La mesa del
Botafumeiro

by Toni Segarra

25 de julio de 1992. Un arquero poliomielítico prende fuego a una flecha y la dispara hacia el pebetero del Estadio Olímpico de Barcelona ante el pasmo y la incredulidad de un mundo asombrado.
Casi veintitrés años después cabe preguntarse qué maravillosa conjunción de acontecimientos  condujo a lo que en mi insignificante opinión es una de las ideas más gloriosas e inclasificables de las últimas décadas.
La respuesta obvia es pensar en el autor de esa idea: Carles Riart. Pero eso no hace más que aumentar la confusión. ¿Qué hacía un ebanista prodigioso trabajando para la Ceremonia de Inauguración de unos Juegos Olímpicos? ¿Quién pensó que podía aportar algo? ¿Qué loco peligroso le metió en ese asunto?

 
Pepo Sol

Para entenderlo hay que regresar a los ochenta y a Barcelona. Subir un mediodía cualquiera por Mayor de Gracia hasta el restaurante Botafumeiro. Entrar saludando al aparcacoches y a su gorra de plato, cruzar junto a las peceras atestadas de monstruos marinos, atravesar la descomunal barra gobernada con mano de hierro por el mariscal Arias, y justo donde la barra acaba y empieza el comedor principal, en la esquina, a la derecha, encontrarnos, detrás de una nube de humo, con su risa de demente, su mirada infantil y perversa, sus rizos hábilmente desordenados, su camisa desabotonada de cuello inverosímil y su americana oscura de Paul Smith.

Pepo Sol gobernaba el mundo desde esa mesa del Botafumeiro. Allá sentaba cada día a talentos de cualquier disciplina alrededor de croquetas de marisco y de bacalao con garbanzos. Encendía conversaciones cruzadas, provocaba, lanzaba retos imposibles, regalaba ideas magníficas con la generosidad del genio, y permanecía atento a la probabilidad de un chispazo que iniciase algo grande. Allí congregó a los mejores, pero también a los nuevos, a los que aún no habían demostrado nada pero habían despertado su curiosidad, su hambre de talento. Pepo fue el Lorenzo de Medicis de la Barcelona preolímpica, un lugar y un tiempo que aún no valoramos en su dimensión real, quizá porque nos pilla demasiado cerca.

Era natural que en esa mesa, y bajo su dirección, se gestara el mayor espectáculo del mundo.

En aquel momento la publicidad española se sentía huérfana tras la marcha de Luis Casadevall y de Salvador Pedreño de RCP, la agencia que habían fundado y que llevaba años siendo la referencia incontestable del buen trabajo en el país. Todos sabíamos que volverían, pero también sabíamos que su contrato con los hermanos Saatchi les impedía hacerlo antes de dos años.

Así que cuando empezó a circular el rumor de que Luis y Salva estaban trabajando para el concurso de las ceremonias de inauguración y clausura de los Juegos Olímpicos de Barcelona, sentimos que algo grande y extraño estaba pasando. Dos de los nuestros, los mejores, involucrados en el proyecto más descomunal al que se podía aspirar en aquel momento en el mundo.

Poco a poco se fue sabiendo que era Ovideo quien estaba detrás. ¡Ovideo! Una productora de publicidad con la que muchos trabajábamos con regularidad, gente como nosotros, colegas. Fue una revelación maravillosa darse cuenta de que podíamos hacerlo, que bastaba con estar lo suficientemente loco, que nuestro talento podía servir para algo más que para contar historias en veinte segundos. Y fue Pepo, desde una comprensión íntima y ambiciosa de lo que significa ser productor, quien gobernó ese proceso.

Sólo a él se le podía ocurrir juntar en aquella mesa a los dos mejores publicistas de la época, a Bigas Luna, al diseñador y ebanista Carles Riart, a Mariscal, a Els Comediants, al músico y artista Carles Santos, al Tricicle, a La Fura dels Baus, al joven e insolente Manel Huerga, al no menos joven y no menos insolente diseñador de moda Chu Uroz, y a todo aquel que sintiera próximo a una idea que sólo él tenía en la cabeza y que no era exactamente una idea, sino un pálpito, una corazonada, que podía cambiar de rumbo si lo que ocurría en la mesa entre el centollo y las cañitas de crema lo justificaba. De repente un día Pepo creía que Ryuichi Sakamoto era el hombre ideal para componer un himno. Y le llamaba. Y le convencía. Otro día imaginaba a Dennis Hopper en el proyecto. Y allí estaba. Al siguiente le parecía más que evidente que eso no podía hacerse sin Angelo Badalamenti. Y le subía al carro. Yo tuve el inmenso privilegio de participar, muy circunstancialmente, en aquel proceso, y confieso que nunca acabé de entender lo que pretendía. Algo que ahora, tanto tiempo después, me parece tan obvio…

Nos hemos acostumbrado a pensar en papeles con guiones perfectamente cerrados, presentaciones en powerpoint que delimitan ideas, maquetas impecables, certezas. Pepo, en cambio, entendía la creación desde su oficio de productor, y simplemente como el resultado natural de la intersección del talento adecuado con el proyecto adecuado. Las ideas acabarían surgiendo, se acabarían ordenando, se transformarían y mutarían, en un proceso que es justamente eso, un proceso. El proceso creativo.

Su mesa del Botafumeiro fue la idea central de esa ambición, el lugar al que atraer a toda esa gente para conocerles, para tentarles, para estimularles, sin que ninguno de nosotros entendiese bien lo que estaba pasando porque ni siquiera estábamos allí pensando que tuviera que ocurrir algo.

Visto desde esta época de revisión profunda de estructuras y hábitos, se hace evidente que Pepo descubrió que, adelgazando hasta el límite lo necesario, podía construirse el entorno perfecto para la creación. Apenas una mesa en un lugar agradable, y la gente adecuada alrededor. Podemos darle muchas vueltas, pero en verdad no necesitamos mucho más.

Pepo acabo organizando una presentación más o menos plausible que contenía en alegre algarabía un montón de ideas extraordinarias que construían un orden nuevo por la mera acumulación de su brillantez. Y se la explicó lo mejor que pudo al COI. La decisión salomónica fue proclamar dos ganadores, Ovideo y el equipo liderado por Luis Bassat.

A pesar de todo, la irresistible energía del trabajo surgido de la mesa del Botafumeiro consiguió imponerse a lugares comunes, burocracias y temores.

Es sólo mi opinión, pero aquellas ceremonias de Barcelona 92 no han vuelto a ser superadas. De hecho no son ni remotamente comparables. Fueron un huracán de frescura y de renovación que probablemente no haya sido todavía digerido y quizá no lo sea nunca.

Pepo era publicista y era productor. Y devolvió a ambos oficios una dignidad y un esplendor que deberíamos recordar y perseguir, sobre todo en estos tiempos en que nos atenaza hasta la parálisis una premonición de límite, de final de época, de apocalipsis. Él es mi antídoto contra la melancolía. Y no sólo él.

Ver hace unas semanas a Alejandro González Iñárritu recoger el Oscar a la mejor película me hizo sentir de nuevo el orgullo de pertenecer a una profesión que convoca desde hace mucho a gente de extraordinario talento.

Nadie aprovechó tanto esa certeza como Pepo Sol.