Viñetas robadas.

Un gran Vázquez

por
Jordi Costa

No es fácil convertirse en un gran historietista, pero aún resulta más inusual tener la capacidad de transubstanciarse y ser, directamente, historieta. Es lo que lleva toda la vida haciendo alguien como Robert Crumb, que ha encontrado en las viñetas un territorio donde diluir las fronteras entre lo íntimo y lo público, convertirse en relato y espectáculo y auto-fustigarse a la vista del mundo entero. Hay un caso que nos queda bastante más cerca: Manuel Vázquez, que no sólo fue la personalidad más indomesticable de la Escuela Bruguera, sino que, directamente, cruzó la frontera de la ficción para inmortalizarse como uno de los más burlones personajes de una escudería habitada por identidades tan surtidas como las de Carpanta, Don Furcio Buscabollos, Topolino, Cucufato Pi, Don Pío, Mortadelo y Filemón y Sir Tim O’Theo. Su compañero Francisco Ibáñez le convirtió en el pícaro habitante de la azotea de la 13 Rue del Percebe y él mismo fue construyendo su leyenda morosa a través de los inolvidables Cuentos del Tío Vázquez, una insólita fusión entre comicidad y pura vida en el seno de la historieta de humor española de los años del desarrollismo. Buen testimonio del fulgor del personaje es el hecho de que, de momento, es el único maestro de la Escuela Bruguera con biopic propio: El gran Vázquez de Óscar Aibar.

Vázquez no es el protagonista, pero sí el inspirador de un estreno cinematográfico que los vazquófilos de pro aguardamos con una equilibrada mezcla de expectación y sudor frío: el Anacleto: Agente secreto que ha dirigido Javier Ruiz Caldera. El propio Vázquez compareció como ocasional villano en algunas historietas del personaje y, en la película, es Carlos Areces quien asume el delicado deber de calzarse su piel. Crucemos los dedos y toquemos madera para que la cosa haya saliido más o menos bien.

La viñeta de esta semana pertenece a la historieta Misión: guardaespaldas, publicada originalmente en los 70 y recuperada en la antología dedicada al personaje en el número 9 de la colección Súper Humor Clásicos de Ediciones B. En ella, hay un enfático cameo de Vázquez reencarnado en susto tonto y broma verbenera: un cabezón de Vázquez propulsado por un muelle sale de una caja que, presuntamente, contenía un explosivo, provocando el pasmo del jefe de Anacleto y del lacónico secundario que responde al nombre de profesor Von Julius. Es, en suma, un autorretrato como gag que capta la esencia del personaje, coloca un lúdico acento pop en la composición de la página –la viñeta era el enfático remate de una sucesión de micro-viñetas con el tic-tac del supuesto explosivo como leitmotiv- y, en cierta medida, sintetiza lo que era Vázquez para sus jefes en aquel entonces: un energía dionisíaca incontrolable, a la que resultaba imposible domesticar como unidad de producción encadenada a la mesa de trabajo. Por eso, cada página de Vázquez en aquellos años dorados tiene el valor del milagro y la excepción: son las puntuales cristalizaciones de genio de una fuerza de la naturaleza que había tomado la decisión de, ante todo, vivir y para quien sentar el culo para ponerse a dibujar suponía, sin duda, perderse unos minutos preciosos de una fiesta incesante.

Viñetas robadas. Un gran Vázquez. – O Productora Audiovisual