YSL’S
LE SMOKING

Las game-changing fotos de la rue Aubriot, la calle en la que Helmut Newton llevaba viviendo catorce años y en la que tomó estas fotografías, según él, con espíritu paparazzi, sin añadir más luz a la que ya había en la calle.

EL ESMOQUIN COMO
SÍMBOLO

Hay una anécdota que no sé si es cierta o no, pero me entusiasma. Se dice que, en una cena, una diseñadora le dijo a Karl Lagerfeld: “En nuestro mundo, el del arte…”. Y el káiser le contestó: “Ah, ¿pero ya no haces vestidos?”. Yo, como él, no considero la moda un arte. No creo que a nadie le haya cambiado la vida un desfile, ni que le haya cuestionado su forma de ver el mundo, ni que le haya hecho conocerse más a sí mismo. La moda, creo, forma parte de las artes menores. Se puede disfrutar del trabajo de un diseñador, por supuesto, pero de la misma manera que se disfruta del Museo de las Artes Decorativas. Dicho esto, hay que reconocer que ha habido épocas y circunstancias en las que la moda sí se ha acercado al arte: cuando ha establecido alianzas puntuales con el movimiento de liberación femenina y ha tenido verdadera trascendencia social; años en los que una simple minifalda o un traje chaqueta podían convertirse en una declaración política. A esta categoría pertenece el esmoquin femenino de Yves Saint Laurent.

En su fascinante biopic sobre el diseñador francés Saint Laurent, frío y hermoso como una modelo de haute couture, Bertrand Bonello da vida en una secuencia callejera y nocturna en plano fijo a la mítica foto sin flashes de Helmut Newton para Vogue París: la modelo danesa Vibeke Knudsen (todo inaccesibilidad, todo dandismo y todo autoconfianza) luce Le smoking junto a otra modelo completamente desnuda en un callejón del Marais parisino. Una imagen icónica que, en 1975, consolidaba la versión femenina del traje de etiqueta masculino como un hito cultural. Sin embargo, cuando esta prenda vio la luz nueve años antes de la foto, su recepción fue bastante tibia. La prensa y las clientas torcieron el morro ante la pirueta estética de Saint Laurent.

Hay que decir que tampoco en 1966 era la primera vez que una mujer se vestía con una americana y un pantalón de hombre. En 1930, Marlene Dietrich los lució en un número musical de Marruecos, una de las barroquísimas películas de Josef Von Sternberg. E incluso antes, a finales del siglo XIX, la legendaria actriz francesa Sarah Bernhardt se atrevió a ponerse pantalones en el escenario, un pequeño escándalo en la época. Coco Chanel, asimismo, fue otra pionera del look andrógino con sus pantalones de navegación, que primero llevó ella misma y luego todas las mujeres que admiraban su estilo (Katharine Hepburn o Greta Garbo, entre ellas).

El esmoquin como símbolo – O Productora Audiovisual

Greta Garbo, las garçonnes y Coco Chanel: pioneras del pantalón

La androginia se puso de moda en los años veinte, cuando la I Guerra Mundial y la gripe española mermaron considerablemente la población. La proporción de mujeres en relación con los hombres era de tres a uno. Muchas chicas sabían que nunca encontrarían a un hombre, así que ¿por qué no hacer lo que hacían ellos? Trabajar, beber, follar sin compromiso…

Las chicas-soltero, como se conoció a esas pioneras de la liberación femenina, se vendaban los pechos, se cortaban el pelo a lo garçon y disimulaban sus caderas con ropa de cintura recta. Las garçonnes eran casi todas de clase alta, porque eran las únicas que podían permitirse semejante rebeldía. En su caso, adoptar un look masculino tenía un valor de protesta y a algunas les prohibieron la entrada en establecimientos públicos. Poco después, en Hollywood, Greta Garbo y la Dietrich recogían el testigo y empezaban a lucir pantalones como prenda de día.

El impacto del look andrógino, pues, estuvo durante mucho tiempo reservado a la élite. La verdadera revolución empezó en 1961, cuando se comercializó la píldora anticonceptiva. Se inauguraba así una nueva etapa en la que todas las mujeres, sin distinción de clases sociales, pudieron decidir por primera vez sobre su maternidad. Paralelamente, en el ámbito laboral algunos techos de cristal parecía que empezaban a resquebrajarse. Así que la impresión general era que las jóvenes de los sesenta comenzaban a dejar de depender de los hombres y a ser dueñas de sus propias vidas.

El esmoquin como símbolo – O Productora Audiovisual

Laren Bacall y Catherine Denueve sí entendieron qué pretendía YSL a la primera

En ese contexto social vivía el selecto público que llenaba el taller del número 5 de la avenida Marceau, cuando Saint Laurent estrenó Le smoking en 1966 dentro de la colección Pop art. En primera instancia lo consideraron una provocación, pero solo en primera instancia. Para que un diseñador de moda trascienda, tener talento no es suficiente. También es necesario que sea capaz de imponer su visión a las necesidades de la época, de tal forma que las modas que antes se hubieran considerado un ultraje se conviertan en una necesidad. Es el diseñador el que crea la necesidad, siempre y cuando esta refleje los deseos inconscientes del momento.

En 1966, los jóvenes empezaban a ser protagonistas de una revolución social que llevaba años palpitando y la distinción de género en la moda juvenil se estaba difuminando. Chicos y chicas se dejaban crecer el pelo y llevaban camisetas, collares y vaqueros. Asimismo, los avances feministas cuestionaban cada vez más la idea de que el propósito en la vida de una mujer era ser esposa y madre. Por todo ello, el esmoquin femenino reflejaba el espíritu del momento. Hablaba, desde la alta costura, de un nuevo modelo de mujer. Una mujer con más poder. Más que una prenda, pues, el esmoquin era un símbolo.

Las primeras críticas fueron malas, pero a varias famosas de la época no les importó. Lo lucieron la fiel Catherine Deneuve, Liza Minnelli, Bianca Jagger y Lauren Bacall. Saint Laurent siguió interpretando el esmoquin a lo largo de su carrera y las mujeres lo adoptaron como un arma de lucha feminista. Diane Keaton, Madonna, Tilda Swinton, Angelina Jolie, Cara Delevingne Todas lo han llevado en algún momento de su vida. Mención especial para la gran Patti Smith, que lo eligió para la portada de su revolucionario Horses en otra fotografía mítica también de 1975, aunque en este caso realizada por Robert Mapplethorpe.

50 años después de aquel alzamiento desde la elegancia, el esmoquin sigue siendo una de las prendas más libres del armario femenino. Desprovisto ya de carga política, ha quedado como un ejemplo de elegancia y sensualidad. Como dijo el gran Yves: “El esmoquin tiene que ver con el estilo, no con la moda. La moda va y viene, pero el estilo es para siempre”.

El esmoquin como símbolo – O Productora Audiovisual

Aunque Greg Kot dijo de este look que era una mezcla de “Baudelaire y Sinatra” y Camille Paglia lo celebró como “una de las más grandes fotos que se han hecho nunca de una mujer”, Patti Smith le quitó hierro al icono asegurando que “no se trataba de ninguna declaración de principios, sino simplemente de la manera en la que solía vestir habitualmente”

El esmoquin como símbolo – O Productora Audiovisual

En galas y saraos de alfombra roja y photocall, Diane Keaton, Madonna, Tilda Swinton, Angelina Jolie o Cara Delevingne consideraron que llevar smoking era una gran ocasión para el power statement femenino