Capote habla español: El Dorado de la crónica latinoamericana. – O Productora Audiovisual

Ilustración Manuel Clavero

Capote habla español:
El Dorado de la crónica latinoamericana.

Por Carlos Torres

El eco soviético de sus paredes y las toneladas de hormigón que levantan la facultad de periodismo de la Universidad Complutense no eran una casualidad. El edificio, en vez de ser el casco-escurridor de Quino, que evita las balas pero deja pasar las ideas, es un búnker granítico que tiene como única misión detener las nuevas corrientes. Pasé como alumno cinco años entre sus muros y nunca oí hablar de Gatopardo, El Malpensante o Etiqueta Negra ¿De qué sirven las facultades de periodismo si no es para señalar el inicio del camino en mitad de la selva? Lo más que hizo algún profesor decente fue recomendar a los alumnos la lectura de Noticia de un secuestro de García Márquez. Con suerte, los compañeros más inquietos crecieron leyendo a Mailer, escuchando la música camaleónica de Capote, perdiendo la voz al hablar de Talese o se abrasaron con el miedo y asco de Hunter S.Thompson. En aquella época caímos en la tentación de creer que cosas así sólo pueden hacerlas los yankIs en el New Yorker.

Sin bien es cierto que no convendría que cayéramos en el victimismo y apuntaláramos toda nuestra ignorancia en el pilar universitario. Primero, porque al parecer hay excepciones como, por ejemplo, la universidad Autónoma de Barcelona donde no ocurre así; y segundo porque gran parte de la responsabilidad es solo nuestra. Hoy en día existen suficientes herramientas a nuestro alcance para que un periodista que se precie conozca qué diablos pasa con la crónica que se hace desde México a Argentina. ¿Por qué entonces es tan reducido el público que conoce en España la no ficción latinoamericana? Sin excusa: a estas alturas de la globalización, hemos consumido demasiado tiempo en internet como para no haber llegado al periodismo narrativo y a las grandes voces que vienen de Latinoamérica. Al fin y al cabo, como decía Leila Guerriero en una entrevista en la cadena Ser: “el nuevo periodismo es más viejo que el hambre”. En España ya lo hacían Pla a principios de siglo o Chaves Nogales antes de la guerra. Aunque a este último muchos periodistas no lo conocieron hasta que Guardiola apareció en una rueda de prensa con su libro sobre Belmonte bajo el brazo.

Es incomprensible que si un lector disfruta de Cavar la tumba de JFK fue un orgullo de Jimmy Breslin, no vaya a poder paladear Sillerico, el hombre que viste a Evo, de Álex Ayala. Las dos crónicas buscan en la periferia las pistas que el hombre del momento ha dejado en su entorno: el hombre señor que entierra al presidente más famoso de Estados Unidos o el sastre que confecciona los jerseys de Morales que dieron la vuelta al mundo. La crónica es una gran océano donde el periodista se zambulle para descubrir que es importante rescatar del fondo. Además, no solo importa lo que se va a contar, también es imprescindible cómo se va a hacerlo. Así, si Hunter S.Thompson se implicaba hasta las últimas consecuencias en sus reportajes, no lo hace menos Gabriela Wiener en Swingerlandia: la peruana convenció al poco de casarse a su marido para que le acompañara a conocer cómo funcionan los clubes de intercambio de parejas para poder escribir la crónica. Pero no es el único ejemplo de que el periodismo que se hace hoy en día en Latinoamérica está a la vanguardia del género; porque si Gay Talese desnudaba toda una sociedad desde el constipado de Sinatra, el maestro Salcedo Ramos explica los entresijos de Colombia a través de La eterna parranda de Diómedes Díaz. El periodista colombiano tiene un instinto especial para encontrar a personajes e historias excepcionales: desde el secuestrado por las FARC hasta el árbitro que se atrevió a expulsar a Pelé. A veces parece que el realismo mágico se levanta de la tumba de Márquez.

 

¿Quiénes son y qué leer?

La crónica es hoy en día uno de los últimos refugios de la resistencia del slow journalism y los cronistas latinoamericanos son una especie de brigadistas internacionales que combaten desde sus respectivas trincheras al fascismo de la prisa. Salcedo Ramos, Mario Jursich o Juan Gabriel Vásquez por Colombia; Roberto Navia y Álex Ayala por Bolivia; Villoro por México; Leila Guerriero, Martín Caparros, Leonardo Faccio y Diego Fonseca por Argentina; Villanueva Chang, Gabriela Wiener, Daniel Titigner por Perú… Y también aquí, Claro: Ander Izagirre, Alberto Arce, la joven Virginia Mendoza y sus crónicas armenias… Son solo algunos de los nombres que deberían sonar en todas las redacciones de España. 

Si todavía no conociera nada de la crónica en castellano, escogería para estrenarme la recopilación que hizo para Alfaguara Diego Jaramillo o Mejor que ficción, el libro que trabajó para Anagrama el también cronista Jorge Carrión. Este último, además, ha publicado Los vagabundos de la chatarra (Norma Cómics), que junto a Los surcos del azar (Mondadori) de Paco Roca son dos de las crónicas gráficas más estimulantes escritas en castellano últimamente. El libro de Carrión cuenta además con un interesante Diccionario abreviado de cronistas latinoamericanos que puede resultar muy útil para que el lector explore por su cuenta nuevos caminos. Porque como el autor asegura en su prólogo: “la crónica no es un género, es un debate”.

Si después de este atracón de autores el gusanillo de la crónica siguiera vivo, seguiría por Los suicidas del fin del mundo. En este libro de Leila Guerriero editado por Tusquets, la cronista argentina intenta comprender por qué es tan elevado el número de suicidios en un recóndito pueblo de Argentina. Si os interesa este tipo de historias convendría teclear también en el buscador Las tribus de la Inquisición, la crónica sobre los pueblos de Bolivia donde todavía se producen linchamientos y por la que Roberto Navia ganó este año el premio Rey de España de periodismo.

El perfil del codo.

¿Leerías un perfil sobre el portero de tu escalera al que apenas conocías? ¿Atenderías a la biografía de José Tomas si no te gustaran los toros o a la disección de Joseph Stiglitz si no te importara lo más mínimo la economía? Como editor, ¿aceptarías publicar un perfil sobre el codo o sobre la lluvia? La respuesta es sí. Julio Villanueva Chang es el inventor del artefacto más memorable del periodismo en castellano: la revista peruana Etiqueta Negra.

Etiqueta Negra puede mirar a los ojos al New Yorker yanki sin tener que apartar la vista. En sus páginas han escrito Juan Villoro, John Lee Anderson, Susan Orlean y una alineación interminable de los mejores cronistas mundiales. No en vano, tres de los diez finalistas del premio Gabriel García Márquez de periodismo de este año han salido de sus páginas. Esto es así, en gran medida, por la obsesión de su director por trabajar los textos con los autores hasta que no queda ninguna arista que no se haya estrujado. Los cronistas que escriben en sus páginas son gente que compromete gran parte de su vida con el lector, como Leonardo Faccio que pasó meses llamando diariamente a la casa de Messi en Rosario hasta que un día su hermana le cogió el teléfono y le proporcionó más información en una charla que en cientos de miles de ruedas de prensa del diez del Barça. O Ernesto Ferrini, que no durmió durante un tiempo para bombardear a Cicciolina en una hora y cuarto de entrevista. Porque la crónica es un género para pacientes que trata de convertir en comprensible la tormenta de información a la que estamos sometidos permanentemente.

Etiqueta Negra, una revista para distraídos, de momento no puede comprarse en España, aunque es posible leer en abierto algunos de sus perfiles y crónicas o leer la versión digital a través de una aplicación del kiosko peruano. Hay otras grandes cabeceras como Gatopardo (México) o Soho (Colombia), que pueden comprarse a través de tabletas sin problemas u otras como El Malpensante (Colombia) o Revista Anfibia (Argentina), cuyas respectivas páginas web ofrecen algunos de sus trabajos en abierto.

El camino español

Aunque el género de la crónica vive un breve auge en las librerías, en España todavía está muy lejos de las cuotas que alcanza en Latinoamérica. Todavía no tenemos una gran revista que apueste cien por cien por el género. Pero, por suerte, el catálogo de Libros del K.O., la apuesta por la recuperación de los clásicos por parte de Libros del Asteroide o la decisión de Pepitas de Calabaza de editar en nuestro país a Salcedo Ramos son noticias que señalan una buena dirección. Además, la irrupción de Limónov de Carrère o la corriente de no ficción por la que se han movido autores como Javier Cercas o Muñoz Molina con sus últimos libros, auguran un futuro un poco menos precario para el género. Si bien Jot Down y El País Semanal publican de tanto en tanto alguna crónica entre sus páginas, existen buenos reportajes en revistas como El Estado Mental o Tinta Libre y hasta el diario El Mundo tiene una sección para ellas cada domingo. El problema aquí, no es tanto la falta de periodistas con aptitudes para el género, como la dificultad de convencer a un periódico de que financie el trabajo que supone una buena crónica. Motivos para confiar existen, pues bastaría citar que el navarro Daniel Burgui ha sido nominado para el García Márquez de periodismo por su reportaje Mi marido me secuestró, que el vasco Ander Izagirre ganó el último Premio Europeo de Prensa al reportaje por Así se fabrican guerrilleros muertos o que Alberto Arce se alzó con el galardón Overseas Press Club por su cobertura en Tegucigalpa (experiencia que puede revivirse en su libro Novato en nota roja), para ver lo rentable que puede salir al periódico confiar en narradores con calidad y oficio. En Barcelona se editó hasta su cierre la maravillosa revista Orsai del argentino Hernán Casciari y los nuevos tiempos del crowdfunding invitan a pensar que por el horizonte se acercan nuevas apuestas. Así que, lector, que no te den premura por observación, anécdota por experiencias, viral por análisis o impacto por estética. Nosotros también somos parte del problema, en estos tiempos veloces es nuestra responsabilidad exigir crónica.