En aquel momento
parecía una buena idea.

Crónica de un redactor
asturiano en Londres.

Capítulo 1

Una obligación de todo profesional (y de todo ser humano) debería ser seguir aprendiendo, siempre, hasta que nos muramos. El qué da igual, porque la cuestión no es so lo que el mundo esté en constante cambio, que lo está, sino también la necesidad de mantener nuestro cerebro ejercitado y flexible, joven. Con esa idea mucha gente, después de estudiar, sigue estudiando. Para eso se han inventado los má sters y los postgrados, como una forma cara y homologada de seguir aprendiendo. Yo en cambio elegí aprender de mis errores, que es mucho más caro y no está homologado, pero es más divertido. Al menos para los demás.

Por diversas circunstancias que no vienen al caso, hace unos meses cambié mi residencia de Barcelona a Londres, una oportunidad de seguir aprendiendo casi por inercia.

La teoría era esta: como profesional de la publicidad he trabajado en tres agencias distintas en 16 años de carrera, tres agencias españolas de perfil creativo, de tamaño medio o grande y de espíritu independiente. En todas he aprendido cosas tan importantes como el valor de una marca, cómo condensar una idea en 140 caracteres y que cuando reenvías un email puedes manipular alegremente su contenido sin que el destinatario sospeche nada.
Ahora me tocaba probar en una agencia extranjera, donde se trabajara en inglés, y que a poder ser fuera una gran multinacional con proyectos internacionales. Se trataba de experimentar algo nuevo. Y de seguir aprendiendo.

Mi agencia en España, a la que debo gratitud eterna, me lo puso fácil, tan fácil como que descolgaron el teléfono, me colocaron en la agencia más antigua del mundo y me sugirieron que podía seguir trabajando con ellos desde allí. Así que sin hacer siquiera una entrevista ahora tengo dos trabajos, uno en España y otro en Inglaterra. Hasta me reservé un mes de vacaciones para poder mudarme con la calma , sin estrés. Puto amo. Ya so lo tenía que empezar a equivocarme, esa sana costumbre mía.

El primer error fue el de la mayoría de los españoles: el idioma. Y eso que cuando era crío mi padre tuvo la idea visionaria de ponernos a mis hermanos y a mí un profesor particular de inglés. El buen hombre, como director del Área de Orientación Académica de la Universidad de Oviedo, sabía perfectamente que el inglés de C.O.U. no me serviría en un futuro ni para traducir las letras de Enrique Iglesias, pero lo cierto es que en aquella época había pocos ingleses nativos viviendo en Oviedo y el mejor candidato resultó ser Simon Brown. Licenciado en Filología Hispánica pero músico de profesión; bajista ocasional en alguna gira de Los Locos y líder de un grupo local llamado Dona Kebab. Era un tipo genial, con zapatos cuadrados y abrigo de cuero. Fue mi profesor entre los 11 y los 19 años. Y un tiempo más tarde me confesó que después de nuestra primera clase se fue directo al bar de la esquina y se compró (en aquella época en que todo se podía) un cigarrillo suelto. Y volvió a fumar. Gracias a él me aprendí de memoria las letras de más de 500 canciones en inglés, y es cierto que cuando me suelto no tengo mala pronunciación y que me defiendo bastante bien en una conversación, pero a cambio nunca supe nada de gramática. 25 años y 1.500 canciones después de aquella primera clase sigo cometiendo los mismos errores. Una tragedia para un redactor. Es cierto que lo más importante en esto de la publicidad son las ideas y tal, pero cuando traté de explicarles al equipo con el que trabajo ahora que no sé diseñar y que no soy capaz de escribir un texto en inglés que no suene a una mezcla entre Toro Sentado y The Smiths, su respuesta fue “You’re useless, Pipo”. Como lo digo. Ya me estoy buscando una academia. Mientras tanto, cada vez que envío un email de más de cuatro palabras siento que me llega el humo de un cigarrillo desde algún rincón de la oficina.