Arkady Bronnikov, Russian Tattoo Criminal Police Files

Fuel, 2014

por Alexandre Serrano

Resplandores en la oscuridad:
los tatuajes del hampa rusa

En su Archipiélago Gulag, Alexandr Solzhenitsyn cuenta que en 1949 leyó un llamativo breve en una revista científica: durante una excavación en la región siberiana de Kolymá, se había hallado un filón de hielo subterráneo prehistórico y, atrapados en él, fósiles de tritones en un estado tan fresco de conservación que los presentes no dudaron en… romper el hielo y comérselos. El antiguo preso de campo de concentración comprendió inmediatamente la escena que se escondía tras esa noticia aparentemente simpática. Quienes se habían abalanzado perdiendo las formas sobre tan dudoso bocado no podían ser obreros o naturalistas a los que el ejercicio en la tundra había despertado un apetito repentino. Solo existía un tipo de hombre que conociera esa clase de urgencia animal: el zek, el condenado a trabajos forzados.

La anécdota es iluminadora, no ya porque nos deslice con vitriólica socarronería hacia un lugar en el que ocurrían cosas atroces, grotescas y casi inconcebibles, sino porque nos permite entender de un chispazo que ese era “un mundo aparte”, (como tituló Herling-Grudzinski su inmenso libro sobre la experiencia del gulag), un microcosmos que funcionaba con unas claves tan particulares que solo sus iniciados podían descifrarlas cabalmente.

Como enseña Solzhenitsyn, el sistema penitenciario ruso-soviético ha generado códigos de comunicación encriptada cuya lógica escapa al común de los mortales. Y es posible que ninguno resulte tan pintoresco y desconcertante como el de sus tatuajes carcelarios. La publicación el año pasado por la editorial Fuel de Russian Tattoo Criminal Police Files es, no obstante, una excelente puerta de entrada para familiarizarse con un lenguaje que ha servido durante décadas para identificar y establecer jerarquías entre los reclusos. Se trata de una selección de los materiales y fotografías que acumuló Arkady Bronnikov, funcionario del ministerio de interior de la URSS, precisamente con el fin de alumbrar esa zona de sombra.

Porque los tatuajes que ya desde época zarista vienen estampándose los reos por doquier, párpados incluidos, distan mucho de tener una función decorativa. Por el contrario, sirven como una fuente de información gráfica sobre el historial, el estatus y las inclinaciones de quienes los lucen. Los variadísimos diseños y la forma en que se entrelazan tienen un significado a la vez simbólico y concreto, y presentan un carácter que se mece entre lo burlón, lo poético y lo desafiante. Así, las cúpulas de iglesias representan el número de condenas sufridas, la Virgen María con el niño señala una iniciación en la delincuencia a edad muy temprana, el murciélago revela al ladrón nocturno, el monje escribano a quien es ducho con instrumentos afilados y una sirena indica que se está confinado por haber escuchado sus cantos (es decir, por violación).

También abundan los juegos de palabras y dobles sentidos: el tatuaje de Lenin corresponde a las iniciales en ruso de “líder de la revolución de octubre”: vor (ladrón), mientras que las imágenes o el nombre de Dios, Bog, no presuponen una especial devoción, sino que son el acrónimo de “volveré a robar” con el que se exhibe desprecio a cualquier promesa de reinserción. No todo es tan sencillo, claro está, pues también existe la polisemia y las recodificaciones. ¿Un ejemplo? El gato es a la vez un símbolo de la astucia, la divisa del carterista y la sigla de “nativo de la cárcel” que porta quien ha pasado más tiempo dentro que fuera de la llamada “zona”. Pero si el gato lleva un lazo puede querer decir que se ha llegado a componendas con la autoridad. Porque esa es otra: hay tatuajes que se hacen a la fuerza y como estigma.

Esa inclinación a grabarse de por vida unas marcas tan ostentosas y delatoras del paso por la prisión, por los medios más dolorosos e insalubres que se nos ocurran, puede quedar más allá del alcance de nuestro entendimiento. Sin embargo, ayuda saber que los tatuajes que recoge la obra de Bronnikov, como antes la no menos formidable Russian Criminal Tattoo Encyclopaedia del también funcionario penitenciario Danzig Baldaev y editada asimismo por Fuel, sellaban una adhesión. En gran medida, distinguían específicamente a los vory v zakone.  Estos “ladrones en la ley” eran delincuentes que, amalgamados por su larga experiencia en los penales siberianos, fueron desarrollando una forma de criminalidad organizada y constituyéndose como una sociedad paralela regida por reglas propias y excluyentes. Los tatuajes han sido, por lo tanto, una manifestación de pertenencia a esa casta especial, un modo oculto de reconocimiento y también la expresión de una ética invertida, que exalta la rebeldía ante el poder, un compromiso casi sacerdotal con el submundo del delito y el estoicismo ante el sufrimiento que requiere todo aquel que ha jurado no abandonar jamás la senda del crimen.

Con todo, la vigencia de este código en la Rusia contemporánea y las ex-repúblicas soviéticas se presume comprometida. La caída del socialismo y la emergencia de nuevas redes mafiosas transformaron el hampa y las relaciones entre sus miembros.  Y si bien el hábito de los tatuajes persistió,  como expone Alix Lambert en otro de los trabajos de referencia sobre la cuestión, el documental Mark of Cain, esos cambios comportaron un debilitamiento y pérdida de rigor en su uso. No solo por la proliferación de nuevos diseños con un valor meramente estético y carentes de un significado “legible”, sino por la corrupción mucho más grave de los tatuajes hechos por dinero a personas que no se habrían ganado el mérito de llevarlos y que falsificaban de esa manera su identidad criminal. Una transgresión que en los viejos tiempos era rara, fácil de delatar y podía acarrear la infamia y severos castigos, pero que hoy se habría tornado común e impune. El acto de poder sostener sin vacilaciones lo que dice la propia piel –ritual que aparece en la película de David Cronenberg Promesas del este y que juega un papel decisivo en su desarrollo- habría perdido la condición dramática que tuvo en su día.

El libro de Bronnikov documenta así una cultura que habría entrado ya en una fase de disolución. Mas por esa misma razón su valor se acrecienta. En un planeta que parece avanzar a marchas forzadas hacia lo indistinto –y en el que los tatuajes se han convertido en un cliché global, con motivos gratuitos que se reproducen de una punta a la otra del orbe– las primitivas águilas bicéfalas y catedrales ortodoxas, las dagas y las estrellas de ocho puntas que muestran sus fotografías nos devuelven la imagen de un mundo de contornos precisos y demarcaciones exactas justo antes de que empezara a desdibujarse. Son una afirmación de singularidad y resistencia a la nivelación. Y pese a la brutalidad y sordidez aberrante del medio que las engendró, vemos refulgir en ellas todo el esplendor y la belleza de la Forma.