle que ya es un graduado en Historia.

Tus últimos trabajos, Las más macabras de las vidas  o Operación Gadafi, tienen mucho de ensayo sobre la historia reciente, o, para ser más exactos, sobre la construcción de ciertos discursos históricos a través de las imágenes.

Estos últimos años he aprendido que esa frase de que la Historia la escriben los vencedores es falsa. La Historia la vamos escribiendo entre todos. Los discursos, sean verdad o mentira, se acaban fijando a base de repetirlos y adornarlos. Creo que ahora es un buen momento para volver a asuntos como el de la Transición en España porque ha pasado el tiempo suficiente. Los últimos resultados electorales, a mi parecer (mis profesores igual me meterían una colleja si me oyeran), marcan el fin de la Transición. Los nietos de los que ganaron la guerra no entienden por qué ahora ya no se les quiere: No les queremos porque son unos ladrones y unos corruptos. Películas como Operación Gadafi, que llevé a cabo con imágenes de informativos, surgen porque me planteé cómo y quién explicaba la Historia.

Subversión visual.

A la hora de ampliar tu formación, decidiste precisamente estudiar Historia, y no cine.
Para mí estudiar Historia era divertidísimo. No se me ocurre compararme con ellos, pero a directores pasados de vueltas como Ridley Scott o James Cameron les encanta la Historia. Si alguna vez tuviera el presupuesto necesario, yo haría una película sobre los almogávares, el ejército más bestia que jamás ha existido. El problema de la Historia es cuando algunos yanquis se meten a explicarla… Hay excepciones, como Clint Eastwood con Banderas de nuestros padres y Cartas desde Iwo Jima, donde se plantea explicar las dos versiones de un mismo acontecimiento. La interesante sobre todo es la segunda.

En Operación Gadafi pones en evidencia hasta qué punto cierto reporterismo televisivo de guerra se parece cada vez más a un blockbuster o a un videojuego.
Fue durante el proceso de montaje que descubrí que cuanto  más experimentas y te desmadras, más te das cuenta de que estás rompiendo con unos códigos que habías asumido. Por ejemplo: el que dicta que a un  tipo de cine le corresponde un tipo concreto de música. Toda la representación audiovisual de la guerra es muy típica, con música de Wagner y demás.  Fíjate que incluso los del Estado Islámico han aprendido los códigos del lenguaje cinematográfico norteamericano y los aplican a su propia propaganda.
En Operación Gadafi yo pensé en ponerle la música que a mí me gusta, metal en este caso, y no la típica partitura clásica.

Esta voluntad de subversión de los códigos visuales ya la mostrabas en tus primeros programas televisivos en las cadenas locales.
A veces flipo, repasando mi currículum, que en algunas cadenas como TVE me dejaran hacer ciertas cosas, como una entrevista que rodé bocabajo en un programa cultural esperando que alguien me llamara la atención. Y nadie me dijo nada. Me extraña un poco que haya colado tanto. De hecho, durante mucho tiempo pensé que yo no valía para este oficio. Cuando ya me habían echado de Metrópolis por falta de presupuesto, después de que el PP ganara las elecciones, me di cuenta que había tenido la oportunidad de experimentar yo solo en la tele como casi nadie lo hace. Pero es que la televisión debería servir para esto. No entiendo por qué los espectadores no reclaman otro tipo de contenidos. Nos hemos acostumbrado demasiado a unos programas muy determinados según el canal. A mí la televisión me parece un espacio muy guapo para experimentar y debería írsenos mucho más la pelota… Pero los productores y los canales son los que son y no aceptan rarezas.

En algún momento las televisiones locales cumplieron en parte esta función…
Barcelona TV fue un experimento de puta madre. Una de las cosas que supo hacer Manuel Huerga durante su etapa como director fue ver el potencial social de una televisión de proximidad. Se dio cuenta de que a él solo no se le iban a ocurrir todas las ideas relacionadas con la comunicación de la ciudad y abrió las puertas de la televisión… En esa época, los ciudadanos de Barcelona miraban la televisión local porque te podías encontrar de todo: a tu madre preparando un bacalao, a tu vecino mientras hacía vete a saber qué, a un loco… BTV consiguió ser una televisión al mismo tiempo experimental y próxima. Ahora  es una reproducción a pequeña escala de los canales más potentes y así no se llega a ninguna parte. En la Xarxa de Televisions Locals (la Red de Televisiones Locales, ahora desaparecida como tal) también se abrió el proyecto DO (Denominació d’Origen), que estaba dedicado precisamente a formatos experimentales. De aquí salió gente muy preparada e interesante… Esto es lo que me gustaría a mí ver en la televisión. Y esto es lo que sucede por ejemplo en Gran Bretaña, donde te puedes encontrar una serie como Black Mirror en cuyo primer episodio el Primer Ministro del país tiene que follarse   un cerdo. Tú planteas un guion de este tipo aquí en España y te meten una patada en el culo más rápido… Tener los huevos de hacer una serie así con gente creativa debería ser lo normal y lo coherente en la televisión. El shock ha sido ahora cuando me he dado cuenta de que si las televisiones no hacen este tipo de programas yo no tengo otro espacio en el que trabajar.
Porque yo no soy director de cine. No he estudiado cine y me muevo en un terreno que no sé exactamente a qué corresponde. Cuando me pillan una película en un festival, flipo. Yo presento las películas avisando “paciencia conmigo, que soy un bichito raro”. Y todavía me sorprende que tanta gente vea mis films y les gusten. Pero es que yo no sé tan siquiera si son películas. No hago tele, no hago cine…

Este terreno indefinido es muy propio del audiovisual contemporáneo…
Ahora me gustaría trabajar con una película que no fuera con material de archivo (aunque tengo en la cabeza un montón de proyectos pensados con archivo y una pizarra llena de notas). Me voy a dar un regalo y voy a intentar rodar una película de terror. Estoy súper acojonado, pero al mismo tiempo tengo muchas ganas. Me apetece mucho romper con ciertas normas establecidas, como que todas las películas de miedo tienen que pasar de noche. La mía pasa “exterior, día”. ¿Por qué? Porque es la mejor iluminación del mundo y la más barata. Y a ver cómo me lo monto yo para explicar cosas chungas que pasen de día… Y que la música tampoco sea la típica que te avisa de que llega el asesino. Me tiré mucho tiempo haciendo tráilers para películas de terror para Canal 18 y me conozco los tópicos. Quiero aprovechar para transformarlos. Y si no me sale, pues la haré de archivo…

Ya has experimentado con el terror en  piezas tan curiosas como El gato negro del general Prim o El corazón delator de Antonio Cánovas del Castillo, que empiezan como un biopic histórico y acaban como un cuento de Poe.
También tengo a Dato, Canalejas y Carrero Blanco. Pero como trabajo solo, no he tenido tiempo de acabarlas. Las he creado por orden cronológico y cada vez me desmadro más. Utilizo ilustraciones de dibujantes vinculados a la revista Creepy, como Bernie Wrightson o José Ortiz. Mi película de miedo también es una especie de Creepshow: son historias cortas situadas en épocas diferentes: voy de Hernán Cortés a Nosferatu. Como soy el último de la familia de los Grau y no tengo hijos, he tirado del hilo de mi propio apellido. El productor de Nosferatu, por ejemplo, se llamaba Albin Grau. Y a Hernán Cortés le acompañó un tipo, Joan de Grau, que se acabó casando con una hija de Moctezuma. Ambos regresaron a su pueblo, Toroliu, en el Pirineo catalán y, dice la leyenda que enterraron un tesoro allí. Todo esto propició alguna sonada estafa aquí en los años sesenta… Hoy he ido a buscar la máscara del narrador de la película (me ensaña la foto de una máscara precolombina a base de piedras preciosas). Me encanta, además de experimentar, seguir sintiéndome como un niño y encarar cada proyecto con ilusión. Cuando llegué a los cuarenta y me di cuenta que padecía el síndrome de Peter Pan, pensé que no me planteaba ningún trauma, al contrario que a otros, porque tampoco me interesaba el mundo adulto. Para mí un proyecto como este es como un juguete. Si hubiera detrás pasta ya sería otro tema, porque  no habría más huevos que aceptar ciertas condiciones. Pero como no hay…

La mayoría de tus referentes, del cine de terror a la música, se sitúan en los ochenta. Pero no solo eso. Tus piezas, creadas en plena era digital, también evocan la textura de las imágenes y los efectos del audiovisual ochentero.
Sí, me encanta.  Santa Mamita del Raval, el último videoclip que hicimos con Miguel Ángel (Blanca) para Salvaje Montoya, lo quería rodar con una cámara de Vídeo8, pero las baterías no aguantaban. Pero igualmente rodamos con una cámara, con la pantalla en blanco y negro, que era un trasto que casi no sabíamos ni cómo ponerla en marcha. Pero teníamos ganas de probar a ver qué salía.
La gente está utilizando unas cámaras que te cagas para hacer mierdas en vinagre… Porque, salvo algunos nombres que se mueven con grandes presupuestos, como Michael Mann, Roland Emmerich o James Cameron, para muchos la tecnología ofrece una calidad que no se puede asumir. Creo que en TVE en Alta Definición solo se emitieron los Juegos Olímpicos de Pequín. Te venden la moto de que tienes que pillarte las pantallas de plasma pero luego los programas no se emite en la resolución correspondiente.
Es verdad que una cámara Blackmagic solo cuesta cuatrocientos  euros. La tecnología resulta ahora muy barata. Pero, ¿de qué te sirve gravar de puta madre una entrevista por ejemplo? Yo se lo digo a la gente de Hamaca. “A ver, ¿tú vas a gravar una mano acariciando el heno mientras tu novia te la chupa? No, ¿verdad? Pues entonces póntelo fácil. Pero oye si quieres hacer una peli como Terrence Malick, de puta madre, que a mí hasta que se hizo famoso me encantaba. Pero si solo tienes que hacer un vídeo de un minuto… ¡Pues grábalo con el móvil hombre!”.  ¡Si ahora los móviles graban de puta madre!  Pero nos han vendido esta movida de que eres mejor si utilizas la última tecnología. Y eso no es otra cosa que capitalismo… El problema me surgirá ahora que cuando tenga que utilizar cámaras guapas, pues tendré que aprender porque no tengo ni puta idea. Y tampoco conozco a tanta gente que controle.

En uno de tus primeros programas televisivos, Por la Kara TV, colaborabas con J.A.  Bayona…
Sí, junto a Jorge Rodríguez, Pol Turrents, que es un muy buen director de fotografía, y Bayona hicimos unos cuantos desmadres. Ahí ya se notaba que Bayona tenía unos conocimientos cinematográficos superiores al resto y ya iba por otro camino. Rodábamos una entrevista, él movía la cámara y nosotros en plan, “¿pero qué haces, por qué no te quedas quieto?”. Él hilaba fino. Lo fui a visitar hace poco al rodaje de Un monstruo viene a verme. Me explicaba el presupuesto y me contaba que todavía les faltaba dinero. Y yo, me reía. “Pero qué dices tío, si yo con el IVA de esto me monto toda mi filmografía”.

Y tienes esas piezas, Jason Total Massacre o Las hostias de Bourne, que funcionan como ensayos audiovisuales sobre ciertas sagas de Hollywood. Son análisis cuantitativos que acaban ofreciendo también una reflexión cualitativa…
Me di cuenta que podía depurar las películas de Hollywood de todas las escenas en que hablan y quedaban mucho más interesantes. También tengo una con la trilogía de El señor de los anillos. Hay escenas muy guapas con batallas y a tope de música. En cambio, cuando te sale el hada y te cuenta milongas, te entran ganas  de meterle un subtítulo tipo “¿pero qué me estás container?”. Me encantan estos experimentos, pero llevan mucho tiempo…

Es una práctica que se lleva a cabo viendo cine porno.
Con el cine porno tengo la experiencia contraria. Yo estuve trabajando en el Canal 18, que programaba porno a partir de la medianoche. Tenía que hacer las promos pero no podía salir ni una teta ni nada porque se emitían en las franjas de día. Pensando cómo lo iba a hacer, al final caí. ¡Eureka! La solución era utilizar todas esas intros dialogadas que había antes en el porno: “hola, soy el electricista, ¿dónde tengo que colocarle el enchufe?”. Montaba una frase de este tipo y cortaba al logo de la emisora. Por aquel entonces empecé a compartir piso con un colega que flipaba porque me veía rodeado de cintas porno de las que solo me miraba las escenas sin sexo. Ese tipo de diálogos se han perdido y eso que eran un hartón de reír.

Todo este material ingente con el que has trabajado a lo largo de tu carrera, ¿lo tienes almacenado? ¿cómo te organizas para crear con material de archivo?
He trabajado en tantos archivos que ya sé de dónde sacar las cosas. Pero no se trata tanto de una organización física como mental. Tengo clasificada la información en la cabeza y sé dónde ir a buscarla. Si me lo pongo fácil voy a Y outube, que es un caos: introduces una búsqueda y lo primero que te sale no tiene nada que ver. Me gustaba lo que hacíamos todos antes en Internet, cuando partías de un enlace e ibas navegando hasta acabar en otro sitio raruno sin saber cómo. Ahora con las nuevas tecnologías todo es más fácil y efímero. A mí me flipa el trabajo de animadores de Europa del Este como Jan Svankmajer que se tiran un año para hacer una película. Ahora nadie le pone esta dedicación ni experimenta: se apuntan al Notodo Filmfest o al festival-de-película-de-cinco-segundos-con-el-móvil-y-eres-la-puta-polla. También estoy acojonado porque en este país no te dejan aprender. Lo comentábamos el otro día con Fernando Franco. Con el tema de las óperas primas y el cine pobre, sale un genio cada día. Alguien a quien se le da coba y, después, con la segunda película, se le lincha. No hay espacio para que puedas aprender de tus propios errores. ¿La respuesta a esto? Trabajar y trabajar sin dejarte influenciar por los comentarios. Luchar contra esta España que es una mierda culturalmente. Me ha pasado con la película de Eskorbuto. “¿Por qué no la has hecho antes?”, me preguntan. “¿Y por qué no la has hecho tú si te gustan tanto?”. A mí me encantaría que hubiera diez  películas como las de Eskorbuto. Tocar el botoncito en la pantalla es muy fácil, pero tirarse horas, días y años construyendo algo… Y luego, como me decía mi amigo Miguel Gil, tampoco somos nadie para cargarnos el trabajo que a una peña le ha costado años. Pero eso es Internet y la sociedad en que vivimos… Una colega envió una foto del Alcampo justo al otro lado de la frontera con Francia. Mostraba una estantería de veinte metros repleta de cómics. En el quiosco de la estación de Sants, en cambio, no hay ni una novela gráfica. España ha sido incapaz de cuidar a sus dibujantes de cómic, a sus grupos, a sus cineastas…
Por ejemplo, la música se ha ido a la mierda en este país, con esos conciertos y festivales con precios solo para ricos. Pero, ¿un concierto ahora de Spandau Ballet? ¡Va hombre ya! Napalm Death tocaron en el Primavera Sound pero con uno de esos contratos restrictivos que luego no les permiten hacer otro concierto más asequible. Y no los pude ver. Creo que las pastillas y el tecno acabará n con la cultura musical.  Ahora que tenemos los medios y los conocimientos, no salen grupos carismáticos porque vivimos una gran carencia cultural. Yo estoy aprendiendo a tocar el piano, con un casiotone, para componer mis propias bandas sonoras. No es nada fácil.

Insistes mucho en no considerarte un profesional del cine y no te sientes cómodo con las tareas de promoción (entrevistas, presentaciones…).
No tengo el discurso de cineplasta  y me agobia mucho lo de las presentaciones. Yo he llegado a pedirle pasta a los del público. “A ver, tú, ¿tienes 10.000 euros? Tú dame 10.000 euros y ya verás lo guapa que saco a tu madre en una película”. Pero tampoco quiero convertirme en un personaje. Mi gran suerte es que no estoy trabajando en una empresa o en una productora, con lo cual gozo de completa libertad, porque ya me pago las facturas con mi trabajo en Hamaca. A mí lo que me gusta es ver cosas. Y ahora estoy super contento porque he acabado la carrera y ya tengo preparadas un montón de pelis de los ochenta para ver. Pelis como las sagas de los Critters, los Ghoulies… O Una pandilla alucinante, que tiene una aura casi inocente. Me encantaría hacer una peli de este tipo…
Como espectador, yo miro de todo y me fijo mucho en películas coreanas, australianas, africanas… porque  descubres otras formas de narrar. Nigeria, lo que se llama Nollywood, creo que es la segunda industria cinematográfica del mundo, después de Bollywood y por delante de Hollywood. En el fondo hacen lo mismo que siempre han hecho los yanquis: “no me gusta ver chinos en una película, así que la cojo y la vuelvo a hacer con yanquis”. Pues ellos igual: “esta peli de Stallone está muy bien, así que la repetimos pero con Ndongo o quien sea que nos gusta más”. Tienen una producción de la hostia: películas hechas con cuatro pelas claro, pero que son un desmadre. Y a mí me interesa más este desmadre que según que películas de Hollywood. Fui a ver Transformers 4 con mis sobrinos y flipaba, tres horas de peli y, buf, no entendía nada…