American Psycho
25 años después

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“Y, mientras las cosas
se caían a pedazos,
nadie prestaba mucha
atención”

Por David Saavedra

Este año se cumple el veinticinco aniversario de la publicación de American Psycho, la novela de Bret Easton Ellis que tanta controversia provocó en su momento y que, hoy día, parece aplacada por el paso del tiempo, olvidada en la papelera de reciclaje de todo aquello que no es susceptible de rescates y reivindicaciones. Un recuerdo lejano, aparentemente tan casposo y pasado de moda como Asesinos natos o Historias del Kronen. Una obra de la que ya resulta cansino hablar, normalizada por toda la explotación posterior por parte de la cultura popular de psicópatas caprichosos de la beautiful people que , matan por y graban sus atrocidades .

American Psycho 25 años después – O Productora Audiovisual

¿Seguro? Estos eran mis prejuicios cuando decidí leer la novela cinco lustros después y, sin embargo, descubrí otras muchas cosas, más o menos reveladoras. La más llamativa es la omnipresencia de como el gran héroe personal y modelo de comportamiento de Patrick Bateman. Aunque la novela se publicó en 1991, esta se desarrolla en Manhattan alrededor de 1988, justo en los últimos años de la presidencia de Ronald Reagan y de la alcaldía de Ed Koch, el hombre a quien se atribuye gran parte del mérito de la gentrificación y el boom económico neoyorquino en aquella época. Bateman es la encarnación del sueño yuppie: joven, guapo, elegante y cultivado, rico triunfador en Wall Street, hiperconsumista y sin ningún tipo de conflictos morales que puedan frenar su acumulación de poder y dinero. Más aún, siente repulsa por prostitutas, taxistas, minorías étnicas e indigentes, a quienes humilla con toda la saña cada vez que se le presenta el momento. Ese lado oscuro se sugiere como parte real y parte fantasía, como su reflejo en un espejo roto, o como la encarnación de los deseos reprimidos de su grupo social. También, en su refinadísimo gusto por la cocina sofisticada con el maridaje adecuado, el buen vestir, la cosmética y la lectura de revistas de tendencias, está anticipando la figura del metrosexual.

En cierto modo, y poniendo como ejemplo dos películas de la época, Bateman sería como un cruce descarriado entre el Mickey Rourke de Nueve semanas y media y el Charlie Sheen de Wall Street. En el jocoso juego de convivencia que plantea la novela entre seres de ficción y personajes reales, nuestro protagonista vive en el mismo edificio que Tom Cruise (el de los ochenta, claro, el de Top Gun y Cocktail), con quien se encuentra en el ascensor en un hilarante pasaje. Es bastante desasosegante reubicarse en ese contexto, pensar en la crisis de 2008 y la famosa idea de la Refundación del Capitalismo, y vislumbrar polvos y lodos con la sensación de que, en realidad, pocas cosas han cambiado. Ahí surge el fantasma de Donald Trump, quien entonces era el Dios de los tiburones de Manhattan y ahora suena como próximo presidente de EE. UU.

American Psycho 25 años después – O Productora Audiovisual
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En el libro se alternan personajes de ficción con cameos reales. En uno de ellos, Bateman coincide en el ascensor con Tom Cruise, entonces el gran ídolo juvenil de la cultura yuppie, y a quien Easton Ellis hace vivir en el mismo edificio.

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En la película de Mary Harron, Patrick Bateman mantenía su arcaicismo en la vida tecnológica.

Por otro lado, donde más se nota el envejecimiento de la novela es en los avances tecnológicos. Ya le sucedió a Easton Ellis con Glamourama, donde el constante uso de un busca por parte del protagonista quedaba francamente chocante en plena eclosión de la telefonía móvil. Hay una sensación de que los personajes quedan suspendidos en el tiempo durante ese largo período que el autor dedica a escribir las obras, mientras que, afuera, los acontecimientos se suceden a un ritmo vertiginoso: una lucha sin cuartel donde la ficción literaria pierde irremediablemente la batalla. En American Psycho, los únicos comportamientos de los personajes que diferirían de los que tendrían hoy en día vienen motivados por ese aspecto tecnológico: que aún no haya internet ni WhatsApp y sí cabinas telefónicas y videoclubes –son constantes las alusiones de Bateman a que tiene que ir a devolver una película–, y que los símbolos de estatus material sean aparatosos equipos de alta fidelidad en la época en que el CD comenzaba a ser vendido como el gran soporte del futuro.

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Aunque se ha hablado mucho de la fascinación del personaje por Phil Collins o Whitney Houston, puede que el grupo más citado en el libro sea Talking Heads, en plena explosión de popularidad, y de quien incluso se extraen unas líneas de su tema Flowers como prefacio.

La música, por cierto, es importantísima en toda la novela. Recuerdo que se había hablado mucho del fanatismo del protagonista por Phil Collins (mito recurrente para los detractores del ex-Genesis, siempre aficionados a decir que la suya es música para psicópatas). Paradójicamente, el británico tendría en 1989 –o sea, poco después de cuando se desarrolla la historia– uno de sus mayores éxitos con Another Day In Paradise, un tema destinado a concienciar sobre la situación de los sin techo, y que me hace pensar en si esto habría decepcionado a Bateman o, por el contrario, le haría mucha gracia. En tres capítulos esparcidos por diferentes lugares del libro, Easton Ellis se sale del relato principal y se dedica a analizar exhaustivamente en boca de su personaje las trayectorias tanto de Collins como de Whitney Houston y Huey Lewis & The News (todos ellos, superventas por entonces en EE. UU.). Son genuinos artículos de crítica musical, que podrían haber salido del Rolling Stone o alguna publicación similar, y que me causan una especial fascinación.

Al tiempo, en la música que suena en los garitos de moda a los que van los protagonistas y donde la cocaína corre por doquier (muchos de ellos todavía existen), nos hacemos una idea de lo que allí sonaba en aquellos años: INXS, Belinda Carlisle… El protagonista también muestra constante aprecio por Talking Heads. Hay incluso una cita de ellos como prefacio del libro. Se trata, concretamente, de “And as things fell apart/ Nobody paid much attention”, de su canción (Nothing But) Flowers (incluida en Naked de, sí, 1988), que aparece junto a pasajes de Dostoievski y la experta en buenas maneras Judith Martin. Se alude jocosamente a que un personaje tiene entradas para unos tales Milli Vanilli y también adquiere gran protagonismo un largo pasaje en que el protagonista narra su experiencia en un concierto de U2, gira The Joshua Tree, en el que le cuelan. Tras su inicial desprecio ante el grupo irlandés, Bateman vive una epifanía en el momento en que, interpretando Bullet The Blue Sky, Bono le mira a los ojos mientras canta sobre Dios y el Diablo.

Como referencia cultural omnipresente también está el musical Los miserables, en pleno arrase en aquella época, y un grotesco programa televisivo matinal, el Show de Patty Winters, al que el antihéroe está enganchado. Pero prueba irrefutable de que American Psycho no ha perdido vigencia es que, en un juego perverso, es la misma obra la que ha sido recientemente adaptada a : se estrenó en Londres en 2013 y para marzo de este año está previsto su estreno en el Broadway neoyorquino. Obviando la, más bien olvidable, versión cinematográfica dirigida por Mary Harron en 2000, o incluso el proyecto de una serie de televisión que imaginaría a un Bateman cincuentón en la época actual, quedémonos con la duda de si Donald Trump aparecerá en el musical de Broadway. Y recordemos los dos eslóganes de la novela que, por cierto, inspiraron sendos títulos de disco a Nacho Vegas: Desaparezca aquí y, el inolvidable final, Esto no es una salida. Vigencia, pues, absoluta.

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A Bateman le regalan entradas de primera fila para ver a U2 poco después de que apareciesen en la portada de la revista Time (símbolo máximo de estatus y poder en aquel momento). El grupo no le interesaba en absoluto pero, durante el concierto, tenía una grotesca epifanía.

Las presencias alrededor de Patrick Bateman

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