BOWIE

TAN LEJOS,

Ilustraciones por Irene Pérez
Texto por Carolina Prada

TAN CERCA

He intentado arrancar un trozo de pintura de la pared, pero no he sido capaz.

Mi amigo acaba de volver del baño. Se sienta y bebe un trago largo de su cerveza. Le miro y pienso en voz alta:

Igual nos estamos pasando de grupis.
—¡Pero piensa que en ese baño se metieron rayas Bowie e Iggy!, me dice.

Estamos en el Neues Ufer, antiguamente Anderes Ufer; el café donde, efectivamente, David Bowie e Iggy Pop compartieron conversaciones y farras cuando residían en Berlín a finales de los setenta. Está, de hecho, a tiro de piedra de su apartamento en la Hauptstrasse 155. Es un local agradable, con la bandera multicolor en la fachada, velas y flores en las mesas de mármol blanco y paredes forradas con fotos de las diferentes personalidades que el cantante adoptó a lo largo de su vida.

Es un sábado de finales de enero. Bowie murió hace pocas semanas. Él es la razón de nuestro viaje a Berlín (y la de mucha otra gente, a juzgar por la cantidad de clientes que, a todas luces, están en el bar por él). Una especie de peregrinaje para despedirnos del hombre que cambió el rock para siempre, y también, en gran parte, nuestra vida. Seguir sus pasos por esta ciudad crucial en su trayectoria nos hace sentir de alguna manera cerca de él.

El artista británico quedó cautivado por esa atmósfera extraña de ciudad en estado de guerra que, incluso sin conocerla personalmente, inspiró a su amigo Lou Reed para crear el sombrío y portentoso Berlin. Fascinado por su pasado mítico de cabaret y vanguardias de la república de Weimar, pero también, contradictoriamente, por el fascismo chic y la imaginería nazi, como se le recriminaría después.

Bowie compaginaba a la perfección su faceta noctívaga en clubes como el SO36 o el de su confidente y amante Romy Haag con el trabajo creativo en su apartamento, donde pasaba largas horas componiendo, pintando y escuchando música. Se sumergió en la electrónica y el krautrock, especialmente en Neu!, Kraftwerk y Tangerine Dream; en las novelas de ambiente berlinés de Christopher Isherwood; en la pintura expresionista alemana. En particular, la obra de Erich Heckel, que fuera incluida por el Tercer Reich en la ominosa exposición sobre lo que denominaron “arte degenerado”, ejerció una gran influencia sobre él. La fotografía de Masayoshi Sukita que ilustra la portada de Heroes está inspirada en dos de sus obras: el óleo sobre lienzo Roquairol y el grabado Hombre joven.

Por la ventana del café vemos caer sobre la ciudad el cielo plomizo que cabe esperar de ella en invierno, tal y como es en las películas de Wim Wenders. Allí dentro se está bien y decidimos pedir otra cerveza gigante. Ahora estamos un poco borrachos y nos sentimos ligeros y felices.

El camarero es un tipo majo que atiende las mesas sin prisa y se para un rato a charlar con los clientes. Nos trae las cervezas y unos palitos salados para acompañar. Sin pensar, le pregunto si le conoció. “Jejeje… No soy tan viejo como para haber trabajado aquí en los setenta”. Me doy cuenta de que he hecho el panoli. “Tranquila, que no eres la primera persona que me lo pregunta”.

Putos fans…

Tras desprenderse sucesivamente de las pieles de Ziggy Stardust, Aladdin Sane, Halloween Jack y The Thin White Duke y vivir a base de pimientos, leche y cocaína en Los Ángeles, Bowie decide mudarse a Berlín en compañía de su amigo Jimmy Osterberg-Iggy Pop. Su matrimonio con Angie está a punto de saltar por los aires. Quiere dejar las drogas y dar una nueva vuelta de tuerca a su música. “Una nueva carrera en una nueva ciudad”, como tituló uno de los instrumentales de su álbum Low.

“Llegó un momento en el que estaba muy, muy preocupado por mi vida. Me pasé y estuve cerca de la sobredosis varias veces”, recuerda el músico sobre esa época en el magnífico documental de la BBC Five Years. “Fui desnudo a Berlín. Intenté reducir mi vida a lo que consideraba que eran los básicos esenciales para poder construirla de nuevo”.

Y aunque desintoxicarse en la vibrante noche berlinesa de los setenta en compañía de un elemento como Iggy se diría, cuando menos, improbable, parece que más o menos funcionó.

Por la parte musical, con la llamada ‘trilogía de Berlín’ rompió totalmente con lo que había hecho hasta entonces. Encontró en la ciudad germana la inspiración que necesitaba y se rodeó de los cómplices idóneos –Brian Eno y Tony Visconti– para componer tres álbumes brillantes, los más experimentales de su carrera: Low, Heroes y Lodger. Sin olvidar los dos de Iggy Pop en los que trabajó mano a mano con él: The Idiot y Lust for Life.

El escritor Paul Trynka relata en Starman, su magna biografía de Bowie, que este y Eno llamaron a Tony Visconti para que trabajara con ellos en Low y le preguntaron con qué les iba a sorprender. “’Me pusieron en un aprieto y tuve que inventarme algo rápidamente’”. Visconti respondió que había descubierto el Eventide Harmonizer, un nuevo sistema de retardo digital (…). La sucinta explicación que les dio sobre el novedoso aparato fue que ‘jode la estructura del tiempo’. Y lo aceptaron”.

Realmente, Heroes es el único vértice de la trilogía berlinesa que se grabó íntegramente en la ciudad, en los legendarios estudios Hansa by the Wall, como aparecen en los créditos del álbum. Low se mezcló allí, aunque fue grabado en Francia, en el Château d’Hérouville –donde, por cierto, Bowie, Visconti y Eno aseguraron haber percibido a los fantasmas de sus antiguos moradores, el compositor Frédéric Chopin y su pareja, George Sand–. En cuanto a Lodger, si bien compartiría espíritu y equipo creativo con los otros dos álbumes, fue grabado en Montreaux. Este significó también la disolución del trío. Bowie y Visconti trabajaron a continuación en Scary Monsters, y no volverían a coincidir hasta Heathen, ya en el siglo XXI. Mientras que el cantante y Eno reeditarían puntualmente su alianza en los noventa, con Outside.

Para cualquiera interesado en la música, y sobre todo para fans de Bowie, de Iggy, de Eno, de Nick Cave, de Depeche Mode, de U2 o de cualquier otra banda que haya grabado allí, los Hansa Studios son la Capilla Sixtina de la música. Por supuesto, teníamos que verlos a toda costa. Cuando David falleció, se abrieron gratuitamente al público para un homenaje, pero en general la única manera de visitarlos si eres un ciudadano de a pie es apuntándote a un tour guiado.

Los Hansa Studios están en una tranquila calle junto a Postdamer Platz. En 1977, los alrededores eran pura ruina y mostraban a las claras su carácter de zona de guerra. El antaño elegante edificio ofrecía un aspecto bastante desolador, con una parte derruida y a menos de doscientos metros del alambre de espino del Muro. Desde el estudio podía verse con claridad la torre de control y a los soldados vigilando con prismáticos la actividad del interior. Es fácil imaginar el ambiente en el que trabajaban los músicos.

Llegamos al punto de encuentro con el guía, Thilo, un antiguo ingeniero de sonido que parece conocer a la perfección el lugar y que habla con pasión de todos los músicos que han pasado por los estudios. Nos parece un poco flipado, aunque… ¿no lo somos también todos los que estamos allí?

Formamos un grupo variopinto de unas veinte personas de diferentes edades. Hay un chaval que es un cruce entre el Iggy de The Idiot y una versión desaliñada de Bobby Gillespie. Una chica en silla de ruedas escucha pacientemente, aunque es obvio que el fan es su pareja, entusiasmado con las batallitas de Thilo. Este habla en inglés a toda pastilla y a veces nos perdemos, aunque lo que cuenta es muy interesante y disfrutamos bastante de la visita.

Entramos con reverencia al elegante Estudio 2, “the big hall by the wall”. Es un espacio impresionante y enorme, que en su día albergó bailes de sociedad de los gerifaltes nazis. No parece un estudio de grabación, entre otras cosas porque carece del ventanal acristalado que suele haber entre técnicos y músicos. El guía flipado nos explica que durante la grabación de Heroes utilizaron monitores de televisión para comunicarse con los técnicos, que estaban en el estudio superior. Nos muestra varias instantáneas de David con el ingeniero de sonido, Edu Meyer, con Tony Visconti y con el guitarrista Robert Fripp.

Es emocionante estar en el lugar donde se parió una obra maestra, desde cuya ventana Bowie vio a Visconti besándose furtivamente con la corista Antonia Maas y dio así con el verso que le faltaba a la letra de Heroes. Diez años más tarde, miles de alemanes del este pudieron escucharla y corearla desde el otro lado del Muro, durante la notoriamente desastrosa gira Glass Spider, en una noche que terminó con una violenta respuesta policial y con casi doscientas personas arrestadas. Faltaban aún dos años para la caída del Telón de Acero.

Pasamos después al Estudio 1, el que actualmente está en uso, y nos volvemos locos como niños pequeños viendo las mesas de mezclas llenas de botones y lucecitas. Thilo pone algunos masters de canciones registradas allí. La voz de Dave Gahan en People Are People y Black Celebration, la de Iggy en The Passenger y luego la de David en Heroes inundan la habitación y nos ponen los pelos de punta. El sonido es increíble.

A mi amigo y a mí nos ha invadido un espíritu de turista japonés y salimos de los estudios como con cien fotos cada uno.

Nos alojamos en un pequeño hotel en Schöneberg, el mismo barrio donde está el apartamento que compartieron David e Iggy (hemos oído que vivían en realidad en dos pisos separados del mismo bloque; no hemos conseguido averiguar la verdad). Zona de ambiente gay hoy y en los setenta, aún puede verse en Nollendorferplatz una placa con flores que recuerda a las comunidades homosexuales exterminadas por los nazis. Los dos amigos paseaban por los mercados de antigüedades de Winterfeldtplatz, por las librerías y cafés en torno a St. Matthias Kirche. El libro de Trynka recoge estas impresiones de Iggy Pop sobre la época: “Fue un proceso de aprendizaje, siempre teníamos presente la idea de que estábamos tratando de aprender algo aquí. Y ser bastante disciplinados con ello”.

El 155 de la Hauptstrasse es la última parada de nuestra fanruta antes de abandonar la ciudad. Vamos provistos de un cartel con un jovencísimo David en su época mod y con un cuaderno donde varios amigos y nosotros hemos escrito mensajes de despedida. Compramos también una rosa en una floristería a la salida del metro. Ya de montar el numerito, montarlo del todo…

En cuanto nos aproximamos al lugar ya avistamos la marea de velas, flores, dibujos y fotografías que desborda ampliamente el portal para extenderse junto a la tienda de tatuajes y la clínica de fisioterapia adyacentes. Ver todo eso sobre el pavimento produce un sentimiento entre emocionante y deprimente.

Una fan ha depositado una foto de ella con David. Otros, retratos y dibujos de él en sus diversas encarnaciones. Dedicatorias emotivas de gente que se siente, como nosotros, un poco huérfana. Incluso le han “regalado” una botella de vino tinto.

Empieza a caer una lluvia intensa que deja ilegibles algunos mensajes escritos con rotulador. Aun así, unos cuantos bowieadictos y curiosos seguimos allí de pie, en silencio. Un coche aparca enfrente. De él sale una familia con un montón de bolsas de la compra y se abren paso para entrar al portal, posiblemente hartos de ver esa nube de intrusos en su domicilio día tras día. “Y los que les quedan”, pensamos.

Sacamos un chorro de fotos (de nuevo el espíritu de turista japonés). Dejamos la flor, el cuaderno y el póster y nos alejamos un poco acongojados, como cuando regresas de un funeral.

Pienso en las canciones de Blackstar, su último y oscuro álbum, que lanzó solo dos días antes de su muerte. Y también en unas palabras de Igor Paskual, gran admirador suyo y conocedor de su música: “El envoltorio de la obra de Bowie es como una llave que te conduce a muchas habitaciones. Así, una escucha completa de uno de sus discos es un paseo por el mundo de la moda, del arte, de la arquitectura, del cine, de la literatura, del videoclip y puedes vivir mucho tiempo en sus discos”.

Y por el mundo de los sentimientos, sobre todo— agrega mi compañero de viaje.

Puedes vivir para siempre en sus discos. Y por qué no. Sería una buena vida.