Pier Paolo Pasolini
Sobre el deporte

Monty Python imaginaron que en un partido de fútbol entre filósofos la pelota permanecería en el círculo central hasta que alguien como Sócrates tuviese una idea. Aquel era un partido en el que la mente estaba siempre por encima de lo físico, como dos entes incapaces de reconciliarse.
      “Los deportistas están poco cultivados, y los hombres cultivados son poco deportistas. Yo soy una excepción”. Con estas líneas se abre Sobre el deporte, el libro de Pier Paolo Pasolini dedicado al deporte, en general, y al boxeo, a las Olimpiadas y al fútbol en particular.

Por Violeta Kovacsics

Resulta curioso: Pasolini veía el deporte como veía el cine. Su relación con el fútbol es puramente pasional, es filósofo a la vez que hincha. Sus textos se sitúan siempre del lado del equipo pequeño y se interesan por el deporte en cuanto ejercicio físico que alimenta el espíritu. Su visión de las Olimpiadas que tuvieron lugar en Roma en 1960 es profundamente crítica y se alinea siempre con lo social. No en vano, él mismo fue extremo izquierdo.

De ahí que resulte complicado trasladar los textos de Pasolini a la realidad contemporánea de un deporte como el fútbol, dominado de manera exacerbada por la mercadotecnia, apartado, arrancado, diría, de las manos del aficionado, que cada día observa a las figuras de su equipo a mayor distancia, separadas por más filtros y barreras. Hoy, un jugador como Cristiano Ronaldo parece un personaje creado por ordenador. A veces, incluso, parecería que los jugadores no sudan. No desprenden olor. Me pregunto si pueden, de alguna manera, despeinar sus cabellos abrillantados.

Este es el ejercicio que propone Javier Bassas en su postfacio del libro: actualizar las ideas de Pasolini. Así que juguemos a la crítica-ficción. Cuando el director de Accattone escribe sobre las Olimpiadas de Roma, lo hace desde una crítica social en plena sintonía con el momento actual. Se trataba y se trata de un momento de crisis, económica y social; y unas Olimpiadas solo servirían de parche. Cuando Pasolini se refiere a su equipo, el Bolonia, lo hace desde el aprecio por la vocación humilde del club. Así, no sería extraño imaginar un Pasolini fascinado por la hazaña del Club Deportivo Mirandés, que en la temporada 2011-2012 se plantó en las semifinales de la Copa del Rey, con un goleador, Pablo Infante, que durante el día trabajaba en un banco. Bueno, quizá a Pasolini no le hubiese gustado lo del banco. Su relación con el deporte se construye sobre una profunda contradicción: la pasión por el ejercicio físico y por la competición y el desagrado de un negocio cada vez más aparatoso.

Aquella temporada, el Mirandés cayó en semifinales contra el Athletic de Bilbao, que a su vez perdió la final contra el Barça de Messi y de Guardiola. En uno de los pocos pasajes de Sobre el deporte en los que Pasolini se refiere a la táctica del fútbol, el director se refiere al catenaccio. Para Pasolini, el catenaccio es sintaxis, es sistema, es prosa. El contraataque, el gol, la jugada individual es poesía. Sin embargo, el contraataque también puede ser sistema. Y sin duda, algunos sistemas nos han reservado momentos verdaderamente poéticos, como aquel Barça de Guardiola, en el que el juego colectivo que Pasolini vincula con la prosa estaba dispuesto para que el rondo cobrara el carácter y la finalidad de un dribling.

En 2010, Jean-Luc Godard incluyó en su película Film Socialisme un plano de Andrés Iniesta en un partido del Barça contra el Manchester United. En una entrevista concedida a un medio francés, el cineasta analizaba y ensalzaba el Barça de Guardiola a la vez que anunciaba su decadencia. Godard nunca fue extremo izquierdo. Seguro que ni siquiera ve el fútbol como lo hacía Pasolini. Seguro que piensa más en la táctica antes que un hincha y que alucinó con el festival de mediocampistas del Mundialito de Clubes con el que aquel equipo tocó el cielo antes de descomponerse. En este sentido, quizá el Barça de Guardiola no fue ni poesía ni prosa: fue un ensayo. Un partido entre filósofos en el que la pelota, contrariamente al gag de Monty Python, corría a la velocidad de la luz.