Elogio
del reality

Elogio del reality – O Productora Audiovisual

Cartel de la película Función de noche

“Soy una mujer que no ha sentido nunca un orgasmo y he fingido”. “Esa es la clave de mi vida”. “Creía que era una mierda como mujer y aún lo arrastro hoy en día. No me acepto, no me acepto”… La actriz Lola Herrera escupía tan desgarrador testimonio de represión sexual y baja autoestima a la cara de su ex marido en la vida real, un alcoholizado Daniel Dicenta, en el docudrama Función de noche de Josefina Molina. Corría el año 1981 y aún faltaban dieciséis años para que John de Mol inventase el formato Big Brother. Lo curioso de la película, a menudo infravalorada por nuestra crítica cinematográfica, es que se rodó en un camerino recreado en estudio en el que se colocaron ocho cámaras tras unos espejos. La orden era filmar sin interrupción el cara a cara de este matrimonio roto hasta conseguir que se olvidaran que estaban siendo filmados. ¿Les suena? Sí, es un pequeño reality. El resultado es tosco e irregular, pero contiene algunos momentos de catarsis y striptease emocional difíciles de ver en la mayoría de películas de ficción. Exactamente lo mismo se puede decir de los reality shows.

De entrada, me parece importante explicar que llevo siete años trabajando en realities y que quiero seguir haciéndolo. No soy un topo ni un arrepentido. Por tanto, mi visión no es objetiva. Y, aún así, me parece objetivamente cierto que el formato ha revolucionado la forma de hacer televisión desde hace quince años; ha contaminado a otros programas de entretenimiento e incluso a la ficción (la saga Los juegos del hambre, por ejemplo); formará parte de la educación sentimental de varias generaciones de espectadores; ha contribuido (junto a las redes sociales) a la destrucción del concepto de intimidad, etc, etc… No obstante, también es cierto que el formato ha sido sometido siempre a análisis extremadamente pobres por parte de los periodistas y de los expertos en comunicación: “Programas que enseñan a la gente que es posible ganar dinero sin trabajar ni formarse”; “contribuciones al bajo nivel cultural del español medio”; “telebasura”… En fin. La gran mayoría de nuestros plumillas ha despachado y despacha el asunto con desdén aristocrático, un poco de ironía y mucho, mucho desprecio, como si los espectáculos que seducen a millones de personas no pudieran ser objeto de análisis tan sesudos y rigurosos como las películas de Lisandro Alonso. ¿Alguien ha intentado siquiera entender por qué no son una moda pasajera, sino que son incluso más populares hoy que cuando empezaron? ¿Qué tienen los realities que conectan con tanta gente? ¿Por qué son el gran espectáculo de nuestro tiempo?

by Óscar del Pozo

Elogio del reality – O Productora Audiovisual

La vida es un reality?

El circo de Belén Esteban

Antes que nada, una obviedad: no todos los realities son iguales. Por ejemplo, los docurrealities no graban a sus protagonistas las 24 horas del día, lo hacen solo en determinadas situaciones y luego les devuelven a su realidad cotidiana. A este género pertenecen Las Kardashian o Mujeres ricas, por citar un par de ejemplos. Algunos de ellos, como Alaska y Mario, Quién quiere casarse con mi hijo o Un príncipe para Corina, tienen hasta buena prensa. Los dos últimos están editados con bastante ingenio y tienen una banda sonora que demuestra un talento indiscutible para retratar personajes y situaciones a través de canciones de todas las épocas. Pero, sobre todo, son programas que permiten que una parte del público los vea con una distancia irónica, lo cual es fundamental para seducir a todos esos espectadores que se consideran demasiado especiales para disfrutar de los productos de entretenimiento masivo de forma sincera. Luego están los realities de encierro, los que obligan a los concursantes a desconectar de su realidad durante un tiempo para ser grabados las 24 horas del día. En ellos no hay ironía, así que generan quórum: ninguno merece respeto.

A menudo he oído hablar de “circo” para referirse a Gran Hermano o Supervivientes y a mí me parece una definición acertada, pero si pensamos en el circo romano y no en un circo de freaks, que es a lo que se refiere la mayoría de la gente. Digamos que en la raíz de estos shows de convivencia y encierro está el espectáculo como lucha en el que sobrevive el más fuerte, que al fin y al cabo es lo que hacían los gladiadores en la Antigua Roma. ¿Estoy tratando de decir que Belén Esteban, Rosa Benito o la hawaiana Paula, tres recientes ganadoras de programas de telerrealidad, son como los gladiadores romanos? Pues… sí, es lo que trato de decir. El matiz es que en aquella época la valentía y la fuerza bruta eran valores mucho más importantes que hoy. En nuestra sociedad prima más saber desenvolverse socialmente que ser valiente. Los valores cambian, la esencia del espectáculo es la misma. Lo que vemos en Gran Hermano o Supervivientes es un combate cuerpo a cuerpo en el que sobrevive el que más habilidades sociales tiene, el que más alianzas consigue, el que más fortaleza mental demuestra o el que más obstáculos emocionales sabe sortear.

Elogio del reality – O Productora Audiovisual

Pollice Verso, cuadro de Jean-Léon Gérôme, 1872

Esa lucha tiene algo de darwinista: solo sobreviven los mejores. Un reflejo del individualismo que se ha impuesto en la sociedad desde el triunfo del neoliberalismo en los ochenta. Los valores que vemos en los realities son el espejo de lo que sucede en nuestra sociedad y no a la inversa. La gente sale a pelear todos los días a una jungla y se siente igual de sola y cuestionada que los concursantes en la casa de Gran Hermano. Solo hay que pensar en el desprestigio de los sindicatos y de los partidos políticos, en la flexibilidad laboral, en el sexo como terreno de competencia narcisista… Es normal que el público se sienta fascinado por un espectáculo que plantea la vida como una lucha individual, no colectiva.

Elogio del reality – O Productora Audiovisual

Belén Esteban y su ya mítico pijama animal print

Molière y los realities

Más allá del análisis del género, es importante hablar del TEMA que suele derivarse de las distintas tramas y peripecias de los concursantes. Y cuando digo tema, me refiero a eso que los escritores denominarían la premisa que ha inspirado el deseo de crear una historia. Yo veo en los realities el mismo tema que trató Molière en El misántropo: lo complicado que es decir siempre la verdad. Belén Esteban en Gran Hermano VIP o Suhaila en Supervivientes tienen el mismo dilema que Alcestes, el protagonista de la obra: ¿Se puede convivir y no ser hipócrita? ¿Hay que ser siempre sincero? ¿Hay que decir-las-cosas-a-la-cara? El huraño Alcestes siempre dice la verdad, aunque moleste, buscándose problemas que no tendría si siguiera las normas de convivencia y educación que defiende su amigo Filinto. Y es que todos queremos que los demás sean sinceros con nosotros, pero en realidad solo esperamos que nos digan lo que queremos oír. Defendemos la sinceridad, pero la aplicamos solo cuando el otro se da la vuelta. Bien, pues este es el asunto central de los realities de convivencia.

La incapacidad de Alcestes para encontrar un término medio en su obsesión por la verdad le llevará al fracaso social y a la marginación. Estamos en 1666. En 2015 no siempre es así. Las estrategias y la inteligencia emocional de los concursantes determinan su éxito o su fracaso. Por el camino hay cotilleos, intrigas, envidias, amistades verdaderas, relaciones interesadas, vanidades, traiciones, ira, coqueteos… Una amplia gama de emociones que seduce a millones de personas, incluido el que firma. Está claro que ver telerrealidad no demuestra un gran refinamiento estético, pero no debería extrañarnos tanto que nos tenga atados al sofá.

Y, bueno, los que ven en los reality shows la causa de todas las taras de la sociedad que se fijen en aspectos más estructurales (el fracaso del sistema educativo, la coyuntura económica) y profundos (la pobreza cultural, el rechazo español a todo lo intelectual) que empresas privadas como Mediaset no están obligadas a solucionar.

Elogio del reality – O Productora Audiovisual

Alcestes y Filinto en El Misántropo de Molière

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Viñeta de David Hayward: los realities como espejo