Cosas que hago mientras tú trabajas,

por Diana Aller.

Voy a ver un piso
que no podría pagar

ni en 100 vidas.

ILUSTRADO POR
FLAVITA BANANA

Hoy tengo el pelo sucio.

No es algo relevante, pero a partir de cierta edad empieza a serlo. Como la gordura, como los excesos, como las uñas… en una mujer adulta se penaliza la falta de cuidado. Con quince años, tener el pelo sucio apenas se nota, y puede incluso quedar bien y dar un atractivo aire salvaje e indómito. Pero en los estertores de la fertilidad y la tersura epidérmica, a ojos de los demás fácilmente soy una pobre mujer con una vida tirando a miserable con este pelo reseco por las puntas y grasiento por la raíz. Además, asoman por la base canas rebeldes y duras que se mezclan con cabello oscuro, de diferente tono que el resto. La raya al lado es como una franja de Gaza, que violenta y refulgente se exhibe en mi cabeza añosa.

En definitiva, no tengo aspecto de lo que en nuestra cultura –todo lo despreciablemente capitalista que quieran– se conoce como una triunfadora.

Con mi intermitente dejadez estética y mi vida cuajadita de asuetos y nuevas aficiones, me dedico, entre otras variadas cuestiones, a ver pisos. Pisos para comprar y para alquilar. Chalets, lofts, casitas recoletas para reformar en el campo, áticos con terrazas de vértigo, VPO’s… todo.

Como ocurre cuando consumimos drogas o porno, cada vez necesito más, y cada día voy un paso más allá. Me vuelvo sedienta, ansiosa de explorar nuevos confines y rebasarlos con ganas.

Hace una semana llegué a una culminación maravillosa (en los pisos, no en el porno ni en las drogas). Suprimí en mi búsqueda de casas cualquier límite de euros o metros cuadrados. Y ante mí aparecieron viviendas que no sabía que existían en Madrid (ni que podían existir) e inmobiliarias especializadas en bolsillos muy pudientes.

Estuve muchas horas suspendida en un mundo de lujo inaccesible, soñando espacialmente en lugares cercanos e imposibles, mirando con compulsión casas de más de un millón de euros. ¿Qué tipo de gente vive ahí? Yo he conocido, y conozco a gente que vive en casas de lujo. Yo misma he crecido en una “casa bien”, con habitación y baño para el servicio y vistas panorámicas a los cuatro puntos cardinales de Madrid. Pero las viviendas que admiré desde esa impúdica ventana que es internet, son colosalmente ostentosas, prohibitivas, como de narcotraficante venido a más… Son una auténtica salvajada.

De forma inconsciente terminé con varias pestañas abiertas en mi portátil, de inmobiliarias cuyos nombres parecían spas, casas de putas o modelos de colchón Lo Mónaco: Privilege, Luxury Estate, Larvia, Ambassador… Cosas así, como para impresionar a un tronista.

Y el lunes, no sé si ya de forma consciente o trastornada de tanta opulencia arquitectónica, llamé “solo por preguntar” y terminé fingiendo que quería comprar una de estas casas. Como si estuviera robando en El Corte Inglés, comencé a sentir calor interior, taquicardia y ganas de llorar conforme iba contestando preguntas. Temía que se me notara la acumulación indecente de mentiras: [advertencia: la siguiente frase debería comenzar con un sonoro “Con to´mi coño moreno…”] dije que buscaba algo para invertir, y más adelante para tal vez vivir yo allí.

Así que hoy, con el pelo sucio y vestida de mí misma –esto quiere decir sin estridencias ni elegancia; ni dejadez ni demasiado artificio: pantalón negro, sandalias blancas, camiseta blanca de Aries con dibujo y letras en tono flúor, y cazadora vaquera– me he personado en la calle Villanueva de Madrid.

He ido caminando, admirando lo bien que le sienta la primavera a mi ciudad, que la poliniza salvajemente provocando una luz y un color eminentemente sexual a las calles. Huele a flores y a coitos. Y el suelo madrileño parece un prado de asfalto.

Tan feliz y vitaminada caminaba por el Barrio de Salamanca, que me he dado cuenta al llegar a mi cita de que estaba sudando un poco. Lo he pensado en el justo momento en el que aparecía ante mí una mujer joven y arreglada (más joven que yo y más arreglada que yo, quiero decir) y fugazmente he dudado si saludar dando dos besos y frotando mi cara primaveralmente grasienta contra la suya, o estrechar la mano masculina y asépticamente.

El hado ha querido que la zagala, habituada a estas sociales tareas, se adelante a mi duda y ofrezca sonriente su brazo al mío. De hecho, parecía tan entrenada que aunque se lo fuera a guillotinar, creo que sonreiría igual.

Se presenta. Aquí la llamaré Margarita, porque sigo con el coño cerebro primaveral, pero su nombre era otro.

Margarita, con pantalón y americana negra parece una azafata talludita de IFEMA. Tiene una voz preciosa, y habla rápido.

Subimos en el ascensor sumergidas en una estereotipada conversación hasta el ático. La palabra ‘ático’ refiere a un último piso, pero les aseguro que en este caso sería lo mismo decir ‘edén’ o ‘paraíso’. Ante mí divisaba casi trescientos metros cuadrados desde un salón diáfano e iluminado con esmero por el mismo Dios.

He sentido entonces nauseas, vértigo, temblor, confusión, palpitaciones, depresión, elevación del ritmo cardiaco… Identifico este cuadro como un Stendhalazo como el que me dio en Florencia, que pensé que tenía ansiedad y un señor francés muy amable me explicó lo que me pasaba.

Margarita actúa como si su casa fuera parecida a este elíseo, moviéndose con soltura por entre la luz dorada que el divino creador sigue proyectando sobre el suelo de roble laminado. Saca de su bolso XXL un portafolios con el logo de la inmobiliaria tipo Lo Mónaco. Repasa leyendo las calidades del piso, mientras nos adentramos en la zona de los dormitorios.

Sorprendentemente, solo hay dos. Tardo en ir a verlos porque el síndrome este de Stendhal me ha anclado los pies al suelo y me cuesta unos segundos despegarlos.

También vemos los baños. Me parece ordinario opinar o mirar siquiera los saneamientos en un entorno tan lujoso. Si tuviera dinero para vivir aquí, también tendría para no cagar, que alguien lo hiciera por mí, o para hacerlo en el salón.

Sin embargo, cuando me enseña la cocina siento una leve decepción que acaba con mi malestar: afortunadamente, por fin encuentro disonancia estética. Vuelvo a la realidad… La cocina, amplia y bien distribuida, está amueblada, y además con pésimo gusto. Es minimalista, con aspiración futurista y con los electrodomésticos metálicos. Le comento a Margarita que me preocupa que ahí se queden impregnadas las huellas dactilares y que tiene que ser trabajoso de limpiar.

Me mira extrañada. Me he delatado, así que prosigo la visita guiada como si nada.

Para el final, Margarita ha reservado la terraza en “L”, enorme y con espectaculares vistas. Me asomo a la barandilla que tiene una barrera de metacrilato detrás de la madera y me imagino haciendo una parrilla de verduras, viendo la final de Supervivientes o escuchando a Camela a todo volumen en esa terraza. Todo lo que me apetece es cero distinguido. Me doy cuenta de que querría una vivienda así para ejercer de nueva rica. ¿Dónde estaría la gracia si no?

Cuando vuelvo de mis ensoñaciones, Margarita, mi cicerone, guía espiritual e inspiración ahora mismo, está hablando con un muchacho de zapatos malos que no sé de dónde ha salido. Me lo presenta en seguida y él estrecha su mano sonriendo como si deseara que se la amputara. Le llamaré Narciso, por ponerle otro primaveral nombre que preserve su anonimato.

Narciso es otro trabajador de la inmobiliaria. Olvido su rango al momento porque no entiendo a qué se dedica exactamente (solo entiendo la palabra ‘sales’, ‘ventas’, de su presentación). Expreso mi entusiasmo a los dos, pero les digo que la distribución de los dormitorios no me gusta. Bien es cierto que son relativamente pequeños –sobre todo uno de ellos– para semejante casoplón.

Me preguntan de muy buenas maneras y de forma indirecta y educada qué busco exactamente y les expreso a ambos que algo parecido pero con al menos tres dormitorios. Narciso toma las riendas de la conversación, aunque yo busco con la mirada la complicidad de Margarita todo el rato. En apenas tres minutos dice la palabra ‘discreción’ hasta en cuatro ocasiones. Deduzco que su clientela en efecto son narcos o imputados en la Púnica.

Hago un último recorrido por el piso. Quiero sacar el móvil y hacer fotos, pero me contengo. Imagino al pasar las pupilas por cada rincón cómo quedaría con mis muebles pordioseros y mi hogareño y atinado gusto sostenible. Imagino también a mis hijos y mi perro jugando por el suelo del salón noble e inabarcable, con sus pijamitas y restos de la cena en la comisura de los labios. Imagino fiestas con litronas de cerveza y bolsas de patatas Lay´s. Me imagino siendo feliz. Rotundamente feliz en esta casa de cine. Y entonces me doy cuenta de que lo que me hace feliz no es la casa de cine, sino decorar conforme a mis necesidades, con mesas heredadas, sillas de la basura cada una diferente a las demás, estanterías con mis libros favoritos y con piedras fechadas y escritas de cada viaje sanador que he hecho.

Me hace feliz corregir los deberes de los niños, poner y quitar la mesa con ellos mientras hablamos de tonterías; y también que mi perro me reciba cuando llego a casa como nadie lo ha hecho jamás (creo que afortunadamente, aún no he dado con quién me salude lamiéndome la cara con fraternales apetencias).

Me hace feliz que mi casa se llene de gente dispuesta a compartir su tiempo y su risa. Y que bebamos cerveza, y de todo hagamos un chiste.

Narciso me habla entonces de un piso “que tienen” en Castellana, también con terraza, y “una distribución más clásica”.

Miro hasta donde alcanza mi vista, que es todo lujo y perversión. Tomo aire, todavía con estampas de felicidad en mi mente, y echando aire por la boca, como mezclando un suspiro y una frase digo: “No, lo que me interesa es esta calle, porque aquí tengo mi estudio de arquitectura”.

Aunque en realidad lo que pienso es “No, no tengo dinero ni para pagar el felpudo”.

Pienso si mis mentiras son creíbles a estas alturas, y decido que sí. Puedo ser una arquitecta de éxito, que se agobia cuando quedan huellas en la nevera metalizada, con el pelo sucio y con raíces, podría ser la mujer que soy, pero con otro nivel socioeconómico al que no hago asco ninguno. Porque, la verdad, no entiendo a quienes rechazan la riqueza. Me gusta la abundancia, así en general, el dinero… Pero no demasiado ciertas cosas que conlleva.

Pero sobre todo, como Aida Nízar, esa musa del neorrealismo cultural postfeminista (por decir algo), yo “adoro mi vida”.

Me despido de Margarita y Narciso, ahora sí dándoles dos besos y las gracias por su –exclusiva– atención.

Al poco de salir veo que Frigo ha sacado un nuevo helado, con forma de Minion. Me lo compro para probarlo y lo voy tomando por la calle. Me dirijo a mi casa. Mi casa…

Camino por Madrid y siento picor de ojos y nariz. La alergia me avisa de que la arrebatada primavera está orquestando nuestros destinos. Los de usted que se cree inmune al florecimiento y esplendor de la vida, y los míos, en manos del todo de la fortuna. No sé qué haré mañana, y me encanta no saberlo. Bueno, sí. Me lavaré el pelo.