Viejóvenes

Por
Isabel Martínez

Cuando yo era pequeña, una serie de tv la petaba. Consiguió ser el show más visto de la televisión americana. No, no era V. Ni El equipo A. Ni MacGyver. Era Las chicas de oro. Cuatro yayas, precursoras de Sexo en Nueva York, que vivían en Miami. Hablaban de sexo, matrimonios entre gays, relaciones con discapacitados (en uno de los episodios, Blanche está preocupada por salir con un hombre en silla de ruedas) o trataban directamente el tema del SIDA,  en un momento en el que tener la enfermedad era ser un apestado.

En plenos 80, la serie fue una bofetada en la cara de un Hollywood obsesionado con la juventud y la belleza, y de una sociedad cuya meta era conseguir el éxito antes de que te saliera la primera cana. The Golden Girls descubrió a cuatro mujeres más jóvenes que sus nietas. Con motivo del treinta aniversario de la serie, el blog de moda Refinery 29, lanzó una encuesta para ver cuál de las cuatro era la más admirada. Obviamente, ganó Blanche Deveraux por goleada y por glamour.

En un Vogue Casa italiano del 2005, el fotógrafo Tim Walker me descubrió a otra glamourosa anciana, Mimi Weddell, una actriz que hizo su primer papel a los 65 años. Fue para Woody Allen en La rosa púrpura del Cairo. Después llegarían otros en películas como Big Fish de Tim Burton y, más tarde, las campañas para Vuitton, Burberry y Nike.  Comentando el documental sobre la vida de Weddell, Hats Off, una crítica del New York Times dijo que la pieza reflejaba a una actriz de 90 años dispuesta a trabajar 14 horas al día y luchar por un papel hasta conseguirlo”.

Pero no fue hasta la llegada de Iris Apfel que el mundo de la moda se rindió a la personalidad de estas jóvenes ancianas. Fue una crisis en el Metropolitan Museum lo que llevó a Iris al estrellato. La exposición que estaba prevista falló y alguien recordó que Iris tenía una de las colecciones de costura más importantes del mundo. Así que propuso centrar la exposición en ella. Lo demás es historia. Bergdorf Goodman imprimió la cara de la octogenaria en sus bolsas, Ari Seth Cohen la proclamó reina de su blog Advanced Style, en el que ancianas de Nueva York muestran al mundo su estilo, Bruce Weber la inmortalizó para Vogue y Dazed & Confused la sacó en portada vestida por Rei Kawakubo de Comme des Garçons. El documental tenía que llegar y lo hizo de la mano de su amigo, Albert Maysles, el artífice de Grey Gardens. Por desgracia, Iris no es ni la mitad de interesante que aquella maravilla inesperada sobre la decadencia, el brillo y la edad de Edith Bouvier Beale y su madre Edith Ewing Bouvier Beale. Lo mejor, sin embargo, es ver que Iris destila vitalidad. No teme a la muerte, pero no se quiere morir.

Cuando llegué a Nueva York, me interesó conocer a algunas de esas damas que han olvidado su edad como Apfel. Empecé por Tziporah Salamon, estilista, hija de un sastre judío que emigró a los Estados Unidos. Tziporah llegó de negro riguroso en un día demasiado caluroso para ese color. Ella nunca se casó y no tuvo hijos. Tiene muchos amigos, viaja por el mundo impartiendo conferencias sobre estilismo y, la verdad, no recuerdo qué edad tiene. Cuando le pregunté por sus planes me respondió: “los próximos proyectos son Tokio, después una semana impartiendo un seminario en L.A y otra en San Francisco. Vuelvo a NYC y a seguir”. Tiempo después, yo buscaba apartamento y ella me propuso ser su flatmate. Siempre me he arrepentido un poco de haber rechazado su propuesta.

La segunda Advanced Style que conocí fue Beatrix Ost. Me abrió la puerta de su casa del Hotel des Artistes y me enamoré al instante. Iba vestida de Yohji Yamamoto, llevaba el pelo lila y había diseñado gran parte del mobiliario de aquél lugar. Tenía en marcha más proyectos de los que puedo recordar. “Estoy acabando mi segundo libro, sigo creando las esculturas para galerías y ahora estoy tratando de hacer mi propio perfume, aunque no es fácil”, me dijo. Me habló de sus dos maridos. El primero, un artista que abrió uno de los clubs de jazz más míticos de Berlín. Pero la noche y las drogas le confundían y ella decidió “elegir vivir”. Con el segundo, se trasladó a Nueva York. Hablamos del pasado pero sobre todo, hablamos del presente. Quería vender aquella casa gigantesca del Upper West Side y trasladarse al East Village. “Allí es donde pasa todo”, afirmó.

Aquél primer encuentro, me descubrió a una mujer que hacía mucho tiempo que había dejado de pensar en cuántos años tenía. Tampoco le importaba cuántos tenía yo. “Me interesan las personas y lo que hacen”. Poco a poco, se ha ido forjando una amistad entre nosotras y puedo decir que una de las mejores cosas de vivir en Nueva York es tenerla cerca.

Calculamos la edad de las personas como calculamos la edad de un mueble. Hay seres de treinta que son putos zombies y personas de setenta que siguen creando y arriesgándose.

“Hacerse mayor” es una gran verdad. Ese verbo reflexivo donde uno mismo es el artífice de su ancianidad. En un sector creativo como la publicidad, es muy fácil “hacerse mayor”. Eres un viejo decrépito a los cuarenta. Aunque no lo seas, crees que lo eres. Lo que pasa en realidad es otra cosa: el miedo a pegarte la hostia, a perder la seguridad, tu dinerito, tu lugar. También los hay que solucionan su vejez con una cría de veintidós y un Porsche Carrera. Ambas cosas, muy útiles para acabar en la tumba antes de lo previsto.

Pero ni los más grandes se libran de la quema. A los noventa años, Picasso pintó la serie Mosqueteros. Un reconocido historiador de arte de la época resumió los trabajos como “garabatos incoherentes ejecutados por un viejo frenético en la antesala de la muerte”. Diez años después, el Guggenheim expuso las obras. La exposición atrajo a artistas como Jasper Johns, Andy Warhol o Keith Haring. El más joven de todos, Basquiat reconoció que pocas cosas le habían impactado tanto como aquellos garabatos. “Cuando me dicen que soy demasiado viejo para hacer una cosa, procuro hacerla enseguida”, decía el maestro malagueño. No parece un mal consejo.