Selfie de la artista adolescente: Dickens, Joyce, Salinger y Kardashian ante la bildungsroman en el canon occidental

Por

Begoña Gómez
Urzaiz

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Selfish, Kim Kardashian
Rizzoli, 2015

No conviene dejarse engañar por la brevedad del texto, que debe sumar un folio y medio repartido en pequeños pies de foto a lo largo de 445 páginas, ni por el aspecto de ese texto, que utiliza una tipografía prima hermana de la Comic Sans. Selfish, el libro de Rizzoli que recoge varias décadas de selfies de Kim Kardashian, es en esencia una bildungsroman, una novela (gráfica) de formación, o más concretamente una kuntslerroman, el relato de formación de una artista. En este caso una artista contemporánea multidisciplinar.

Ignorando la vía abierta por J.D. Salinger en El guardián entre el centeno, con su famoso inicio a la contra –“Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás puñetas estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso” –, la autora prefiere ceñirse a los mimbres clásicos de la novela de iniciación establecidos por Charles Dickens en el título citado por Salinger y en Grandes esperanzas, y arranca su historia con su primer selfie , tomado con una cámara desechable en 1984, cuando tenía cuatro años. “Le puse a Khloé los pendientes de clip de mi madre y tomé una foto para capturar este recuerdo”, cuenta, estableciendo así las coordenadas de su infancia, que transcurre en el afluente suburbio californiano de Calabasas rodeada de su madre y manager (“momanager”) y sus hermanos Robert, Kourtney y Khloé, a los que se sumarían más tarde sus dos medio hermanas, Kylie y Kendall, y sus hermanastros, los Jenner. Empieza ahí su aprendizaje de vida y su búsqueda de un encaje en la sociedad.

“Los selfies en bikini
son mis prefes”
Kim Kardashian, 2015

Todo Tom Sawyer tiene su Huckleberry Finn y en Selfish este si dekick ajeno a la familia aparece pronto en la figura de Paris Hilton, primero amiga (“BFF”, incluso) y posteriormente antagonista (“frenemy”, en el lingo Kardashian). La autora le reconoce a Hilton haber ensanchado sus horizontes a una edad temprana: “Yo nunca había viajado hasta que conocí a Paris. Ella me enseñó todo un nuevo mundo”, escribe acompañando un cuarteto de fotos tomadas en “Italia, Alemania, Australia y Miami” en las que ambas posan abrazadas y con sonrisas confiadas.

En Retrato del artista adolescente, cristalización vanguardista de la kuntslerroman y señalada en la Enciclopedia Británica como la mejor novela de aprendizaje en lengua inglesa, el protagonista, Stephen Dedalus, se debate entre seguir las normas de la estricta configuración social católica irlandesa que representan su colegio, Clongowes Wood, y su tía Dante o rebelarse ante ellas. De la misma manera, en Selfish, Kardashian también exhibe tensión entre lo establecido y su propia naturaleza rebelde. “Sé que mucha gente probablemente considera que dejar que te peinen y te maquillen todos los días es tedioso pero yo amo todo el proceso”, confiesa, dejando claro que no es ella alguien que se amolde a las ideas establecidas. Todo ese pasaje, que es, con cinco líneas y media, uno de los más extensos del libro, contiene una profunda intensidad emocional. La autora abunda sobre la controvertida naturaleza terapéutica de los tratamientos de belleza y añade un toque de self-deprecation al notar que, en la foto que acompaña al texto, lleva puesto su amado chándal marrón de toallita de la marca Juicy Couture, emblema del estilo casual californiano de los primeros dosmiles, una prenda muy alejada de los Balmain y Givenchy que –el lector ya sabe– la heroína acabará luciendo.

Kardashian, que se presenta en la biografía de la solapilla de manera voluntaria, coqueta (¿e irónicamente?) escueta –“Kim nació y creció en Los Ángeles, donde actualmente reside con su marido y su hija” – sigue un orden estrictamente cronológico para narrar su aventura vital pero también incluye capítulos temáticos. Hay varias páginas dedicadas a los selfies de canalillo, a los belfies (de “back selfies” , autofotos de trasero), a los selfies en bikini, sus preferidos, a los selfies tomados en gimnasio y a las fotos de su mano, siempre luciendo su descomunal anillo de compromiso.

Al igual que hace Salinger con el episodio más doloro so en la vida de Holden Caulfield, la muerte por leucemia de su hermano menor Allie, Kardashian elide y a la vez alude (para el lector avispado) a algunos episodios traumáticos y significativos de su existencia. No aparece en Selfish el asunto de la cinta pornográfica que la lanzó a la fama –y sin embargo, sabemos que es el motor del resto y el motivo por el que la familia consiguió un reality show – ni su primer matrimonio con el jugador de baloncesto Kris Humphries, que duró setenta y dos días. De hecho, no aparece ninguna de las parejas anteriores a su actual marido, Kanye West. En un gesto de apropiacionismo en el contexto del debate sobre la intimidad, Kardashian sí que incluye los desnudos que se filtraron en el hackeado masivo de 2014 conocido comocelebgate”. “No pensaba incluir estas fotos en el libro pero las vi online cuando se hackeó la nube de Apple. No estoy furiosa. Se tomaron con Blackberry y yo no tengo iCloud ¡Es todo un misterio!”, apunta dejando abierta e inconclusa esa vía narrativa.

Quizá influida por Mary Karr y otras autoras de memorias feministas, que han reflexionado sobre el cuerpo de la mujer, Kardashian dedica el último segmento del libro a reivindicar su figura tras el embarazo y parto de su hija North West ­–“seis meses después del bebé y me siento sexy de nuevo” –. La propia North aparece en algunas fotos, como en el retrato ya clásico titulado Mañanas en Malibú, en forma de sinécdoque. So lo vemos de ella su frente recortada o el extremo de su cara, mientras que a su madre se la ve por completo y bien enfocada. Cuando los críticos señalaron en Internet el ninguneo que eso suponía para la niña, Kardashian replicó que simplemente le gustaba su look ese día y el bebé no era el tema.

Sin duda conocedora de los dos finales que Dickens creó para Grandes esperanzas, uno en el que Pip y Estella no acaban juntos, y otro más convencional y feliz, que Dickens reescribió por consejo de sus amigos Wilkie Collins y el escritor de gran éxito comercial en la época Edgar Bulwer-Lytton, Kardashian opta por esta segunda solución y cierra su novela gráfica de aprendizaje con una imagen de sus manos entrelazadas con, curiosamente, una sola de las de Kanye West el día de su boda, que se celebró entre Versalles y Florencia. Ha acabado la primera parte del trayecto y tan so lo queda ya esperar a la secuela, Selfie de la artista en su madurez.