“Seis grados de separación”: aquello de unir conceptos, personas o sucesos muy distantes en seis pasos que revelan qué todo puede estar conectado.
Quizá este pasatiempo a partir de una lectura lúdica de la teoría del caos ya está un poco superado. Por eso, en lugar de seis vínculos, estamos trazando un mapa de conexiones de… ¡Un millón de grados de separación!
Esta es una Historia Universal De Todas Las Cosas contada a partir de los links. Miqui Otero se deja caer alegre e inconscientemente por el tobogán de la libre asociación de ideas en una chifladura holística por entregas.
Cada capítulo de esta epopeya tiene seis grados para respetar el referente original. Pero como rezaba aquel célebre claim de The Wire, “Everything is conected”: el final de cada episodio de Un millón de grados de separación siempre será el principio del siguiente. Y así, hasta el infinito.

ilustración por
Sergi Padró

Un millón de grados de separación


por Miqui Otero

Capítulo II

De cuando GG Allin, el rey del punk escatológico y el mejor amigo de Pogo, el payaso asesino, murió poco después de ver un documental sobre su vida firmado por el director de Resacón en Las Vegas; ese que también empleó a Brody Stevens, el stand-up comedian maniacodepresivo que quiso retransmitir su suicidio por Twitter, sin que ninguno de sus amigos, como la cómica judía Sarah Silverman, hiciera nada. Ella prefería centrarse en componer canciones sobre idilios con Santa Claus. Y chistes sobre la religión estadounidense, la que pretende abrir franquicias de McDonalds dentro de iglesias. Una de las obsesiones de Wesley Willis, creador del himno Rock and Roll McDonalds, el músico mendigo que saludaba a sus fans (Evan Dando o Jello Biafra, entre otros) con un cabezazo y que llegó a aparecer en un cómic de Wonder Woman.

Y la Segunda Venida se dará en el Memorial Weeks de New Hampshire. Y su nombre será Jesus Christ Allin y, bienaventurados los pobres porque tomarán al asalto el Reino de los Cielos, vivirá durante desde 1956 en una cabaña de madera sin agua ni luz eléctrica. Crecerá entre animales y con su hermano. Y su hermano lo rebautizará.

Sí, y contraerá la enfermedad de Lyme. Y luego emprenderá una de las carreras más locas de la historia del punk. Y el protagonista de este Segundo Advenimiento elegirá selectos temas para sus letras: cropofagia, pedofilia, racismo. Y su nuevo testamento será un manifiesto y arrojarán sobre su misión los más gruesos desprecios. Porque a GG Allin, llamado así porque su hermano no sabía pronunciar Jesús (nombre que le puso su padre, un fanático religioso que decía haber tomado una caña con Jesucristo) y pronunciaba Jeje, lo arrestaron y lo metieron en la cárcel.

Este segundo mesías pasaría a la historia gracias a una caja de laxantes. Allin la compró de viaje a uno de sus conciertos. Y esa noche de 1985 decidió sublimar el acto panteísta total. Al final de la actuación, su esfínter se convirtió en una especie de aspersor versallesco y roció todo el escenario con sus heces. A renglón seguido, se rebozó con ellas. A partir de entonces, decidió incorporarlo a su chistera de trucos. Lo haría en la gran mayoría de sus conciertos. 

Encarcelado y liberado, amado por los fans que le escupían, el monarca calvo del escato-punk, este cropófago ocultista amigo de varios asesinos en serie, en especial del payaso asesino Pogo, falleció discretamente. Mientras dormía como un angelito. Volvía de ofrecer un concierto en una gasolinera vacía (le cortaron la luz a la segunda canción y se dedicó a pasear por la carretera como Adán antes de ponerse la hoja de parra), tres días después de asistir al estreno de una película sobre su vida y obra. Murió por una sobredosis en un apartamento neoyorquino, pero sus socios de juerga no se dieron cuenta, así que se hicieron varias fotos con él, en el que quizás sea el primer caso de selfie necrófilo (mucho antes de la existencia del portal selfiesatfunerals, cuyo creador tuvo que cerrar –cómo no hacerlo– después de que Obama se hiciera uno en el entierro de Nelson Mandela).

Esas últimas fotos son su gran legado, junto con el documental que había visto hacía unas horas: Hated: GG Allin and the Murder Junkies, de un tal Todd Philips. La figura de Allin inspiraría a númerosos activistas locatis y a bandas de punk con cierto apego a sus propias heces. Habría, en definitiva, resaca de Allin, el showman total del subsuelo: fascinó a Beck, a Faith No More o a los Lemonheads, que lo versionaron. O al director de su documental, que quizás inspirado en la sensación de grabar a Allin acabaría firmando la trilogía cómica y palomitera Resacón en Las Vegas.

En Las Vegas, cuna del Rat Pack, Celine Dion y Tom Jones (ese hombre que afirma haber desgarrado al menos 254 vaginas; su canción What’s new pussycat? suena más tenebrosa que cualquier himno de GG Allin después de conocer ese dato), suceden muchas cosas. Todo lo que sucede en Las Vegas se queda en Las Vegas. Menos el herpes, como dice alguien en la saga Resacón en Las Vegas, de Todd Philips. Uno de sus protagonistas, Zach Galifaniakis, tiene a gala ser amigo íntimo de un tipo aún más peligroso que Allin. Son muchos los stand-up comedians que han perdido la cabeza. La perdió Lenny Bruce, que acabó recitando en escena sus fallos judiciales y sus detenciones policiales, pero mucho más todavía un tal Brody Stevens. Este cómico, nacido en 1970 y criado por una familia de judíos del Suroeste yanqui, se rebotaba contra el público cuando no reía sus chistes e hizo de la incomodidad violenta su forma de humor. La gente se reía cuando él no hablaba, cuando pataleaba, casi se reía de él y no con él (lo mismo que suelen decirle las madres a su hijo que patalea en la calle: “no llores, que se están riendo de ti”; casi una invitación a los comportamientos paranoicos). Su amigo Galifianakis consiguió colarlo en las dos primeras entregas de la saga Resacón, pero su fama no acabó de despegar (él citaría al Albatros de Baudelaire, cuyas alas son demasiado grandes para emprender el vuelo).

Todo sucedió en una semana. Stevens decidió dejar de tomar sus ansiolíticos, así que pronto brotaron todos los síntomas de pensamiento acelerado, falta de sueño y delirios de grandeza mesiánicos (a lo Allin, de hecho). El problema es que vivimos en la era de la auto-ficción cómica y del narcisismo chalado. Así que decidió retransmitirlo en su cuenta de Twitter: “Dos horas de sueño de las últimas 40. Soy más grande que #Hollywood!!!!” Exacto. Se creía invencible y así se lo comunicaba al mundo en docenas de tuits por minutos repletos de hashtags. También subía vídeos donde hablaba a cámara con ojos de muñeca hinchable insomne y hacía flexiones para demostrar su vigorexia mental y física. Muchos creyeron que esa maniobra kamikaze era irónica. Así que no hicieron caso. Él, a lo suyo, ajeno a debates sobre el post-humor, empezó a retransmitir amenazas de suicidio. Seis largos días de espiral. Galifianakis, su gran amigo, se sentía medio culpable: decía que era lo más gracioso que había visto en mucho tiempo, aunque se permitía bromear con que había instalado una verja en su casa por si las moscas. La barba pobladísima, constelaciones de capilares rotos en su cara, Brody seguía retransmitiendo el serial Brody Es Más Grande que la Vida. Solo ante la última amenaza de suicidio, la poli lo arrestó y lo encerró 17 días en un psiquiátrico. De esa experiencia (material de archivo sobre ese brote altamente documentado lo había) surgió Enjoy It!, serie de la HBO producida por el propio Galifianakis. En sus stand-ups, anteriores y posteriores, Brody predica en el desierto: “Podríais reíros un poco… ¡Estoy aquí solo, joder!”, le gritaba al público. Y el público correspondía con una risa.

Entre los amigos que aparecen en esa serie destaca la cómica judía Sarah Silverman, una mujer capaz de dar amor a tergo (esto es: tirárselo por detrás) a un queso en escena. Ella tampoco supo cómo reaccionar ante la hipomanía de Stevens. Quizás porque su cabeza es también la jaula de un pájaro azogado. En su película Jesus is Magic, de 2005, le cantaba, por ejemplo, a Santa Claus:

If you bring me a toy to open Christmas morning,
I’ll let you be my boyfriend, all bearded fat and horny,
Oh yea.

Pues sí, “give a jew girl a toy”. Las canciones tórridas con Papá Noel son casi un subgénero especialmente atractivo que arranca con el himno I saw mommy kissing Santa Claus, cantada por el Ruiseñor del Mississippi Jimmy Boyd (por cierto: empezó a cantar para ganar dinero para que su madre, la que se encariñaba con el barbudo, se operara de cataratas). Los temas de Silverman subliman ese subgénero, pero la cuestión es que la cómica ha hecho de la sátira religiosa su principal baza.

Y no es fácil. No lo es. No lo es cuando uno descubre infinidad de subculturas religiosas en EE UU. Todas ellas quedan muy bien retratadas en la película American Jesus, del catalán Aram Garriga. Una road movie demencial donde asistimos ojipláticos a iglesias anti-porno que usan la retórica del porno, congregaciones de strippers de Las Vegas, Motoristas de Cristo, cultos impulsados por comediantes de stand-up, Museos del Creacionismo, forzudos a lo Pressing Catch que divulgan la palabra, parroquias que cambian el góspel por el heavy metal y también marxistas que emplean el góspel (y la retórica de la ultraderecha cristiana) para boicotear el consumismo. La religión convertida en cultura pop y viceversa.

Hemos hablado de Las Vegas, de segundos mesías, de payasos asesinos y de lo genuinamente americano. También de cristianismo hereje y de congregaciones delirantes. Llaman a la puerta. Hola de nuevo, Ronald McDonald.

Incluso los stand-up comedians se basan en tres vectores para realizar sus críticas: liberalismo, libertad de expresión y protestantismo (conversación directa con Dios). Bien, pues en ese cruce está la gran idea: la Primera Iglesia McDonalds.

Paul Di Lucca, lumbreras y director creativo en la agencia religiosa Lux Dei Design, está reuniendo fondos para levantar una franquicia de la marca dentro de una Iglesia. Big Macs vs. Hostias Consagradas. Su crowdfunding esperaba lograr el millón de dólares necesario y en unos días ya había recaudado más de 100.000. No es un acto de fe, no: las cuentas salen. Tres millones de personas abandonan sus comunidades religiosas cada año y 10.000 iglesias habían cerrado en 2013. En cambio, setenta millones de personas se zampan alguna comida de McDonalds cada día.

Seguramente nos cruzaremos con la idea de rock and roll católico (otra subcultura) en otro punto del camino. Pero si hablamos de McDonalds no podemos no mencionar el gran himno underground dedicado a McDonalds: Rock and Roll McDonalds.

McDonalds is the place to rock
It is a restaurant where they buy food to eat
It is a good place to listen to the music
People flock here to get down to the rock music 

Rock and Roll McDonalds
Rock and Roll McDonalds
Rock and Roll McDonalds
Rock and Roll McDonalds 

McDonalds will make you fat
They serve Big Macs
They serve Quarter-Pounders
They will put pounds on you

¿El autor de esta maravilla? Una pista: pesaba 150 kilos. Otra pista: no era Barry White. Ahora algunas pistas más.

Era un homeless que armado con un Casio de segunda mano comprado en KMart se ganaba las perras para gastárselas en McDonalds en las calles de Chicago. También coleccionaba relojes. Y también libros sobre animales: cada vez que conseguía uno le dedicaba una canción de amor-erotismo (inventó un nombre para ese subgénero: bestiality songs). Le dedicaba canciones a dibujos animados que estaban poco animados y a superhéroes que eran fustigados con látigos y a Casper (un fantasma homosexual muy divertido) y a Alanis Morrisette. También a Kurt Cobain.

Ese hombre, esquizofrénico y amante de las montañas rusas (cuántas pistas), esa especie de cruce entre Daniel Johnston, Cañita Brava y Screaming Lord Sutch, se llamaba Wesley Willis. Vendía los cedés que grababa en la calle. En esa misma mesa ofrecía también dibujos: de buses, de trenes, de transportes (dibujaba estaciones de tren enteras de memoria, hasta el último detalle).

Esto es un cuento de hadas, aunque no lo parezca. Lo descubre Rick Rubin, el primer DJ de los Beastie Boys (también el primer productor de Run DMC y el resucitador de la carrera de Johnny Cash) y le edita dos discos en 1996. Sigue componiendo: sobre las termitas que se comieron sus casas, sobre Arnold Schwarzenegger, sobre la necesidad de cortarse el mullet (de ir al barbero para dejar de sentirte miserable y ridículo).

Fans, cada vez más fans. Sería fácil que Willis, el muñeco michelín afroamericano del art brut, nos diera el paso a otro personaje famoso. Por ejemplo, a Jello Biafra, de los Dead Kennedys, que dijo de él que era la persona más valiente y punk que había conocido y que lo fichó para su sello. Cuando falleció a los 40 años, Biafra escribió un obituario: “Espero que en el cielo encuentre Hendrix y a su amado Otis Redding… Y que evidentemente ellos sean sus teloneros, y no al revés, en un gran concierto”.

También sería fácil que Willis fuera la puerta para rematar este viaje con alguien poderoso. No con Ronald McDonald. Tampoco con Ronald Reagan. Porque el caso es que el culto a este cantautor mendigo de casiotone creció hasta merecerle un cameo en un comic de Wonder Woman firmado por Brian Azzarello (aparece como hermanastro de la súper-heroína).

Pero no es en un disco ni en una viñeta ni en el verso de una canción donde reside este último salto. No, es en su frente. En un boño de su frente. En un enorme chichón. Wesley Willis era tan efusivo que cada vez que saludaba a uno de sus fans lo hacía propinándoles un cabezazo. Un testarazo de amor. Con el tiempo, un moratón y un bulto se instalaron permanentemente en su cabeza.

Ese bulto es el agujero de gusano que nos lleva de una calle de Chicago a otra de Barcelona. Ese bulto, ese bulto que lució también, algunos años antes, un héroe oculto del Paralelo de los cincuenta: Tarrés, Cabeza de Hierro.

Joan Tarrés, la Cosa del Clot, la Masa de Barcelona, el Hulk Hogan del Paral.lel.

En el próximo capítulo: Tarrés, Barbarella, Max Headroom, Duran Duran. ¿O era La Sansona del siglo XX, Modesty Blaze, Jools Holland i Spandau Ballet? Ay, ahora no nos acordamos…