Buscando a Gurb
Por Marga Durá

Hubo un tiempo en que era de buen gusto alardear de echarse una cabezadita al son de los documentales de animales de La 2. Corrían épocas prehipsters, en las que abundaba trabajo y, por ende, montante para el desenfreno. Así que esta cronista o andaba absorta tecleando con furia para ganarse el sustento o se echaba una moribunda siesta sin necesidad de apoyo audiovisual para reponerse de sus desmanes. Pero aquellos gloriosos tiempos quedaron atrás, y a cierta edad una empieza a necesitar un sonsonete de fondo que la conduzca al babeante sueño diurno. Por suerte, he dado con una receta aún más infalible que la zoología para que Morfeo se persone de día: dejarme acunar por documentales pseudohistóricos con presencia extraterrestre. Canal Historia, National Geographic y Discovery Max son camellos de total confianza siempre dispuestos a ofrecer un producto de calidad monocorde ideal para tales menesteres. Enlatan los mismos temas en formatos diferentes con una habilidad encomiable. Los grandes clásicos de ayer y de hoy son: ¿Cómo se construyeron las Pirámides? Fueron los extraterrestres. ¿Qué pasó en la Isla de Pascua? Fueron los extraterrestres. ¿De dónde venían los poderes del Arca de la Alianza? Fueron los extraterrestres. ¿Dónde dejé las llaves? Fueron los extraterrestres. Bueno, esto último lo soñé. Pero los tres primeros son los platos fuertes que reversionan sin pausa pero sin tregua y, dependiendo del cocinero, se les añade algunas gotas de Santo Grial, una pizca de viajes temporales o un aderezo de conspiración nazi, siempre sobre una salsa con ingredientes babilónicos. El plano de una tabla de escritura cuneiforme es el perejil del género, un auténtico icono que deberá ser estudiado en las facultades de realización televisiva del futuro.

Otra variante altamente narcoléptica son los programas dedicados a fantasmas y a toda clase de fenómenos paranormales, que, procedan de la cadena que procedan, tienen una estructura tan placenteramente repetitiva como un capítulo de Equipo A. Una familia de una granja perdida de Estados Unidos recibe la visita de unos ectoplasmas un tanto hoolingans, un equipo de “científicos” con aparatos de medición muy estrambóticos entra en acción y despide a los polizones, recabando datos de vital importancia para una hipotética investigación científica.

El sopor que me provocan estos programas en mi caso tiene que ver con la repetición. Pero no me queda ninguna duda de que la ingente cantidad de formatos similares obedece a la ley de la oferta y la demanda. Estos programas tienen público, seguramente mucho más nutrido que el que cacarea a los cuatro vientos que ha visto todas las temporadas de The Wire mientras leía el Ulises de Joyce. Aunque no lo confesemos, nos atraen las experiencias que discurren por un sendero paralelo al aprendido. Hay algo subyugante en desafiar el conocimiento lógico y libar por sus aledaños. “Las historias con un componente esotérico, sobrenatural o extraño son especialmente atractivas porque nos sorprenden: no siguen el curso lógico que cabría esperar, sino que lo retuercen. Es el mismo ingrediente de sorpresa y contradicción de expectativas que hace que funcione el humor”, explica Fernando Blanco Bregón, profesor de psicología de la Universidad de Deusto.

Pero una cosa es hacer de turista en la orilla de lo oculto y otra residir en el patio trasero de lo racional. Este es un lugar bastante concurrido, a juzgar por las encuestas. Según un estudio de Publiscopio para el diario Público, el 41% de los españoles mayores de treinta años y el 54% de los menores de esta edad creen en la existencia de fantasmas. Según otra encuesta de YouGov, el 56% de alemanes, el 54% de estadounidenses y el 52% de británicos opinan que hay vida inteligente extraterrestre. ¿Y qué pasa con los “hombres de negro”? ¿Tememos que la pizpireta panadera sea en la intimidad un viscoso alien? En China y en India el 40% de la población lo cree a pies juntillas, según una encuesta del diario británico The Telegraph. Otro dato curioso que se desprende de estos estudios es que la mayoría de creyentes son hombres.

Fotografías de Isra Ortega

Buscando a Gurb – O Productora Audiovisual

Me propongo descubrir por qué algunas personas son capaces de creer sin evidencia científica. Y es que a cualquiera le puede entretener tirar los dados de la suposición en el tablero de la razón. Barruntar que este universo es demasiado grande para que la única vida inteligente sea la nuestra. O, incluso, jugar al póquer con la muerte y guardar un as en la manga para que la partida no finalice con el último latido y soñar con exigirle revancha embutido en una sábana blanca tipo burka. Sin embargo, hay un largo trecho que separa la conversación de sobremesa con tintes existenciales de un vívida experiencia que se bate en airado duelo contra la ciencia. Frecuentar ovnis o trastabillar con fantasmas son casus belli para la lógica. Un incidente que a priori parece inexplicable desencadena una sucinta guerra civil y el afectado debe escoger entre dos bandos: el de lo racional –a menudo carente de respuestas inmediatas y célebre por su reputación de aburrido– o el de lo irracional –estucado de explicaciones tan concluyentes como excitantes–.

El mecanismo cognitivo por el que pasamos a engrosar las filas de un ejército o de otro lleva siendo, desde hace años, objeto de estudio de los psicólogos. Los “crédulos” han sido tachados de incultos en el mejor de los casos y de enajenados en el peor. Y ellos se han aferrado a su verdad, sintiéndose los únicos que conocen la desnudez del emperador y han acusado a sus detractores de tejer ropajes para acallarlos. La teoría conspiratoria, por la cual los gobiernos ocultan lo que ellos conocen, ha sido su testigo de cargo en el juicio sumarísimo al que se ha sometido a su cordura. Sin embargo, en los últimos años, la psicología ha abandonado el papel de punitivo fiscal, ha aparcado la camisa de fuerza y ha llegado a conclusiones menos peyorativas para los que escarban agujeros en la ciencia.

“Una persona puede estar psicológicamente equilibrada, ser inteligente, tener cierto nivel cultural y mostrar inclinación a creer en estos temas. Conviene no caer en la simplificación de atribuir estas creencias ‘extrañas’ a una patología mental o a la falta de capacidad intelectual”, asegura Blanco Bregón. Este profesor de psicología ha participado en varios estudios de Labpsico, en la Universidad de Deusto, que tienen por objetivo encontrar los engranajes mentales que activan la alarma de lo paranormal. “Las personas que tienen estas creencias comparten algunas semejanzas. Presentan una tendencia a confirmar sus propias hipótesis y a mantenerlas a pesar de la evidencia. Cuando se les pide que generen explicaciones sobre un suceso, tienden a producir menor número y variedad de hipótesis que las personas que no creen. Finalmente, cuando nos llevamos a los participantes al laboratorio y les mostramos secuencias de eventos al azar, los creyentes en lo paranormal creen detectar relaciones de causa-efecto en esos eventos. En otras palabras, tienden a desarrollar un error que llamamos ‘ilusión causal’. Aunque todas las personas somos capaces de cometerlo, los ‘creyentes’ lo hacen en mayor medida”, puntualiza.

La ilusión causal es la madre que amamanta las supersticiones. De su ubre, hemos bebido casi todos –aunque sea tímidamente– alguna vez. Pongamos que un día Fulanito acaba yaciendo con un espécimen humano realmente bello. Y resulta que llevaba tal camiseta. Desde entonces, ésa es su prenda bendecida para ligar. El razonamiento es lógico, en cuanto a argumentación formal: A (la camiseta) provocó B (el grato revolcón). Y, por tanto, esa secuencia se puede repetir. Puro silogismo. Las patas de conejo para aprobar exámenes o la aversión a los gatos negros se sostienen sobre este sesgo. En tiempos de bonanza, uno puede montarle un altar a la camiseta o lanzarle besos al espejo con el ego henchido convencido de que su magnetismo es el único artífice de lo acontecido. Sin embargo, cuando pasas una mala racha, el pensamiento racional se hace el harakiri. “En esos momentos es cuando resulta más fácil llegar a la conclusión de que si te ha dejado la novia y has perdido el trabajo, con lo bueno que tú eres, es porque alguien te ha echado mal de ojo. Y el problema es aún más grave en casos de enfermedad, cuando se recurre al curanderismo o a la medicina alternativa. La gente, en definitiva, busca esperanza y en momentos de estrés se hacen asociaciones de ideas que no son las más adecuadas”, explica Alfonso López Borgoñoz, presidente de la Sociedad para el avance del pensamiento crítico (ARP-SAPC).

Un reciente estudio publicado en la revista Current Directions in Psychological Science explica cómo la superstición es el bálsamo ante la incertidumbre, sobre todo en tiempos aciagos. La insoportable sensación de ser un pelele en manos del destino se difumina con certezas de cualquier pelaje, aunque carezcan de evidencia científica. “Es lo que los psicólogos llamamos ‘control compensatorio’”, explica Blanco. Un atajo para volver a poner las cosas en su lugar. O, al menos, verlas así. Si tu vida va de mal en peor, pero tú acudes a una médium a que te quite el mal de ojo, estás haciendo algo para combatir lo que te ocurre y te da la sensación de estar controlando lo que ocurre. Lo más curioso es que a nivel psicológico funciona. Los estudios demuestran que el optimismo de los crédulos les aleja de la depresión. Ya lo decía Woody Allen: “un pesimista es un optimista bien informado”. Y para algunos es mejor no estar tan informado y mirar hacia otro lado.

Y en ese lado suceden cosas realmente entretenidas: los ovnis hacen natación sincronizada en el firmamento, tu difunto abuelo se pasea en patinete y tu jaqueca se cura con un cuarzo. ¿No sería divertido poder asomarse a ese lado del espejo por un rato? Decido hacerlo, acercarme a uno de los grupos para los que términos como la ilusión causal son paparruchas de psicólogos. Me subo al coche. Es 11 de mayo y me dirijo a Montserrat. Estos dos datos no son arbitrarios. El 11 es un número fetiche para algunos que aseguran que les persigue como un acosador y que los sucesos más cruciales de su vida acontecen indefectiblemente a las 11:11. No hay número que tenga más literatura mágica en Internet que el 11. La brillante escritora y periodista Gabriela Wiener, aquejada de oncismo, dedica un capítulo en su libro Llamada perdida a ilustrar lo que ocurre cuando los dos palos la toman contigo. Ella ha dado voz a los que viven en silencio la décimo primera causalidad o únicamente se atreven a confesarla al abrigo de Internet. Mi destino tampoco es casual. Encontrarse a una virgen de color en mitad de una montaña catalana, ya es de por sí un tanto inquietante. A la sazón, cuenta la leyenda que el mismísimo Himmler visitó la montaña en su búsqueda de reliquias religiosas que tan poco acabaron luciéndole al Fürher. La razón por la que decido visitar Monsterrat es que el 11 de cada mes los avistadores de ovnis tienen una cita, sin Tinder de por medio, con los ovnis.

Los cazadores de ovnis me parecen de una lealtad asombrosa para los tiempos que corren. Hace más de dos décadas que los avistamientos están más pasados de moda que los jerseys Privata, pero ellos siguen incorruptibles, escrutando el cielo y leyendo en él la letra pequeña de otros mundos. Quedan cada mes en el hotel Bruc, un establecimiento que de día debe ser encantador, pero de noche parece una join adventure entre el Motel Bates y el Overlook. La entrada está a rebosar. Pero pronto descubro la amarga verdad: hay más avistadores de avistadores, que genuinos avistadores. Ha acudido toda una clase de antropología capitaneada por su profesor, Manuel Delgado, que fue el primer docente que tuve en la facultad. ¿Será casualidad o causalidad encontrármelo aquí más de veinte años después? ¿Por qué no suena la música de Dimensión desconocida cuando la necesitas? He viajado con tres amigos y ellos también empiezan a saludar a conocidos. La ilusión causal araña mi puerta. El lugar es ciertamente curioso para socializar. Esto parece el Primavera Sound de los ovnis. Todos esperan al cabeza de cartel, Luís Grifols, que es el ufólogo que inició estos encuentros intergalácticos hace tres décadas. Pero la estrella no aparece. “Ya es mayor y no viene todos los meses”, me comenta un avistador pro. “Luís está muy conectado con los ovnis, va explicando cosas para llamar su atención y dependiendo de lo que dice, aparecen”, me cuenta. Está claro que sin Grifols esto no va a ser lo mismo. De todos modos, la curiosa caravana de los que miran al cielo y los que miran a los que miran se dirige a una explanada cercana al hotel. No deben haber más de veinte avistadores convictos y confesos, todos hombres, rozando la cincuentena, rodeados por un centenar de curiosos. Me sorprende que nadie lleve ni unos tristes prismáticos. Pero, por lo que explican lo que están duchos en el tema, cuando un ovni quiere que le veas, no conoce la discreción. Esta lección la aprendió Keneth Arnold, un piloto que el 24 de junio de 1947 se topó con nueve objetos que jamás había visto y a los que bautizó como ‘platillos volantes’. Ese fue el incidente fundacional del fenómeno ovni, aunque uno de los expertos de Montserrat asegura que la cosa viene de antes. “Parte del botín de guerra que tuvieron que pagar los nazis a los estadounidenses fue la forma de contactar con los extraterrestres. Aunque muchos de ellos, al perder la guerra, huyeron a la Antártida, donde establecieron una base. Y es que la Antártida tiene una parte de bosques frondosos que los gobiernos han ocultado y que es donde se estableció esta base”, narra.

Los avistadores avezados parecen contentos de tener público. Ellos se han explicado entre sí mil veces las historias de cuando se toparon con un ovni y ahora cuentan con carne fresca para rememorar ese momento en el que abrazaron la ilusión causal. Hay algo que me parece entrañable en el momento en el que A se enamora de B. Esa certeza interna, que no necesita confirmación, que le hace un corte de mangas a la ciencia; que valida tus opiniones con un empecinamiento romántico; que te hace sentir poseedor de un secreto que has revelado únicamente mediante tus habilidades, debe resultar reconfortante.

En contadísimos momentos de mi vida, la fe de los otros, sustentada en cualquier creencia, me produce cierta envidia, me parece un analgésico para el pesar para el que no tengo receta. Y en esos instantes, mi escepticismo, que habitualmente me enorgullece, se me antoja un dolor de muelas que no puedo soslayar.

Y este es uno de esos brevísimos instantes. De repente, deseo que el cielo se estampe de círculos blancos, como los de los faralaes de una bailarina flamenca, y puestos a pedir, que aterrice una nave de la que descienda mi extraterrestre preferido, Gurb, el personaje que inventó Eduardo Mendoza para recrear la Barcelona preolímpica en Sin noticias de Gurb. Quiero sentir la dicha de Carcosa, como Matthew McConaughey, al final de la primera temporada de True Detective –disculpas por el spoiler–. Pero, como era de esperar, no ocurre nada. Una bonita noche de cuentos alrededor de las estrellas. Al volver a casa, mi escepticismo me perdona la infidelidad y lo abrazo con pasión renovada. Le prometo que mi aventura acabó y que no volveré a ver ningún programa en el que menten extraterrestres ni fantasmas a no ser que sea estrictamente necesario para echar una siesta.