CRISIS DE CONFIANZA

¿Por qué ya no nos fiamos de los medios de información?

El periodismo está bajo sospecha. En los últimos años, nuestra primera reacción como receptores de los mensajes que nos llegan a través de los medios de comunicación es recelar de los emisores, por seguir el esquema clásico de la comunicación. Objetividad, rigor, profesionalidad… todas estas palabras ya parecen gastadas; han perdido parte de su significado real. Ahora resulta más habitual que recibamos la información vinculándola a otras conceptos decididamente más negativos: sesgo, negligencia, suspicacia… Por eso, hemos querido reflexionar sobre esta devaluación del oficio de informar (y, por tanto, de nuestro derecho de ser informados) a partir de tres textos en los que se analizan tres ideas-fuerza que deberían ser ley en los medios de comunicación: independencia, credibilidad y responsabilidad.

Y como guinda, un “Biblioteca O” extra a propósito de “Politics and the English Language” de George Orwell, un ensayo publicado en 1946 que, tristemente, parece escrito ayer mismo.

Ilustración por Manuel Clavero

La (in)dependencia de los medios públicos: una cuestión de cultura política
Por Josep Àngel Guimerà

 

La negociación para la renovación de la Royal Chart que ha de fijar los objetivos y financiación de la BBC entre 2016 y 2025 ha encendido todas las luces de alarma sobre un tema siempre polémico en Europa: la (in)dependencia de los medios de titularidad estatal respecto del sistema político y, en especial, del Gobierno y de los partidos.

Las alarmas saltaron porque el nuevo gobierno de David Cameron formuló una primera propuesta que parece querer llevar a cabo un replanteamiento tanto de los objetivos como de las dimensiones y del alcance de la corporación. El ejecutivo conservador parece querer una BBC más pequeña, sin vocación universal y que sea menos competitiva en el mercado. Al mismo tiempo –y esto es lo que resultó más preocupante–, abría la puerta a la abolición del canon, un impuesto que deben pagar todas las casas equipadas con un televisor y que se destina íntegramente a la financiación de la radiotelevisión del estado.

Esto último se ha considerado, y con razón, un elemento fundamental de la proverbial independencia de la BBC respecto al poder político: su financiación no depende de las buenas intenciones del Gobierno de turno, que podría utilizar la negociación del presupuesto para presionar a directivos y periodistas. De hecho, el Gobierno de Cameron ya obligó a la BBC a renunciar a una parte del canon aprovechando el poco margen de maniobra que tiene al respecto, lo que llevó a los laboristas a acusar al ejecutivo de reducir la independencia del ente. Un primer aviso, contundente, de la actitud de los conservadores.

Pero la preocupación no solo surge del proyecto concreto, sino que también se alimenta de la intencionalidad de estos cambios. Por una parte, parece que el Gobierno quiere beneficiar indirectamente a la prensa afín, ya que la corporación sería menos competitiva con las webs de los periódicos o con las televisiones de los que algunos editores de prensa también son propietarios. Que la propuesta de recorte la plantee un partido que históricamente ha criticado la BBC también por izquierdista y malgastadora no ha hecho más que aumentar las suspicacias. De hecho, un alto cargo de la oposición tory llegó a pedir en 2010 más conservadores en la redacción para compensar lo que consideraba su “sesgo natural”.

Todo esto ha sorprendido y ha preocupado porque proviene del Reino Unido, un país que ha destacado históricamente por una cultura de no intromisión partidista en los medios públicos y que ha conseguido convertir la BBC en el ejemplo perfecto de una radiotelevisión pública neutral y de alta calidad. De hecho, tanto por contenido como por tono, el debate británico actual parece más propio de estados del sur de Europa –donde la intromisión política en la gestión de los medios públicos es norma general– que de un país del norte del continente –donde sería más bien la excepción–.

La investigación académica ha demostrado ampliamente que existe un claro vínculo entre la cultura política existente en un país y las características que acaba adquiriendo su sistema de medios. En el caso de la radiotelevisión pública, esto se traduce en grados variables de (in)dependencia. Los mecanismos de elección de los directivos de los medios públicos y la forma de financiación –más o menos controlada por el Gobierno o el Parlamento– son indicadores clave en esa relación. Como han sistematizado Hallin y Mancini en una obra seminal sobre el campo, existen tres patrones básicos de relación entre el sistema político y los medios públicos: sistemas formalmente autónomos, sistemas con la política dentro de la radiotelevisión y sistemas con la política por encima de la radiotelevisión.

El primero busca aislar formalmente la gestión del medio público de los intereses y las dinámicas políticas, poniendo el control del medio en manos de profesionales. Esta práctica entronca con una democracia consolidada y una fuerte tradición liberal que combina con una cultura cívica y política donde se premia la profesionalidad a la hora de los nombramientos. El ejemplo clásico, al menos hasta ahora, había sido la BBC.

El segundo modelo busca precisamente introducir el pluralismo político de la sociedad en el medio estatal, con unos consejos de administración formados por representantes de los partidos políticos pero también de colectivos sociales. De nuevo, una fuerte cultura democrática y una sociedad civil fuerte son claves para entenderlo. Aunque es habitual en lugares como Holanda y los países nórdicos, el caso canónico son las alemanas ARD y ZDF.

El tercer modelo identifica aquellos países del sur de Europa donde las mayorías políticas consiguen el control efectivo del medio público porque los miembros que lo dirigen son escogidos por el Gobierno o por la mayoría que lo apoya en el Parlamento. Con una democratización tardía en muchos casos, los fuertes partidos políticos tienden a buscar el control del medio. Un caso paradigmático es la española RTVE.

La situación actual de la BBC parece un intento que busca reducir esa autonomía de funcionamiento que la había caracterizado y parece querer introducir más política en su modelo de gestión. Ante esto, no es casualidad que los directivos de siete radiotelevisiones públicas nórdicas pidieran al gobierno británico que no atacara ni el rol ni la independencia de la BBC, a la cual consideran “la madre del servicio público”. Al fin y al cabo, si se ataca la autonomía de la madre del concepto, se ataca la propia noción y su validez en otros lugares de Europa.

Alemania, en cambio, aporta elementos de optimismo en este debate. En marzo de 2014, el Tribunal Constitucional sentenció que había una excesiva presencia de políticos en el órgano de control del canal ZDF, en el cual ocupaban el 40% de los puestos. A partir de enero de 2016, solo ocuparán el 30%, cediendo más peso a las organizaciones ciudadanas. De esta manera se busca tanto reducir la influencia de los partidos dentro del ente como aumentar la representatividad de la sociedad alemana, a la cual se considera que debe servir el medio.

La situación en España se puede considerar diametralmente opuesta a la de Alemania. Mientras en 2006 el gobierno socialdemócrata del PSOE apostó por una política de desgubernamentalización del ente y lo dotó de mayor autonomía de funcionamiento, la vuelta al poder del conservador PP en 2012 implicó su regubernamentalización. Desde entonces está muy condicionado por la mayoría conservadora en el Congreso de los Diputados. Los vaivenes en este sentido son un clásico en España y los problemas de intromisión política, históricos e ideológicamente transversales.

Las acusaciones por parte de trabajadores del ente de instrumentalización política de RTVE por parte del Gobierno son una constante. Así mismo, en noviembre de 2015 un conjunto de organismos profesionales internacionales mostraron su preocupación por los recortes en la libertad de información por parte del gobierno del PP, incluyendo el control político de RTVE. Pocos días después, todos los partidos políticos menos el PP y UDC firmaban un acuerdo en el cual se comprometían a que en la siguiente legislatura el presidente de RTVE se elegiría por consenso en el Parlamento y a aumentar el pluralismo y la independencia.

El eterno debate sobre la (falta de) independencia de la radiotelevisión estatal tomaba una especial intensidad a finales de 2015 por la inminencia de las elecciones generales del 20 de diciembre. Es precisamente en periodos electorales cuando el debate sobre la falta de pluralismo en RTVE es especialmente intenso y los intentos de control aún mayores. Las evidencias sobre los problemas de falta de pluralismo llegaban también desde la investigación académica: este artículo demuestra como el ya citado cambio de gobierno de 2012 implicó cambios organizativos en RTVE y esto se tradujo en una (nueva) línea editorial de los informativos más afín a los intereses del nuevo ejecutivo del Partido Popular. En algunos países hay líneas directas que unen las sedes de gobierno con las noticias que llegan a los hogares.

Sin duda alguna, la situación de la radiotelevisión pública en Europa es muy diversa y sus características y problemas vienen condicionados por las características de sus sociedades y sistema políticos. En lugares como Alemania no parecen estar seguros de haber contado con una televisión suficientemente plural y autónoma y quieren más. En cambio, en España los problemas siguen siendo los mismos desde 1980. Es justo en este contexto que el caso británico hace saltar alarmas: incluso en el país donde se fijó el modelo ideal de servicio público su independencia no se puede dar por garantizada.

La lectura global que se puede hacer de la situación actual parece clara: los partidos políticos nunca renuncian del todo a intentar influir sobre unos medios clave en la conformación de la opinión pública. La derivada es evidente: los profesionales y la ciudadanía deben estar atentos para evitarlo. Es aquí donde el sistema y cultura políticos entran en juego. En algunos lugares conseguirán (incluso) alejar un poco más el riesgo, en otros se batalla por dar algún paso hacia la despolitización y en otros la lucha es incipiente y parece que será dura. Ciertamente, en ningún lugar se puede bajar la guardia. Pero unas buenas instituciones y unos profesionales y ciudadanía activos hacen más difícil, si no impiden, algunas prácticas.

Veinte años no es nada: o porque la culpa de que ya no leamos periódicos no es solo de internet
Por Alexandre Serrano

Veinte años no es nada, pero nos bastará con ellos: en 1995 las grandes cabeceras de la prensa española todavía gozaban de un crédito y ascendente sobre la opinión pública que hoy nos resulta casi inimaginable. Con sus exclusivas sobre escándalos de corrupción o terrorismo de estado, El Mundo se erigía en factor determinante a la hora de apuntillar al felipismo, mientras que El País aún lucía orgulloso su blasón de “diario independiente” y La Vanguardia presumía de excelencia y objetividad. Si hoy miramos ese mismo paisaje vemos solo las ruinas humeantes de aquel pasado prestigio.

 

Quizás sea que en el ínterin hayamos perdido lo que nos quedase de ingenuidad, porque ya entonces los periódicos eran aparatos retóricos que privilegiaban unos relatos y negligían otros, en estricta correspondencia con las inclinaciones ideológicas e intereses comerciales de sus propietarios. Sin embargo, el desplome de su credibilidad va más allá de la plena toma de consciencia de unos sesgos que siempre han estado ahí. Supone algo mucho más grave: la asunción de que el periódico ya no es una imagen precisa del mundo, que la jerarquía de hechos que propone es totalmente arbitraria y que, peor aún, puede ser mendaz.

¿Cómo se ha llegado hasta aquí? La arqueología de la erosión debería reparar en decenas de motivos interconectados, aunque nos conformaremos con un puñado de los más significativos. Desde luego, no ha ayudado el cambio en la estructura de la propiedad. Empresas que en tiempos de bonanza se apalancaron demencialmente, han acabado absorbidas, controladas o supervisadas durante la crisis por agentes financieros. Si se sabe esto, extraña menos la cobertura encomiástica hasta el sonrojo que, por ejemplo, El País ofreció de la defunción de Emilio Botín: a fin de cuentas, se había muerto el dueño. Pero más allá de la anécdota embarazosa, resulta difícil de creer que quien depende del capital y buena voluntad de fondos y bancos para subsistir pueda informar con libertad de conflictos que les afecten; que en los últimos años vendrían a ser casi todos. Como tampoco parece incentivar el celo por vigilar de forma crítica al poder político que subvenciones y publicidad institucional sean la otra gran fuente de sustento de estos medios. La proliferación de nuevos diarios online que quiebran el monopolio del discurso del que disfrutaban, y que sin esas servidumbres pueden actuar con otros criterios, solo hace más evidentes sus rutinas, inhibiciones y silencios.

No obstante, sin dejar de lado estos condicionantes, habría rasgos exclusivamente periodísticos que también explicarían el presente descrédito. Como la cada día más asfixiante preponderancia de la opinión sobre noticias, crónicas y reportajes en profundidad, las tomas de partido beligerantes más allá de cualquier decoro, el eco a historias sin protagonistas identificables, los apagones informativos, el matute de los publirreportajes que se intentan hacer pasar por hechos noticiosos o incluso el uso robótico de expresiones gastadas y coletillas que no revelan nada (¿cuántas veces habremos visto ya impreso “órdago secesionista” o “lacra del terrorismo”?). En el fondo, la mayoría de estas prácticas responden también a una lógica económica: el oficio se ha abaratado. Investigar, documentarse, buscar fuentes primarias, contrastar, filtrar y escribir a la postre con esmero cuesta un tiempo y dinero que estos grandes periódicos y sus directivos de escuela de negocios no deben ya considerar rentables. Su apuesta, por el contrario, ha consistido en tratar de emular las dinámicas de la memecracia: generar muchos contenidos ligeros, poco comprometidos y fáciles de viralizar (término espantajo que, en efecto, significa expandir como una epidemia); dar pábulo a chascarrillos y polémicas que causan revuelo en las redes sociales y proporcionan abundantes visitas, pero cuyos mecanismos de producción son en todo distintos a los del buen periodismo. Un modelo, en definitiva, en el que el espesor, la veracidad y el rigor se inmolan a la inmediatez y por el que los técnicos de SEO y expertos en marketing suplantan a los editores.

Es aun así sorprendente que nadie les haya convencido de que un negocio basado en que la gente pague por la información no tiene visos de salir adelante si esta deja de ser exclusiva, fidedigna y capaz de persuadir a quien la abona de que su comprensión y conocimiento del mundo es mejor gracias a ella. (Si encima quien la elabora tiene un poco de gusto por la gramática, léxico y prosodia de la lengua en que escribe, miel sobre hojuelas.)

Las manifestaciones de todas estas dolencias son tan frecuentes y palmarias que desbordarían los márgenes de cualquier artículo, no ya de uno como este que solo aspira a presentar un sumario de indicios. Pero aportemos tres ejemplos, de muy distinta magnitud y orden, en los que la aparición de informaciones sin contrastar, procedentes de fuentes anónimas o falsas sin más se adecua, casualmente, a las directrices políticas del medio en cuestión. El escándalo de la foto fraudulenta de Hugo Chávez en la mesa de operaciones en portada de El País (periódico cuya militancia contra el gobierno venezolano había alcanzado extremos cómicos y al que las ganas pudieron a la prudencia), la publicación por parte de El Mundo de un informe policial imaginario en vísperas de las elecciones catalanas y con la abierta intención de perjudicar a uno de los candidatos, o más modestamente, un artículo en La Vanguardia sobre las políticas culturales del nuevo ayuntamiento de Barcelona, en el que los testimonios más críticos eran justo aquellos que omitían su nombre, comparten algunos de los vicios groseros que han convertido a la prensa generalista española en una de las menos creíbles de Europa.

Hace apenas unas semanas, el New York Times publicó una crónica acerca de este asunto. Entre otras, recogía las declaraciones de uno de los columnistas más veteranos de El País, Miguel Ángel Aguilar, quien sugería que algunos periodistas de la casa la abandonaban con la sensación de que en ella se había llegado al extremo de practicar la censura. Pocos días más tarde, el diario anunciaba al colaborador que prescindía de sus servicios y cancelaba su alianza editorial con el periódico norteamericano. Si uno piensa en toda la torpeza y pérdida del sentido de la realidad necesaria para cargar de razones a la pieza, por lo demás bastante opinativa, de Raphael Minder, casi entran ganar de reír. Pero ver cómo se autodestruye un mundo y una forma de crear sentido que, en el fondo, uno ha amado provoca más tristeza que otra cosa.

Amabilidad, audiencia y opinión. Trampas del periodista ante una campaña electoral
Por Carlos Torres

 

La noche del nueve de enero de 1995 Felipe González se dirigía a los estudios de TVE para dar una entrevista. La mañana del mismo día, el terrorismo de Estado había sido portada en El País y El Mundo le dedicaba al tema un duro editorial. El PSOE estaba cercado además por otros graves escándalos como la rocambolesca huida de Roldán o la investigación del caso Filesa. Jordi García Candau, director de RTVE, convenció a Iñaki Gabilondo para que fuera el entrevistador del cara a cara. La decisión no gustó en muchas bancadas y los partidos de la oposición, que creían que el periodista de la SER había sido muy tibio en el pasado con el dirigente socialista, ejercieron su derecho a pataleta. Sin embargo, Gabilondo parecía sereno, había aceptado el reto de entrevistar a González en territorio amigo, pero se había preparado a conciencia para tratar de emular el duelo Frost contra Nixon en su versión doméstica.

Noche cerrada y fría en Madrid, cuarenta y dos por ciento de espectadores pegados a la pantalla. Arranca la emisión y Gabilondo dispara su primera pregunta: “¿Organizó usted los GAL, señor González?”. Bastó con poner en la lumbre seis palabras para que todo el estudio se caldeara. El periodista no había esperado si quiera a que el balón botara para atizar un buen zurdazo a la escuadra. La oposición, que minutos antes sacaba pañuelos, se puso en pie y ensayó ovación cerrada. El partido en el poder se sintió traicionado. Iñaki Gabilondo hizo su trabajo. Ya nos enseñó Chaves Nogales cuando impartió su magisterio a golpe de crónica que, en época de trincheras, el buen periodista es aquel que se procura la condena a muerte de ambos bandos.

La política del espectáculo: vote a su canal.
Veinte años después, a las puertas de unas nueva elecciones generales, la televisión vuelve a ser crucial para todos los partidos. Más que nunca, la campaña electoral se ha convertido en eso que ocurre mientras un político va de casa de Bertín Osborne al plató de María Teresa Campos. El talante mediático del que hacen bandera los partidos emergentes ha obligado a las viejas formaciones a buscarse su propia cuota de pantalla. A la habitual retahíla de tertulias políticas, se ha añadido ahora la politización de todo tipo de espacios. En apenas un par de semanas, un espectador medio español ha visto a Pablo Iglesias, Soraya Sáenz de Santamaría, Pedro Sánchez o Albert Rivera pasar por El Hormiguero, al jefe de la oposición jugar al ping-pong, al presidente del gobierno echar una partido al futbolín, al jefe del autoproclamado partido del cambio tocando la guitarra en Qué tiempo tan feliz y a la vicepresidenta bailando como en un opening del musical de Grease. Y no es que esté mal que nuestros políticos salgan cada cuatro años de su cueva y que bailen, hagan el camino de Santiago, se lancen a cantar Queen o le enseñen su cocina a Ana Rosa Quintana, pero uno se pregunta si en el actual contexto mediático, con una televisión pública impúdicamente alineada, habría espacio para un “¿Organizó usted los GAL, señor González?”.

En los últimos años han proliferado los espacios de entretenimiento a mitad de camino entre el periodismo y el show donde se confunde el periodismo educado, que se basa en respetar el derecho a contestar del entrevistado, con el periodismo amable, que se centra en hacerle sentir cómodo. Ya puedes hacerle escalar una montaña o sentarlo en el sofá de tu casa, cuando la pregunta busca el chiste y no el gancho directo a la mandíbula, el político de turno se mueve como pez en el agua en ese formato poco auto-exigente. Además, por contraposición a este exceso de azúcar, en el otro extremo de la cuerda, el peligro se basa en confundir el periodismo incisivo, el de la repregunta contundente, con el periodismo maleducado en el que no se deja contestar al entrevistado. En otras palabras, aquí sí se preguntaría “¿Organizó usted los GAL?” Pero no dejaríamos al espectador escuchar la pregunta.

Del clic al meme
Es cierto que la relación político-periodista no es fácil. Los gabinetes de prensa de los partidos, conscientes del mundo competitivo de los medios de comunicación, se han acostumbrado a tener la sartén por el mango, negar entrevistas, colar comunicados, vetar medios o comparecer a través de televisores. Por eso, el atril vacío del presidente Rajoy en el debate organizado por el diario El País es mucho más ilustrativo para el periodismo que cientos de ruedas de prensa en las que no se admiten preguntas. Es urgente replantear la relación de los medios con los partidos políticos. Empezar a recuperar el espacio perdido, recordar que es el político el que debe estar agradecido al medio que le cede un espacio y no viceversa. Al final, son los partidos los que más necesitan la exposición.

Sin embargo, los medios de comunicación, hambrientos de audiencia y lectores, creen que si dejan de cubrir ruedas de prensa donde no hay preguntas, otros lo contarán por ellos y perderán su pequeña comunidad virtual. La sed de clics hace que se repitan fórmulas de éxito hasta la saciedad. Titulares como “Diez preguntas nada políticas a los candidatos” de La Vanguardia o “Quince cosas que (tal vez) no sabías de Albert Rivera” de El Español evidencian la derrota del periodista ante la tiranía del tráfico digital. Los redactores, conscientes de que nuestros puestos de trabajo se auto-evalúan diariamente con las visitas de un medio, las cuotas de pantalla o las ventas en papel, nos prestamos al juego de buscar el gancho fácil, creyendo que así incentivamos al lector a llegar a información a la que no llegaría de otro modo. Si uno visita las webs de los periódicos españoles más importantes, se las encuentra repletas de vídeos, secciones y artículos donde se busca el fenómeno viral. Se olvida así que la noticia es noticia porque importa, no porque funcione mejor en cuanto audiencia. En este sentido, debemos agradecerle a Carlos Alsina la entrevista que le hizo a Mariano Rajoy. Su oficio educado pero incisivo, hizo que la ya archiconocida réplica de “¿Y la europea?” evidenciara que el buen periodismo también puede ser un fenómeno en las redes.

La tuitocracia
Las redes han revolucionado el periodismo (en muchos casos para mejor) pero también han minado nuestra capacidad de mantener vivo el espíritu crítico. Una de las zancadillas en las que los periodistas nos hemos prestado a caer ha sido la trampa de Twitter. Hemos traspasado la vieja premisa de “el periodista nunca debe ser el protagonista” y hay días en los que la única calle que pisamos tiene menos de ciento cuarenta baldosas. Nos hemos autoimpuesto un régimen salvaje de opinión y hemos cambiado las jornadas de zapatos sucios por largas noches de trending topics, jornadas históricas y militancia digital. Así hemos colocado nuestra insignificante postura personal por encima de la validez de nuestro trabajo. Quizá esta sea una de las cuestiones que contribuya en mayor medida a que el periodismo sea hoy el segundo oficio en el ranking de profesiones peor valoradas por los españoles. Juan Soto Ivars, el escritor murciano que ha cubierto el proceso catalán en varias de sus crónicas para El Confidencial, contaba que había visto a varios periodistas aplaudir a una pantalla después de la comparecencia de Artur Mas el último 9N. Si solo estamos aquí para opinar o aplaudir, nuestro trabajo se convierte en un oficio de sobremesa. ¿Para qué nos necesita entonces un lector? ¿Por qué iba a perder su tiempo un oyente en escucharnos si no le decimos nada distinto a lo que le dice su hermano en la cena Navidad?

No se trata de no tener convicciones personales, sino de abordarlas con el sentido común y el espíritu crítico que todo periodista debería tener. Woodward, la pareja de Bernstein en la investigación del caso Watergate, confesó haber votado por Nixon en 1968 y eso no le impidió trabajar sin descanso para derrocar al presidente que había contribuido a mandar a la Casa Blanca. El espíritu crítico del periodismo no tumba las causas, solo las airea.

Hace unos días falleció Juan Luis Álvarez, Fiti, uno de los reporteros más veteranos de Interviú. Nunca tuvo Twitter y murió tomándose un café antes de empezar otra jornada en la que gastaría bien sus suelas. Cuentan que en su último reportaje, en el que viajó a Asturias para descubrir los desmanes del Partido Popular asturiano en varios clubes de alterne, regresó enfadado a la redacción porque no había conseguido encontrarles todavía nada a los del PSOE: “A lo mejor estos del PSOE no se iban de putas”, le dijo un compañero. “A lo mejor es que no hemos sido capaces de encontrarlos”. El buen periodista es el que se cuestiona si no será que no ha buscado suficiente. El gran reto hoy es volver a la senda del periodismo crítico, el oficio en la calle y recordar que el buen periodismo generalmente incomoda al político entrevistado. Debemos ser capaces de recuperar espacios donde poder preguntar “Señor González ¿organizó usted los GAL?”, porque pocas cosas evidencian más la teoría de Ignacio Ramonet cuando decía que el periodismo ha dejado de ser el perro guardián de la democracia para convertirse en el perro faldero del poder que ver a periodistas aplaudiendo a un televisor en el que habla un presidente.

Biblioteca O

Información colateral, una lectura de George Orwell
Por Lucía Lijtmaer

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Politics and the English Language

George Orwell. Penguin Modern Classics, 2013

1. En nuestra época es una verdad general que los escritos políticos son malos escritos. Cuando no es así, el escritor es algún rebelde que expresa sus opiniones privadas y no la «línea del partido».
Hace dos semanas, un ataque en Estados Unidos centró las portadas de todos los medios de comunicación y redes sociales adyacentes. Y anteriormente, los atentados en Mali y París. Están ustedes cansados de todo esto, yo también. He dado un repaso a la mayoría de los artículos publicados en los medios de habla hispana y algunos en otros idiomas para poder reflejar lo que me ha parecido relevante, divertido, delirante o meramente informativo al respecto. Se ha cubierto hasta la saciedad, hasta lo anecdótico. Y por encima de todo, lo que se repite es lo siguiente:
estamos en guerra. En guerra. En guerra

2. Cuando un escritorzuelo repite mecánicamente frases trilladas en la tribuna —bestial, atrocidades, talón de hierro, tiranía sangrienta, pueblos libres del mundo, marchar hombro con hombro— se tiene el extraño sentimiento de no estar viendo a un ser humano vivo sino a una especie de marioneta: un sentimiento que se torna más intenso en los momentos en que la luz ilumina los anteojos del orador y se ven como discos vacíos detrás de los cuales no parece haber ojos. Y esto no es del todo extravagante.
Definición de terrorismo: Sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror.

Definición de guerra: Lucha armada entre dos o más naciones o entre bandos de una misma nación.
¿En qué momento la fluctuación de un término a otro permeó a la prensa sin interrupción?

En los últimos años, la inclusión de lo que Noam Chomsky denominó “lenguaje colateral” en las noticias se ha convertido en moneda corriente en los medios informativos. Por lenguaje colateral se entiende el fenómeno del establecimiento de una pauta opinativa a través del lenguaje, según la cual, los términos utilizados cargan ideológicamente la información que se da.

Es decir, no es lo mismo decir “morir” que “matar”, de la misma manera que no es lo mismo “ocupar” que “disputar”. Pero Chomsky llegó tarde. Robert Fisk, en su magnífica conferencia “11 SEPTEMBER: ASK WHO DID IT BUT, FOR HEAVEN’S SAKE, DON’T ASK WHY” avanzó, lúcidamente, el paso del lenguaje colateral a los medios de comunicación. La conferencia fue mucho más allá de lo que aquí detallo, pero un aspecto indispensable de su intervención fue que la afirmación de que para un corresponsal que lleva treinta y cinco años en Oriente Medio nunca como ahora ha sido tan poco cuestionada la información que se comunica, a chorro y muchas veces sin cortapisas, desde los centros gubernamentales a los medios de comunicación. Es la razón por la cual un territorio pasa de ser “ocupado” a “disputado” y una “colonia” se transforma milagrosamente en un “barrio de vecinos”.

3. “Un orador que emplea esa fraseología ha hecho parte del camino para convertirse en una máquina. De su laringe salen los ruidos apropiados, pero su cerebro no está comprometido como lo estaría si eligiese sus palabras por sí mismo.”
Otra razón, quizá la más inocente, es la creciente asunción de que los medios de comunicación son un mero receptáculo, un recipiente. El periodista ha pasado de ser un profesional formado y con criterio a un creador de contenidos, y la redacción, saturada y agotada ante la demanda de actualización, tiende sus brazos a las notas de prensa (gubernamentales o no). Ante este hecho, webs como Churnalism, que ofrecen al lector la comprobación léxica y semántica de cuánto de nota de prensa tiene la noticia que han leído (¡con porcentajes!). 

Puede parecer anecdótico pero no lo es. Las notas de prensa llegan al periodista por parte del gabinete de prensa de departamentos de defensa, sanidad, o empresas privadas. En su origen, Churnalism fue un experimento sobre la cantidad de goles que se puede colar a un medio de comunicación: comenzaron con noticias en reputados medios, firmadas por la plantilla, que alertaban de la gran cantidad de cucarachas que había en el metro londinense. Resultó ser un estudio inventado de una empresa fumigadora.

4. “Si el discurso que está haciendo es un discurso que acostumbra hacer una y otra vez, puede ser casi inconsciente de lo que está diciendo, como quien entona letanías en la iglesia.”
Pero no matemos (únicamente) al mensajero. El periodismo de corta y pega transgredió hace tiempo el campo de los medios de comunicación. El lenguaje colateral invadió ya hace mucho otras áreas. En campaña electoral, ¿qué quiere decir Inés Arrimadas cuando garantiza la cobertura sanitaria pero considera “incompatible la sanidad total” a “las personas irregulares”? ¿A qué eufemismos nos venimos acostumbrando? ¿Quién esgrime la legalidad cuando es necesaria la legitimidad?

5. “Y este reducido estado de consciencia, aunque no es indispensable, es de todos modos favorable para la conformidad política”.
La permeabilidad del lenguaje colateral se filtra a dónde sea, siempre y cuando tenga de su parte la ignorancia o la complicidad.

6. “En nuestra época, el lenguaje y los escritos políticos son ante todo una defensa de lo indefendible.”
A día de hoy vemos los vídeos y las fotografías ¿imágenes colaterales? de una mujer joven, con un niqab.  Se habla de Tashfeen Malik y su origen, su callada vida, incluso de un bebé como un “instrumento de despiste”. Leemos esos y otros artículos , por un lado porque hay páginas de periódico que llenar y, estatalmente, para no preguntarnos la violencia de dos tipos de acto y su justificación.

Porque ese es un debate político: ¿se puede realmente lidiar una guerra contra un grupo terrorista usando los mismos medios que cuando se combate contra un país? ¿Qué es terrorismo y qué es una Tercera Guerra Mundial?

Me encantaría que alguien le hiciera esa pregunta a los candidatos a la presidencia del gobierno. Me juego el bazo a que nadie se la hará. Y es que aquí estamos todos siempre en “misiones de paz”.