Hay artistas que sin ni siquiera tocar un instrumento o abrir la boca para cantar ya suenan. El movimiento de sus cuerpos es, por si solo, música. Sus torsos vibran como cuerdas, sus brazos restallan como vientos, sus piernas percuten. En esta expresividad corporal, a menudo autodidacta y puramente intuitiva, hay melodía y hay ritmo, hay armonía y hay matices, hay color y hay timbre. No estamos hablando de artistas cuya dimensión visual resulte especialmente significativa gracias a un porte, un estilismo o, en general, una presencia; tampoco de grandes cantantes-bailarines que han echado más o menos horas en una escuela de danza o se han sentado en alguna reunión con un coreógrafo. Más bien nos referimos a músicos que han potenciado el particular dinamismo de su físico (su gestualidad atípica, sus bailes heterodoxos, sus contorsiones interpretativas…) con unos fines sinestésicos: sus movimientos parecen entrar también por el oído, no solo por el ojo. Esta alteración de nuestras percepciones se convierte entonces en algo más que en un elemento visual o escénico: es un indispensable factor diferencial sin el cual la totalidad de su expresión artística no sería ni del todo comprensible ni del todo disfrutable ni del todo recordable –de hecho, una vez les has visto moverse, este recuerdo visual vuelve a activarse en nuestra cabeza, acaso en cámara lenta (que es la velocidad del recuerdo) cuando escuchamos su música aunque no la recibamos acompañada de imágenes–.

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CUERPOS
MUSICALES


Por Joan Pons

1. Perder las buenas formas

Supongo que debe de haber casos previos, pero, quizá por falta de testimonio audiovisual, quizá por simple desconocimiento, del primer cantante que leí que había tomado conciencia de la expresividad de sus movimientos fue de Jacques Brel. Sus detractores decían que era un pulchinela histrión, todo aspaviento y nada sutileza. Aquella forma de interpretar, moviendo los brazos tan exageradamente, no tenía nada que ver con el refinamiento (una crítica que años después también recibiría uno de sus grandes continuadores: Raphael, claro). La respuesta de Brel fue, directamente, acrecentar estos modales tan sobreactuados: dejaba que el puño blanco de la camisa asomara descaradamente por la manga de la americana negra para que las florituras que dibujaban sus manos en el aire resaltaran todavía más delante del cañón de luz del Olympia. Es decir: perdía voluntariamente la dimensión humana para convertirse en un símbolo antropomórfico; renunciaba a mantener las formas y el buen gusto gestual frente a las plateas burguesas que le criticaban para que, paradójicamente, a la postre acabaran encandiladas ante aquel monigote que les hacía la burla delante de sus narices.

2. Te lo digo a caderazos

Si la revolución corporal en la chanson fue de cintura para arriba, en el rock fue, todos lo sabemos ya, del ombligo hacia el sur. Si las letras del rock’n’roll fundacional podían prestarse a lecturas más blancas/blandas, los nuevos bailes que las acompañaban no dejaban espacio para dobles interpretaciones: esta música va de follar. Cualquier archivero audiovisual sabe que las primeras apariciones de Elvis Presley en televisión forzaron el cambio de planificación en los tiros de cámara al grabar actuaciones musicales: en sus segundas apariciones ya no había general, sino que todo se resolvía en plano medio. La pelvis de donde salía el apodo del músico no se podía ver. Relegando al fuera de campo el contoneo sexual, lo que quedaba del primer Elvis era una expresión artística recortada, y aun así no exenta de alteración hormonal. Su estampa en movimiento en los shows de los cincuenta (aunque sus movimientos de karate de los setenta también son lo máximo) era un remolino de excitación. El hombre de Vitruvio cinético del rock.

3. Sin movimiento, no hay rock (o quizá roll)

El lugar común que atribuye al pop una puesta en escena modosita y al rock un jolgorio escenificado tiene, como todos los tópicos, una parte de verdad, al menos en sus primeras acepciones. Igual que el cliché que decía que los Beatles eran los buenos chicos y los Rolling Stones, los malotes. Basta con echar un vistazo a Charlie is my Darling de Peter Whitehead, uno de los primeros documentales sobre Jagger, Richards y compañía. Lo que pasaba bajo los focos en esta gira irlandesa tenía un componente de peligro, seducción y arrebato que poco tenía que ver que las actuaciones de la época. Es decir: no eran precisamente cuatro palitroques tocando ante el público. Ellos querían que el respetable, dejara de serlo: que se dejaran llevar por los bajos instintos y la emoción principal que sintiera por sus ídolos fuera el deseo, no la admiración platónica. Y todo por culpa de Mick, que ya era un rabo de lagartija. Aunque para apoteosis sonada (como sinónimo de llamativa, pero también de alucinada), la de Jagger en Sympathy for the Devil en Rock’n’roll Circus; un hipnotizante rito satánico de chichinabo en el que el vocalista se desata cual nigromante fuera de sí.

4. ¡Supera esto, blanco!

¡Un momento! Pero, ¿qué despropósito es este? Si solo estamos hablando de blancos. Como si el duck walk de Chuck Berry (ese paseíllo que tanto inspiró a Angus Young), el desmelene de Little Richard, las contorsiones intermitentes de Howlin’ Wolf, el pataleo incontinente de Otis Redding o el teatrillo al unisono de los secundarios de Motown no hubieran existido. De hecho, por seguir al hilo de los Stones y del si non è vero, è ben trovato, basta con recurrir al anecdotario del documental The T.A.M.I. Show, que recoge una de las primeras actuaciones festivaleras de los británicos en Estados Unidos. Cuenta la versión oficiosa que James Brown llevó un poco mal que no fuera él quien cerrara las actuaciones. Así que su comparecencia como el penúltimo del cartel fue un magma de energía danzarina. Y ahora, sal y toca tú, venga. Jagger dice que la cosa no fue exactamente así y que no subieron al escenario amilanados y (casi) avergonzados. Pero, el agravio comparativo, atendiendo a las imágenes, da la razón a la rumorología. El soul apalizó al rock. Y James Brown era una máquina (aunque Joe Tex asegura que le robó no pocos pasos). LA máquina. Hasta daba lecciones sobre cómo serlo:

5. Dejadme sola

¡Un momento (otra vez)! Pero, ¿qué despropósito es este (también otra vez)? Si solo estamos hablando de hombres. Y, al final, muchos de los grandes nombres que revolucionaron la puesta en escena ante el micro son mujeres. Hasta que no llegó La Lupe, por ejemplo, con mitificados incidentes como el del día que se descalzó en directo, lanzó sus zapatos y golpeó al pianista con ellos, la tele era un muermo. De hecho, a menudo se plantaba ante las cámaras ella sola, sin el abrigo de las multitudinarias bandas que solían acompañar a los músicos latinos en la época. Más seguridad en la expresividad del cuerpo de una misma, imposible. En este sentido, no está tan lejos de Lola Flores, casi la única persona que ha hecho que Valerio Lazarov realizara sus actuaciones sin apenas mover la cámara. ¿Para qué? Lo importante, lo vibrante, estaba delante del plano, no en el plano. Si, por momentos, ¡hasta se le sale de cuadro! El poderío, acaso también el empoderamiento, es esto. La comparación con Tina Turner, tantas veces repetida que ha acabado pareciendo un socorrido chascarrillo, no es nada descabellada.

6. A mí me sale esto

En realidad, estamos dando vueltas todo el rato a lo mismo. A todos los pioneros de la expresión corporal en la música popular hoy los contemplamos como creadores de formas porque en su día se atrevieron a incorporar unos movimientos que se salían del tiesto. A lo mejor, es que no sabían otros (ni querían saberlos). Les salía así, por puro instinto, por puro dejarse llevar. Pero si el sonido era nuevo, la manera de acompasar el cuerpo a ese sonido también tenía que serlo. En este sentido, tan valiosas son las innovaciones en escena que se trajo Jim Morrison de sus viajes peyoteros creyéndose un chamán, como los saltitos y bicicletas de Bob Marley, los dos pasitos pa’lante, dos pa’tras, de Wilko Johnson, los amaneramientos de cuentacuentos de Robert Plant o los trucos de mimo de Bowie. Succiones vampíricas todas ellas de otras artes o rituales escénicos que iban a formar parte de la idea de show musical (de un cierto canon, incluso) porque en su día alguno de estos iluminados tuvieron a bien que así fuera.

7. El huevo y la gallina

Llega un instante en el que la expresividad corporal de un cantante que realmente se abandone a ella acaba planteando una duda maravillosa: ¿se mueve el intérprete al ritmo de los sonidos que genera o es la música la que se adapta a los meneos del artista? Una frontera borrosa que en casos como el de Iggy Pop puede a veces, y a fuerza de repetición, incluso rozar la caricatura. No obstante, los numeritos excesivos de Iggy fueron en muchos sentidos un canon. No tanto por los plagios concretos a su puesta en escena, sino por la sensación de que en sus actuaciones durante los setenta Jim Mewell era solo una carcasa antropomórfica activada por una incontrolable pulsión interior que reaccionaba a lo que salía por los altavoces. Más que en ningún otro caso, Iggy es el paradigma de bailar mal-bien; de la animalización del ser humano que decide ser cantante; de las enseñanzas proto-punk que no solo abarcan lo musical. De estas lecciones asalvajadas tomaron buena nota, en lo evidente, Lux Interior o Jon Spencer, y en el entrelíneas, Johnny Rotten (aunque en su mascarada vodevilesca hay también parte de andares jorobados de raíz shakespeariana) y la Patti Smith más desafiante, cuando no adornaba sus rapsodias con maneras de poetisa de absenta.

8. Tómame o déjame

Otra duda apasionante, por lo baladí de su resolución, es si este tipo de performances son autenticidad o impostura. Da un poco igual, claro. Se puede jugar, por supuesto, a elucubrar si los espasmos de Ian Curtis eran fruto de su tormento interior (del cual se supo luego) o era la, ejem, ortopédica forma que encontró de individualizar su propuesta ante el micro. Lo que ya se aleja del terreno de la incertidumbre es que, parafraseando a Picasso, bienvenidos sean sus imitadores, porque de ellos serán sus defectos (sí, va por ti, Paul Smith). La creación de una coreografía o de una gestualidad intuitiva siempre golpea con la fuerza de la originalidad. Incluso, y sobre todo, si es del estilo “lo tomas o lo dejas”. Cuando el acting de un cantante se expone al ridículo es cuando se generan las filias y fobias. Y ahí es irrelevante que sea postizo o no: es interrogatorio. Te pone a ti como espectador (más que como oyente) contra las cuerdas. ¿Compras que Kate Bush parezca un hada del bosque o una pantomima prerrafaelita (sus estudios de artes escénicas llevados a la sobreactuación última)? ¿O que Siouxsie se crea la reencarnación de un cuadro de Klimt? ¿Te repele que David Byrne piense que su cuerpo es de goma (otro con reconocidos intereses en la danza moderna)? ¿Te gustarían más las canciones de The Smiths sin todo el cuento que lleva encima Morrissey? ¿Era mejor el Michael Stipe que iba de estudiante de letras retraído o el que se desmelenó como showman amanerado? ¿Se podría haber ahorrado Madonna aquellos juegos de manos de Vogue? ¿Crees que Bez era una mascota pilluli que sobraba en Happy Mondays? Pues has de saber que precisamente ahí, en el shock y la extrañeza, reside el verdadero factor diferencial. Y el genio. Y el elemento hipnótico. Y la peculiaridad que separa al músico del montón de la estrella, quizá también del artista. La singularidad puede generar rechazo, por supuesto. Pero también puede cambiar la percepción general de todo un estilo musical. ¿Los chicos no bailan (Henry Rollins Don’t Dance, que decían Allo Darlin´)? ¿El hardcore no es sexy? Que se lo pregunten a Guy Picciotto:

9. ¡Mira, mamá!

De nuevo, toca auto-colleja. Otra vez llevo muchos caracteres sin hablar de artistas negros. Como si en un párrafo hubiera dado por matado el tema. Y no. Claro que no. Si me pillan los herederos de James Brown por banda, me brean. Me refiero a los beneficiarios de su magisterio bailarín y sus lecciones de actitud escénica, no a las hienas que se pelearon por su testamento. Pienso en Prince, por ejemplo, del que la leyenda dice que El Padrino estaba viendo uno de sus conciertos de los ochenta en un palco VIP junto a Michael Jackson y le soltó por lo bajini: “Aprende”. Pero, dijese lo que dijese JB, también pienso en Jacko, claro. Su referente quizá no era únicamente James Brown (aquí y también aquí pueden rastrearse sus variopintas inspiraciones) y él no era un bailarín que siguiera puramente su instinto, sino que había mucho ensayo con coreógrafos y cuerpos de baile profesionales detrás. De otra manera no hubiera sido capaz de convertir todos y cada uno de sus movimientos en un gancho attention seeking. ¡Mamá, mamá, mira qué se hacer!. Sirva de apoteósico ejemplo el numerito presentando Billie Jean en la gala del 25 aniversario de Motown. Ahí nació el icono. De esta actuación que podéis ver aquí al lado (o aquí abajo, que no sé dónde la colocarán los diseñadores, siempre siguiendo su buen criterio compositivo), en su día Martin Scorsese habló públicamente: “Every step he took was absolutely precise and fluid at the same time. It’s like watching quicksilver in motion”. Y Gerard Casau, más recientemente y en privado, añadió que “de cada paso y movimiento que hace podría salir un GIF”:

10. El gesto aislado

En el tumblr oneangryshot precisamente han dedicado algún post a extraer GIFs de algún ademán particularmente icónico de varios cantantes. Y es que es de cajón. A partir del videoclip de Fifteen Feet of Pure White Snow, por ejemplo, atomizan el gesto de Nick Cave (siempre semejando a un predicador; el show revival de Elmer Gantry en el punto de mira), el carisma de bailarín accidental de Blixa Bargeld y el dandismo de Jarvis Cocker. Todos ellos, quizá Jarvis el que más (que en Pulp siempre se quedaba el foco para él tanto en el escenario como en los clips) ya tienen, por eso, una expresividad corporal muy referencial y autoconsciente. Ya no forman parte, obviamente, ni de la génesis, ni del clasicismo, ni de la época de esplendor de la, pongamos, música corporal. Son sumandos en una tradición. Del mismo modo que, según reflexionaba Martin Rev de Suicide, el pop y el rock entró a partir de los noventa en su etapa de interpretación dejando atrás la era de la creación (igual que le pasó en su día al jazz), su manifestación física-visual también es a partir de cierto punto solo cuestión de excelencia interpretativa, no creativa. ¿Poco genuino? ¿Muy estudiado? Quizá. Pero hay que celebrar que cualquiera de los tres hiciera voto de extravagancia sabiendo que su público se iba a quedar (quizá a enamorar) precisamente de uno de esos heterodoxos tics escénicos.

11. Captatio benevolentiae

Me aboco al final de este texto con mala conciencia. No tengo ninguna intención de ser enciclopédico, pero tampoco quiero cerrar el grifo de cuerpos que suenan con referencias de hace veinte años, que este artículo se escribe en el 2016. Así que me fijo en el presente (o en el pasado cercano) y me encapricho en señalar a algunos artistas cuyo movimiento físico también resulta musical. Podría empezar por Beyoncé y su actualización del mito Tina Turner (tan sui generis y poderoso, por eso, que es altamente caricaturizable, como bien sabía Maya Rudolph en el SNL). O ponderar positivamente a Thom Yorke por no temerle al ridículo ni a convertirse en una cepa bacteriana de memes en aquel clip de Lotus Flower. O reivindicar las locuras felinas de Tomasito, esas que inspiraron el Tigrinho de La piel que habito de Pedro Amodóvar. O quizá celebrar el repertorio de poses de St. Vincent en plan maniquí al que se le ha insuflado vida (o en plan discípula de Laurie Anderson). Aunque, el intérprete actual que más se ha dado cuenta del imán y poder fascinador de su cuerpo en movimiento es, sin duda, Stromae. De hecho, a cada nuevo producto audiovisual que lanza, más se le nota que sabe que su físico también forma parte de su propuesta creativa. Y ahí hay que poner en balanza tanto sus vestimentas de sapeur en fase de escolarización, como su mera silueta recortada sobre un fondo claro; sucede en su último clip de Quand c’est y sucede en el concierto Racine Carrée Live, que arranca directamente con un elogio a las sombras del videojuego Limbo. No sé si es o no el Jacques Brel de nuestro tiempo (con qué redondez se cerraría este texto si así fuera), pero seguro que es el último cantante al que, además de no parar de escucharlo, no hay que parar de mirarlo.