DIÁLOGO
THX 1138 / APPLE

El presente es el futuro del pasado

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Si en el pase privado de La guerra de las galaxias que organizó George Lucas antes del estreno para algunos de sus compañeros de generación golden (los Scorsese, Milius, Coppola, De Palma, etc…) se le rieron en la cara por haber hecho, ejem, “una película de muñecos” (siempre según el decir de Peter Birskind, claro) es porque antes estuvo THX 1138.

DIÁLOGO: THX 1138 / APPLE – O Productora Audiovisual

¿Qué hacía George abrazando ahora la ci-fi de feria de atracciones cuando el futuro que había imaginado en su debut era un mañana absolutamente distópico? THX 1138 fue un film que higienizaba su estética, todo tan blanco, tan límpido, para forzar el contraste con sus contenidos. Todo en el film tiene un look híper-saneado y no dañino, precisamente, porque es todo lo contrario.

DIÁLOGO: THX 1138 / APPLE – O Productora Audiovisual
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Esta esterilización de un imaginario futurista era la puesta en imágenes híper-estilizada de las pesadillas de Aldous Huxley o Ray Bradbury. Cuando un escenario carece de huellas, de errores, de manchas, deja de ser personal. Luz blanca sobre fondo blanco y… desaparece la identidad del ser humano (acaso también el ser humano en sí). Adiós al cuerpo y alma; hola a los números y las letras.
George Lucas fue de los pioneros en idear esta imagen de un futuro de sofisticación minimalista. Antes de él, quizá sólo Stanley Kubrick exploró este tipo de diseños de escenarios blanquecinos en aquella habitación del final de 2001: una odisea del espacio, a pesar de que ahí aún se notaba la mano del hombre en el mobiliario y la decoración. Y después de él… pues ha habido millones de continuadores, tanto en el cine como fuera del cine.
Uno de los casos más interesantes de adopción de esta estética sin mácula es el de Apple. Recordemos que la empresa informática de la manzana siempre ha sido especialista en cambiar prefijos: de la distopía futurista a la utopía en presente. Aquel mítico anuncio de Ridley Scott a costa de 1984 de George Orwell, sin ir más lejos, ha acabado siendo tan profético para bien como para mal: Apple ha fidelizado a sus seguidores hasta el sectarismo acrítico (de hecho, que existan fans de Apple ya es en sí intranquilizador), ha construido un culto hacia el líder-hermano mayor-mártir Steve Jobs que va más allá de la desaparición física del mismo, ha alentado la adicción y mansedumbre de sus compradores (que no discuten ningún precio ni cuestionan la oposición del régimen Apple respecto a medidas emancipadoras, como por ejemplo, el software libre) y hasta ha creado una suerte de nuevohabla con el simple recurso de colocar una “i” minúscula delante de cada producto oficial.

La evolución en la línea de diseño de Apple, por eso, es un continuo avance hacia la depuración plástica de un futuro que algunos, como George Lucas, imaginaron en el pasado. Es más THX 1138 que 1984, pues. Sin embargo, el diálogo entre Apple y THX 1138 es de sordos. La pulcritud en un caso significaba todo lo contrario de lo que en los últimos años significa en el otro.

Ese progresivo avance de los envoltorios de Apple hacia la nitidez para que todo resulte, supuestamente, más claro y más útil para el usuario (una estrategia tan triunfante desde sus primeros pasos que incluso ha absorbido las críticas sobre su posible esteticismo) es santo y seña de la marca. También es, claro, uno de sus principales atractivos de cara al consumidor: los objetos, las aplicaciones y, en general, el mundo Apple es más bonito, más limpio y ¿más feliz?

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(Texto escrito con una sonrisa en los labios desde un precioso MacBook pro)