Cosas que hago mientras tú trabajas,

por Diana Aller.

Hoy:
me voy a Praga.

ILUSTRADO POR
FLAVITA BANANA

Empiezo esta serie de capítulos, de textos, de experiencias reales que estoy sustituyendo por el trabajo alienante que he venido desempeñando durante años y que probablemente padece también usted (el tratamiento “de tú” del título es una licencia artística con el fin de acercarme al lector, pero no tengo interés real en que tal cosa suceda. He llegado a un punto que no busco seguidores ni amigos aunque son bienvenidos si los encuentro. Así que ruego entienda la distancia necesaria que otorga el “usted”).

Ando desarrollando teorías que ahora mismo están en ebullición sobre el tiempo, el trabajo, la organización, la energía, la edad… Apenas he esbozado conclusiones formalmente válidas, pero vislumbro con luz celestial una premisa muy clara: trabajar es una estafa. Los flecos de esta teoría están como digo en fase de incubación, pero he decidido lanzarme a aprovechar el tiempo que no trabajo (y ustedes sí) a hacer cosas. O lo que es lo mismo: a vivir.

Y he decidido empezar a lo grande, con un viaje a la República Checa. No hay un porqué. De haber algo sería un ¿por qué no?

El domingo me lié. No sé por qué extraño designio del destino, la noche anterior a un viaje o a un primer día de trabajo, tiendo a liarme. El verbo ‘liar’ -no creo que haga falta explicarlo- es sinónimo de tantas y tantas expresiones que el gracejo español enumera como “hacer el mal”, “salir de parranda”, “ponerse como Esteso y Pajares” y cosas similares.

Así que el lunes, sin haber dormido apenas, caminé bajo los ondulantes techos de la T4 a primera hora de la mañana y cogí un avión de Czech Airlines en el que dormí dos horas y cuarenta y cinco minutos de las dos horas y cincuenta y cinco minutos de viaje. Me sentaron en medio de dos mujeres que también viajaban solas. Una morena y una rubia. Allí me sentía segura y feliz como don Hilarión. Pensé que tal vez existiría un protocolo de mujeres que viajan solas, tal y como ocurre con los menores, a los que se intenta sentar con mujeres al lado y no con varones. Aunque yo soy una ferviente defensora de la presunción de inocencia, la experiencia me dice que un niño o una niña (y un adulto, y un animal y hasta una fideuá) viaja más seguro con una mujer al lado que con un hombre. Me parece terrible que la realidad de nuestra sociedad se articule de esta manera, porque significa que refleja espeluznantes conductas del dichoso patriarcado. Da que pensar.

Aparecí en el aeropuerto de Praga, sin moneda local, sin hablar una palabra de checo y sin saber cómo llegar al hotel que había reservado en Booking y desde el que estoy ahora mismo escribiendo. Saqué dinero -coronas checas con las que no me aclaro, pero gracias a una web que consulto compulsivamente las calculo en euros-  y compré un bocata vegano; tomé un autobús a Vrchlického Sady y de ahí me fui con mi trolley al hotel.

La primera impresión de Praga no pudo ser más favorable. Para que entiendan el sentido de esta frase inobjetable, la voy a repetir: La primera impresión de Praga no pudo ser más favorable.

Sus calles sombrías están impregnadas de dolores y alegrías; la impronta del judaísmo, de la literatura y del arte pesan en una atmósfera limpia y transparente. Y es Europa. Muy Europa. Una Europa de cafés y tabaco por la tarde. Pero también tiene ese encanto desconchado de exdictadura del este, con espacios diáfanos de difícil justificación y hermosa decrepitud apagada.

El turismo, vulgar e invasivo se vuelve translúcido al poco de llegar a esta ciudad. No molestan los paloselfies, los Starbucks, ni los guías con una banderita en ristre. Porque pesa más la historia, la arquitectura, las aceras empedradas que arropan al extranjero y lo acogen y acunan con maternal calma.

Llegué al hotel y ahí me atendió un hombre mayor (el concepto ‘mayor’ va cambiando conforme yo también soy mayor; me refiero a un señor de unos cincuenta años) bien parecido, con una agradecida pronunciación del inglés. Digo ‘agradecida’ porque entre los no nativos británicos nos entendemos mucho mejor. Amablemente me explica que mi habitación está en un edificio a diez minutos de ahí, y el desayuno en otro lugar equidistante. Él no me dice la palabra ‘equidistante’; entre otras cosas porque no le hubiera entendido en ningún idioma. Pero sobre un mapa me dibuja los tres puntos y el recorrido entre ellos.

Además me lleva la maleta hasta mi habitación y por el camino me explica los detalles del barrio judío donde me hospedo, y me muestra las sinagogas por las que pasamos. Hay momentos de silencio, pero no es un silencio incómodo, de ascensor español. Es un silencio grato, en el que observo un nuevo mundo frío y elegante, y un señor me lleva la maleta. ¿Cómo no va a ser grato? En un momento le pregunto cómo se dice ‘gracias’ en checo, porque para mí es como las gomas de pelo, de esas cosas que se usan mucho. Me explica que la forma informal (el equivalente a ‘thanks’) es algo así como ‘dicuí’. Luego he aprendido que ‘no’ es ‘ne y ‘sí’ -y esto es algo que me chifla- ‘ano’.

Me deja en mi habitación y se va. Estoy en un piso normal de un edificio con esculturas en la fachada como tienen muchísimos aquí. En un lateral del quinto piso, hay una puerta con llave que da a un recibidor enorme. Y aquí hay cinco habitaciones. La mía es la número 2. Lo primero que pienso al ver la cama amplia como un ring, es que es una pena estar sola y no aprovecharla. Me recrimino a mí misma por tener este tipo de pensamientos recurrentes todo el día, todas las horas, y casi todos los minutos. Alguna vez me han dicho -y aún no sé cómo tomármelo- que parezco un tío. Por mi muy vívida sexualidad, que yo considero natural y sana, y de la que hablo sin pacatos miramientos, pero que por lo visto resulta estrafalaria. Lo que me reprocho es no valorar la experiencia del presente, como si buscara fallos en una formulación perfecta. Al fin y al cabo he venido aquí para estar conmigo, para disfrutar de mí y de un entorno diferente.

Dejo la maleta abierta, cargo el móvil, atiendo redes sociales, termino el bocadillo con una salsa marrón que es como mayonesa saladísima… Me abrigo mucho porque hace mucho frío y me echo a las calles con un plano que he cogido de la lejana recepción de mi hotel.

Paseo como una posesa por la Staré Mesto, la Ciudad vieja, la zona más turística. Paso por el reloj astronómico, que es también calendario y tiene a los doce apóstoles dibujados. Cuando llevo casi una hora de caminata casi en espiral, tomo un café y extraigo mis primeras grandes conclusiones:

-En los países que son más fríos que España, siempre hay sujetos inmunes a las bajas temperaturas, y aunque hay fuentes literalmente heladas, también veo paseantes en manga corta y como si nada. Creo que están hechos de otra sustancia que tiene más que ver con el neopreno que con la piel humana.

No veo turistas solas. Chicos orientales solos sí, muchos. Las chicas orientales sin embargo van de dos en dos. Los italianos viajan en grupos numerosos y los españoles en parejas heteronormativas con calzado horroroso y muy abrigados.

-En los torreones e iglesias, en las casas e instituciones… En Praga hay relojes históricos y de manecillas allá donde se levante la vista. Esta conciencia del paso del tiempo se hace pesada y oscura y justifica el drama literario que impregna su atmósfera. Es imposible abstraerse de nuestra cuenta atrás, de nuestra absurda finitud vital. Caminar por la Praga histórica es transitar hacia la muerte, y eso, tiene un punto románticamente chungo.

-De hecho, es Kafka, el máximo representante de la angustia literaria, el gran personaje de Praga. Es lo que Mickey Mouse a Disney: un símbolo de una fuerte ideología (en un caso positiva, en el otro negativa, pero igual de vacías).

-A mí me parece más interesante (y acaso más existencialista) que Franz Kafka, el también praguense Milan Kundera (admito que he tenido que buscar el gentilicio de Praga antes de escribirlo #hoyquieroconfesar). Queda más guay decir que mola Kafka, pero eso es porque Kundera sigue vivo, y hay que esperar a que muera para venerarlo. Los humanos somos así de estúpidos. En cualquier caso, el manejo del absurdo, de la culpa y de la crítica política, me parece más atinado en este señor, supongo que por cercanía temporal.

-Los edificios en tono pastel son una maravilla en Praga o en Estepona. Es decir, siempre.

-Igual que Costa Café o McDonald´s, aquí han proliferado y se han hecho ya típicos los centros de masajes thai. La gente se sienta incluso en el escaparate para que les acaricien con ropa mediante, espalda, brazos y cuello. Creo que mañana iré a probar.

-Las tapas de los váteres son muy altas (o yo muy baja). En el baño de mi hotel solo puedo apoyar en el suelo las puntas de los pies y es una situación ridícula y no demasiado confortable. Tal vez estoy infraevolucionada dentro de la especie y no me he dado cuenta hasta ahora.

Compro una botella de agua en un Minimarket de esos que venden souvenirs y chocolatinas. Me he marcado un presupuesto de diez euros diarios de gasto, y con esto he cubierto los de hoy. Necesito descansar, y lo peor de todo, soy una impostora, una cutre, una desgraciada… Porque yo también tengo que trabajar. Es relajado, porque tengo que escribir un artículo para un diario con el que colaboro y completar unos datos de un programa de televisión que estoy terminando en MTV. Así que me voy a mi acogedora, grande y solitaria habitación y me siento en el escritorio.

Todo esto sucedió ayer, el día de mi llegada, que culminó con un detenido vistazo al Tinder. Me sorprendió lo que encontré: una auténtica escombrera genética. Por la calle se ve gente armónica y sana: turistas y oriundos. Pero en la aplicación para ligar, que tengo configurada para buscar hombres y mujeres, solo me aparece gente con rasgos monstruosos. Como la mayoría de los textos están en checo no entiendo absolutamente nada y solo puedo juzgar por el aspecto… Aspecto de vivir de una paguita del estado que tienen todos, porque ¡madre mía qué inmundicia cárnica! ¡qué desaprovechamiento de órganos y pieles! ¡qué estiércol humano prolifera ahí!

Como ante todo soy asquerosamente positiva, me acosté feliz, pensando que ser española equivale a ser Miss, pensando que soy muy afortunada de estar aquí sin aguantar a un novio abrigado con calzado feo, ni a alguien de Tinder que no entiendo. Tengo mucha suerte de estar aquí, de descansar en una cama tan grande y acogedora y no tener que fregar platos, ni limpiar un baño, ni planchar. Pero sobre todo -y siento ser tan vil- soy dichosa por no tener un trabajo alienante como usted.

Me reservo el día de hoy para mi anecdotario personal (son casi las doce de la noche). Creo que me he extendido en demasía ya y no deseo aburrirles más por hoy con las solitarias andanzas de una mujer que ha decidido hacer cosas en lugar de trabajar. Pero sí que les resumo que al ir escuchando canciones olvidadas bajo la lluvia checa y el cielo plomizo, he entrado en estados cercanos al éxtasis. He repensado aciertos y olvidado errores. He proyectado utopías. He recordado a algunos muertos. Se me han ocurrido ideas que en su momento me han parecido geniales, y he respirado un oxígeno nuevo, que me ha hecho ver que estoy donde quiero estar y hago lo que quiero hacer. ¿Y saben por qué? Porque padezco una enfermedad mortal, se me acaba el tiempo y he de aprovecharlo. No me queda otra que relativizar los problemas y priorizar los afectos. De nada sirven las angustias porque son pasajeras, de nada los enfados ni las envidias. Lo único que me reconforta es pasar el tiempo acorde con mis ideales acompañada de quien quiero y gozando y haciendo gozar.

Mi enfermedad es vivir, y desde que soy consciente de ella, tengo una existencia coherente, feliz y, sobre todo, libre.

Y tengo una pésima noticia que darle a usted que en realidad es magnífica. Sí: usted también padece esta enfermedad mortal que es la vida. También tiene un tiempo limitado en este mundo y de usted depende a qué quiere consagrarlo.