“Seis grados de separación”, ya sabéis de qué va el juego, hombre: unir conceptos, personas, animales o cosas muy distantes en seis pasos que revelan qué todo puede estar conectado.
También es cierto que este pasatiempo a partir de una lectura lúdica de la teoría del caos está un poco superado. Ya está muy visto, sí, vale, de acuerdo. Así que ¿para qué quedarse ahora so lo con seis vínculos cuando se puede establecer un mapa de conexiones de… Un millón de grados de separación?
Es esta una Historia Universal (la que nos gusta a nosotros, al menos) contada a partir de los links. Miqui Otero se deja caer alegre e inconscientemente por el tobogán de la libre asociación de ideas en una chifladura holística por entregas.
Cada capítulo de esta epopeya tiene seis grados para respetar el referente original. Pero como rezaba aquel célebre claim de The Wire, “Everything is conected”:  el final de cada episodio de Un millón de grados de separación siempre será el principio del siguiente. Y así, y si nadie nos detiene antes, hasta el infinito.

ilustración por
Sergi Padró

Un millón de grados de separación


por Miqui Otero

Capítulo V

Donde se habla de la relación especular entre Arnold Schwarzenegger y Ronald Reagan. Y de lo cerca que este estuvo de la secta californiana más diabólica de la historia, gracias a su hija y a Dennis Wilson, el único de los Beach Boys que sabía surfear en una California que, por culpa de Charles Manson, se parecía cada vez más a la de la película Los surfistas nazis deben morir. Manson, fanático de Doris Day y de la canción Qué sera, será, que un tal Johnny Thunders presentó en España el día que perdió los papeles en una corrida de toros y que acabó vestido de torero con el rabo entre las piernas.

Un millón de grados de separación – O Productora Audiovisual

Solo hay un lugar donde no importa cuán estrambótica sea la profesión ni los antecedentes politoxicómanos, donde puede entrar gente de todo tamaño, raza y condición, donde se premia el sentido del espectáculo y se capitaliza la fama hasta tal punto que los humanos hablan de ellos mismos en tercera persona. Ese lugar no es América. Ese sitio no es Gran Hermano VIP. Ese paraíso es, en realidad, la carrera electoral para ser Gobernador de California.

Durante la campaña de 2003, Arnold Schwarzenegger era casi el candidato más cabal. Conocido por un perímetro torácico casi más grande que el estado que quería gobernar (154 centímetros) y reconocido según el Libro de Record Guiness como “El hombre más perfectamente desarrollado en la historia del mundo”, debatió y optó al puesto contra, por ejemplo, Gary Coleman (una ironía, ya que el diminuto actor afroamericano se había hecho de lo más conocido en países como España gracias a una serie titulada, precisamente, Arnold). También concurrían otros lumbreras como Larry Flint (magnate de la prensa erótica, paralítico tras sobrevivir a un intento de asesinato y diagnosticado como bipolar), Mary Carey (una actriz porno cuyo lema era “Los californianos las prefieren rubias” y que prometía sus servicios a cambio de votos) o Leo Gallagher (un cómico conocido principalmente por destrozar sandías y melones en el escenario).

Swarzie salió victorioso de esa contienda de semidioses griegos. Lo hizo, entre otras cosas, gracias a la frase que cerraba el anterior capítulo de Un millón de grados de separación. Finalizaba sus mítines con el legendario “I’ll be back”, de modo que finalmente no solo logró ser gobernador, sino que pasó a ser conocido como Governator, síntesis de gobernador y Terminator (Un pequeño inciso: el también ciclado candidato a las elecciones catalanas por Junts pel sí, Raül Romeva, debutó en el mundo de la narrativa con la novela Sayonara Sushi, probablemente un guiño a Terminator que pocos supieron ver).

La carrera política de Arnold había empezado mucho antes. Recordemos que ya presenció en España el golpe de estado de Tejero, nuestro terminator patrio con tricornio, pero su verdadero ídolo era otro: Ronald Reagan. También gobernador de California en su día, sin duda un actor con la amplia paleta de registros faciales del propio Arnold, ganó las elecciones a presidente de los Estados Unidos en 1980, el mismo año que Swarzenegger se hizo con la nacionalidad estadounidense y en que participó, primero haciendo llamadas y repartiendo flyers y luego recaudando fondos para el Partido Republicano, ya en las elecciones de aquel año.

Pese a que Ronald Reagan no es conocido por épicos papeles en el cine de acción, sí ha pasado a la historia gracias a frases dignas de aparecer en películas de James Cameron: “Si no quieren ver la luz, les haremos sentir el calor”. De hecho, Reagan se hizo con un lugar en la historia partiendo de un lugar poco prominente. Recuerden que en la saga Regreso al futuro, el doctor Emmet Brown, ante el dato aportado por Mcfly sobre quién ocupará la Casa Blanca años después, contesta: “¿Ronald Reagan? ¿Y entonces quién será el vicepresidente? ¿Jerry Lewis?”. Sin embargo, ese actor acomplejado acabaría bautizando al avión que usó en la campaña de 1980 con el nombre Libre Empresa II. Ni en Con Air se habrían atrevido a algo así.

Arnold ha manifestado en más de una ocasión que desde que ocupó el cargo de gobernador siempre se había hecho una pregunta cuando se enfrentaba al problema. Si Billy Wilder tenía un papel en su despacho donde se leía “¿Cómo lo haría Lubbitsch?”, él tenía otro con la leyenda: “¿Qué habría hecho Ronald Reagan?”.

Héroe entre héroes del capitalismo farlopero de Wall Street, Reagan casi vivió en apenas dos grados de separación la peor pesadilla hippy. Tocó a alguien muy cercano a Charles Manson, aunque quien lo tocó de verdad fue su hija: Patti Reagan.

Patti acabaría posando para la portada de Playboy, escribiría libros donde dejaba a caer de un burro a su familia y actuaría en series como Vacaciones en el mar. Sin embargo, uno de sus rasgos fue su fascinación  por los malotes: salió con Kris Kristofferson  y con Bernie Leadon, de The Eagles. Pero uno de sus amores fugaces fue Dennis Wilson, el único miembro de la banda californiana The Beach Boys que sabía surfear de verdad (y beber, también).

Nancy Reagan declaró en su día que era “la fan número uno” de Mike Love, ese otro beach boy ultraderechista y acomplejado que tuvo las santas narices de llamar a su hija Summer (Summer Love, amor de verano). Explica el biógrafo José Ángel González Balsa en la biografía Bendita locura, que el FBI llegó a investigar a esta banda aparentemente modélica y dictaminó sus “problemas con la bebida, divorcios y desarreglos siquiátricos”. Eso no arredró a Nancy, pero mucho menos a su hija. Ronald Reagan siguió pensando, a pesar de todo, que eran la banda californiana perfecta y los invitó con todos los honores a tocar en la celebración oficial del 4 de Julio de 1984 ante medio millón de personas. Luego les enseñó la Casa Blanca. Estaba tranquilo, porque Dennis ya no estaba en la banda y no podría esconderse en el baño con su hija Patti: había muerto el día de los santos inocentes de 1983.

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Dennis Wilson fue el más mujeriego, crápula, honesto y adicto de los Beach Boys. Quizá fue todo eso lo que sedujo a la joven Patti Reagan. Pero Dennis, a su vez, se había sentido fascinado por la gran bestia negra del sueño hippy. No Richard Nixon, no, sino Charles Manson. 

El batería conoció a Manson a mediados de 1968. Un día entró en su casa de Malibú y allí lo esperaba ese duende con cara de locatis. Dennis le preguntó si iba a lastimarlo y Manson contestó: “¿Crees que estoy aquí para lastimarte, hermano?”. Manson y muchas otras chicas de su Familia se instalaron en casa de Wilson como ese cuñado que viene de visita, se queda y pide demasiadas cervecitas. Perdió hasta 100.000 dólares, gran parte de ellos para comprar penicilina contra la gonorrea.

Manson tenía inquietudes musicales. Estaba obsesionado con la canción Helter Skelter, como es sabido, y acabaría grabando un álbum con alguna que otra inspiradísima canción. En aquella época, cuando eran amigos, le pedía una y otra vez a Dennis Wilson que le presentara a Terry Melcher. Según Manson, ese productor musical e hijo de Doris Day lanzaría de veras su carrera como cantante de folk.

Melcher no lo hizo, pero Manson no olvidó el gesto. Cuando el líder ocultista asesinó a siete personas en la Matanza de Cielo Drive, la Familia salió de la mansión de los Polanski, después de matar a su esposa Sharon Tate (embarazada de muchos meses), cantando el gran éxito de Doris Day: “Qué sera, sera; whathever will be, will be”. Una aparentemente alegre canción sobre un futuro que jamás se nos desvela musicó el fin del futuro hippy en los jardines de esa mansión de Los Ángeles. “Una omnipresente sensación de terror y paranoia se instaló sobre la ciudad”, escribiría el historiador cinéfilo Peter Biskind.

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Así se tiñó de sangre el sur de California, esa Arcadia pop del verano eterno con batidos de coco, fogatas en la playa y “tres chicas para cada chico”. Muchos años después, en 1987, se estrenaría una película relacionada con el surf y la muerte: Los surfistas nazis deben morir. Ambientada en un futuro post-apocalíptico (un terremoto ha arrasado toda la costa californiana), algunas bandas de surferos con pinta de volver de una rave en los Monegros se disputan el litoral. Los amos y señores son, sin embargo, los seguidores del gran Adolf y las caras de los surfistas Nazis más jóvenes recuerdan poderosamente a las de las acólitas de la familia Manson (esvásticas incluidas). La película, en un intento de la productora Troma por dignificar su cine (muy digno a su manera, en mi opinión), se estrenó en Cannes en 1987.

Pero retrocedamos un poco. Porque hay quien olvida quién había alquilado la casa de la matanza hollywoodiense más célebre al matrimonio Polanski. Fue Terry Melcher, el hijo de Doris Day. Charles Manson, ese tipo que acabaría en la cárcel con una esvástica tatuada en el entrecejo, fue la semilla del Diablo que abortó el sueño contracultural mucho antes de que los yuppies compraran su primer gramo. Esa Familia psicótica que abandonó la mansión de los Polanski berreando:

Now I have children of my own
they ask their mother what will I be
will I be handsome?
will i be rich?
I tell them tenderly
que será, será,
whatever will be, will be;
the future’s not ours to see.
que será, será,
what will be, will be.

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La relación con la sangre y la destrucción no acaba ahí. Johnny Thunders, antaño en la banda New York Dolls y también líder de los Heartbreakers, relanzó su carrera en 1985 con un álbum titulado, precisamente, Qué será, será. En esa época debía andar obsesionado con el idioma español, porque fue entonces cuando visitó Madrid para actuar en el programa cultural La edad de oro. En esa actuación vemos a un Thunders que, según la canción, se encasqueta un sombrero jienense (quizá acababa de descubrir el Tío Pepe) o un traje de luces verde y oro que le sienta como un guante a su complexión heroinómana. Mientras canta, por ejemplo, Just Another Girl disfrazado de torero, se dedica a gritar “olé” entre sipi y gapo. Parece más integrado con la cultura taurina que Ava Gardner (a quien solo le gustaba algo más que los toros: los toreros). Sin embargo, recientemente hemos sabido que horas después habría declarado el Planeta entero Ciudad antitaurina.

El ultrapersonal y divertidísimo critico musical Oriol Llopis, que entonces trabajaba en La edad de oro, lo explica bien en su libro de memorias La magnitud de la tragedia. Llopis era el Nick Kent patrio, una especie de Keith Richards que había posado desnudo en brazos de Salvador Dalí. Aficionado a los discos que hablaban, entre otras cosas, de heroína y a revender esos mismos discos de las redacciones donde trabajaba para conseguirla, Llopis fue detectado rápidamente por Thunders como su aliado: el crítico español se encargó de hacerle un Bienvenido, Mister Marshall en clave malasañera y punk-rock. Llegado el momento, Thunders, el malote que no se amilanaba ante nada, que solo temía al miedo, le insistió en que quería ir a los Toros. Llopis lo llevó a una corrida: “Cuando salimos de Las Ventas y fuimos hacia la furgoneta, Thunders, que era el rockero más duro del mundo, potó. Le pareció todo demasiado sangriento y desagradable”. Justo un mes después del episodio Thunders, La edad de oro quiso invitar a una banda más dura que Thunders. ¿Pero qué piedra es más dura que el diamante? ¿Quiénes fueron los elegidos? Los Chunguitos.

Los dados ya están cargados para la próxima tirada de Un millón de grados de separación.  Aún así, si queréis podéis apostar: ¿Quién saldrá? ¿Sex Pistols, Afrika Bambaataa y el caso Profumo?, o bien, ¿The Clash, Federico García Lorca y el Caso Dreyfus?