¡Cuidadito!

Viñetas robadas,

por Jordi Costa

En el libro Àngel Puigmiquel. Una aventura gráfica, publicado por Diminuta Editorial, el experto Joan Manuel Soldevilla Albertí intenta rescatar la memoria de uno de nuestros clásicos de la historieta más ocultos: Àngel Puigmiquel, habitante de esa zona límbica y paradójica que lo convierte, como señala el historiador, en alguien reconocido y desconocido al mismo tiempo. Reconocido por un círculo de iniciados y especialistas. Desconocido para el gran público y para el grueso de consumidores contemporáneos de narraciones aviñetadas. Hace unos años, Editorial Glénat, cuando Puigmiquel ya estaba jubilado pero aún permanecía en activo, intentó romper un lanza para restituir el recuerdo de este lúdico innovador con la edición del lujoso álbum El ladrón de pesadillas, publicado en la fugaz colección Patrimonio de la Historieta: un libro con lomo de tela -¡qué bien sabía Joan Navarro qué texturas podían activar el fetichismo nostálgico del lector!- donde se recogían algunas de las aventuras bufas de largo aliento que el maestro Puigmiquel había publicado en las páginas de la histórica revista Chicos: SOS en el Museo Diabólico, Los crímenes del gramófono y El ladrón de pesadillas, que aparecía en dos versiones; la originalmente aparecida en Chicos y lo que se dio en llamar el Montaje del Autor, una reproducción calcada por el propio artista a partir de sus viejos originales en la que, además, se había permitido introducir pequeñas variaciones y algunas radicales omisiones que contribuían al buen ritmo del conjunto. El placer que nos dio a muchos ese volumen –a muchos lectores, pero nunca a los suficientes- se prolonga en el tiempo con la valiosa aportación de Diminuta Editorial, firma enfrascada en conjurar el olvido que cerca y amenaza a algunas de las páginas más gloriosas de nuestra historieta y en recuperar testimonios tan inesperados como el de Rosa Segura, la secretaria de redacción del TBO.

Àngel Puigmiquel. Una aventura gráfica combina las palabras de Joan Manuel Soldevilla, que sigue el periplo vital del artista desde sus inicios hasta su activa jubilación, pasando por su etapa venezolana y por su tránsito por el mundo de la animación y la publicidad, con páginas escogidas pertenecientes a diversas etapas de una trayectoria diversa, que pasó de la amable flexibilidad del trazo primigenio a una contundente síntesis evocadora del innovador esquematismo de la animación UPA o de la escuela de Zagreb. Si El ladrón de pesadillas se centraba en los grandes clásicos puigmiquelianos del primer tramo de su trayectoria creativa, el libro de Soldevilla propone un viaje por unos alrededores y unas afueras proyectadas a través del tiempo, proporcionando un generoso tour de deslumbramientos y registros que muchos desconocíamos.

La Viñeta Robada de hoy está extraída de esta nueva bendición editorial llamada a ampliar el culto al maestro Puigmiquel y pertenece a la aventura de Bambolia El poder estrambótico, publicada en las páginas de la revista Chicos alrededor de 1950. Bambolia es un niño salvaje, en el que quizá el historietista veía un reflejo de sí mismo: no hay que olvidar que sus amigos le pusieron el mote de Mowgli a tenor de su destreza y agilidad. Bambolia, que en otras historietas hizo pareja con otro infante asilvestrado de nombre Púa, protagonizaba en El poder estrambótico una trapisonda en solitario que acababa adoptando la forma de fabula moral: un hada –ni de lejos tan angélica como las que imaginaba Disney- proporcionaba al personaje la capacidad de transformarse en el animal que quisiere, pero siguiendo unas ciertas pautas que el zagal se saltaba a la primera armando un cacao de padre y muy señor mío en plena selva. Al Puigmiquel de esa época le encantaba la historieta americana y tenía en un altar a Floyd Gottfredson, autor de las historietas de Mickey Mouse, de quien apreciaba especialmente la capacidad de transmutar en trazo sobre papel el dinamismo de los dibujos animados. En las historietas del Puigmiquel de entonces se intuye ya el animador potencial y cada sucesión de viñetas palpita con el deseo de trascender la página y convertirse en secuencia viva, en movimiento, en dibujo animado. La imagen que atrapa esta viñeta recoge la fragilidad y la seducción de esa tensión imposible. Vemos a dos personajes secundarios: un elefante que acaba de recibir un impacto en la crisma, debido a un pedrusco que Bambolia, convenientemente transformado en díscolo monito, ha propulsado tensando el tronco de una palmera, y el Rey Oso, que a la sazón se hallaba persiguiendo a un veloz tigretón con la aviesa intención de zampárselo, Aunque no lo parezca, muchas cosas ocurren en esta viñeta: la mirada del elefante se sostiene sobre el equívoco de creer que es el peludo mamífero –que, a su vez, empuña un supuestamente delator proyectil del reino mineral- el responsable de su recién aflorado chichón. A su vez, la mirada posee tal carga de mal café, que el Rey Oso frena cómicamente en seco, mientras se le escapa un “EJE…” que funciona como poco convincente interjección de disimulo. Aprecien ustedes el detalle de las gotitas de sudor que emanan del rostro del oso paralizado súbitamente por el pánico. ¡Cuántas líneas de tensión hay en esta viñeta! ¡Cuánta cinética cortada de raíz! ¡Qué hermosa premonición del trompazo que protagonizará la siguiente viñeta (y última de una página cargada de ese mismo ingenio feliz y desbordante)! Es como si alguien hubiera cogido la escultura helénica del Laocoonte y sus hijos (o su misma impetuosa energía) y, tras triturarla, la hubiese convertido en risa, ¿no?  Salvo el EJE del oso, no hay aquí onomatopeya alguna, pero ¿verdad que al mirar esto nos atronan los oídos con los característicos efectos sonoros de un inolvidable cartoon de la época? Si en lugar de ampliar viñetas Marvel o de tebeos románticos, Roy Lichtenstein hubiese elevado a lienzo este plano de Puigmiquel, lo podría haber titulado, sin duda, “¡Cuidadito!”.